11 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La gente piensa que me gusta el cine. Pero no es cierto. Me gustan las películas. Y no todas. De hecho, de entre todas las que he visto, me gustan proporcionalmente muy pocas. Os lo demostraré. Tengo cuarenta y cinco años. Pongamos que, como poco, he visto una peli por día desde que tengo uso de razón, que es lo que como mínimo se espera de aquellos a quienes nos llaman “cinéfilos”. Eliminemos las películas de los primeros, no sé, diez años de mi vida por aquello de que era un chiquillo y no guardo demasiada conciencia de ellas. Entonces sale una cuenta de 365 x 35, lo que da lugar a 12.775 películas. Pongamos unas 13.000 películas redondeando y tirando muy por lo bajo. Y para cuando me muera (espero que dentro de mucho) habrán sido el doble. 13.000 películas es una barbaridad. A una media de 90 minutos por película, supone 1.170000 minutos. Lo escribo con letras en vez de con números para que se perciba mejor: un millón ciento setenta mil minutos. O lo que es lo mismo, 19.500 horas. Un año tiene 8.700 horas por lo que más o menos he dedicado dos años y tres meses de mi vida a ver cine. A estar delante de una pantalla. Y sé que en realidad ha sido más.

Ahora bien, de esas 13.000 películas, cuántas me han gustado. Si no me pongo exquisito y considero el que “me guste” como simplemente que “me entretenga”, cuento a bote pronto un tercio, es decir, un 33%. Y ya es mucho. O sea, unas 4.290 películas. Redondeamos a 4.300. De esas 4.300, que me gusten de verdad de la buena, esto es, que las considere personalmente como obras de arte o, más coloquialmente, que me hayan dejado alucinado… ¿cuántas quedan? No he hecho la lista de mis películas de cabecera, pero seguro que, siendo generoso, no más de 200 (sólo las de Hitchcock se llevan un buen trozo del pastel). Vale, entonces tenemos que de 13.000 películas tan sólo 200 me han gustado de veras. Eso supone que del 100% de las pelis que he visto, tan sólo un 1,53% me han parecido verdaderamente buenas. Un puñetero 1,53%. O, dicho de otro modo, de cada 200 películas que veo me gustan realmente tres. O más claro aún: me tengo que tragar una media de 66 películas antes de encontrar una que me conmueva. Eso es comer mucha morralla antes de saborear el caviar.

La pregunta está clara. ¿Por qué a pesar de todo sigo viendo cine si los fríos datos me demuestran que es una tarea tan infructuosa y supone tanto tiempo malgastado? Intentaré explicarlo con algunos ejemplos. Cuando la cámara enfoca a un Erich Von Stroheim de espaldas en el tren, a punto de decidir dar un salto de fe que podría cambiar su vida por completo y posiblemente suponer su ruina personal en “El gran Flamarion” (1945), o cuando Scout y Jem hablan sobre su madre fallecida y la cámara hace un barrido hasta llegar a Atticus Finch/Gregory Peck que los escucha en silencio sentado en la mecedora del porche y sabes perfectamente lo que ronda por su cabeza aunque no haga ningún gesto en “Matar a un ruiseñor” (1962), o cuando el médico informa a Stourley Kracklite/Brian Dennehy que tiene un cáncer terminal de la forma más bella que paradójicamente uno pudiera suponer en “El vientre del arquitecto” (1987), o cuando el padre de Monty Brogan/Edward Norton relata a su hijo cómo podría ser su vida si en vez de llevarlo a cárcel huyeran hacia el oeste en “La última noche” (2002), o cuando la cámara se centra en Jep Gambardella/Toni Servillo que en plena fiesta de su 65 cumpleaños rompe la cuarta pared, mira al espectador y cuanta una curiosa historia infantil para demostrar que siempre estuvo destinado a la sensibilidad en “La gran belleza” (2013)… cuando uno mira estupefacto estas y otras escenas y nota cómo los vellos se le ponen de punta, los ojos se llenan de lágrimas, o te ríes como hacía meses no lo hacías, entonces y sólo entonces sabes que no has perdido el tiempo.

Te convences de que la cantidad de vida que supuestamente has desperdiciado viendo otras pelis han sido realmente una inversión hasta llegar a ésta. Y tal vez eso la haga más bella, porque la luz siempre destaca entre la oscuridad. Y sabes que seguirás viendo una y otra peli día tras día, semana tras semana, porque mantienes la esperanza de que en algún momento aparecerá la “buena” (y la esperanza, no el amor, es lo que mueve el mundo). Y que si tienes que cortarte las manos abriendo 66 ostras, las abrirás, porque en la número 67 aparecerá la perla: esa historia que te atrapará y de la que ya formarás parte el resto de tu vida. El gran Flamarion se convierte entonces en el amigo al que te gustaría aconsejar, Atticus Finch en el padre adoptivo que te gustaría tener, el médico de Stourley Kracklite en el doctor que quisieras que te tratara y Jep Gambardella en el mentor ideal. Y así uno tiene la oportunidad de vivir historias conmovedoras, tristes o alegres, que la vida real, por lo general aburrida y rutinaria, rara vez nos podrá ofrecer.

Entonces es cuando mandas a la mierda las frías estadísticas, te sientas en tu sofá o en la butaca del cine y te pones a ver una película.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.

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