16 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Era noviembre de hace 15 años. Se dice pronto.

Un tipo excéntrico entró en clase con unos pantalones amarillos manchados de chapapote. Era el delegado de estudiantes: “En tres días sale un autobús destino Carnota. Hace falta gente, mucha. ¿Quién se apunta?”.

Ni siquiera me había planteado la posibilidad. Mire al lado y mi compañero me devolvió la mirada, titubeante. Decidimos casi sin pensarlo, cómo se deciden las cosas en la juventud. Levantamos la mano, apuntaron nuestro nombre en un papel y a los tres días ya viajábamos en un autobús que se caía a pedazos camino de Galicia. Dieciséis horas de viaje, pasando por Portugal y haciendo eses por los acantilados gallegos.

La mañana en la que salía el bus la reportera de televisión dijo que se masticaba el chapapote en el ambiente. Antes de partir me entrevistaron para un canal local y dije dos tópicos bien alineados con el discurso estudiantil. Por entonces no tenía definida mi personalidad política. Simplemente quería formar parte de aquella ola de solidaridad y criticar la actuación del Gobierno. Sospechaba de todos esos hombres de chaqueta que retorcían el lenguaje hasta llevarlo a su terreno como si fueran ellos los únicos poseedores de la verdad. Hoy, me alegra comprobar que ya entonces tenía olfato para detectar la mentira.

Un viaje interminable después, llegamos al polideportivo de un pueblo colindante a Carnota. Era plena madrugada y estaba cerrado a cal y canto. Esperamos algunas horas bajo el chiribiri gallego. Luego, alguien nos abrió el recinto y pudimos extender nuestra esterilla en unas oficinas con calefacción. Éramos privilegiados comparados con el resto de estudiantes que dormían en el azulejo frío de las pistas de fútbol sala.

A la mañana siguiente fuimos a la playa. Hacía frío pero había salido el sol. Recuerdo bien el manto negro, impactante, cómo aparecía y desaparecía a su antojo. Nos entubamos en un traje similar al de los astronautas y pisé por primera vez una playa gallega. No llevaba su mejores galas pero aún así todo parecía salvajemente cautivador.

Recogimos cuánto pudimos en una jornada de ocho horas con descanso para el bocadillo. Recuerdo que algunos se empeñaban en recoger el fango del petróleo y otros lijaban las rocas.

Las “manos blancas” eran voluntarios y voluntarias que ayudaban a los cazadores de chapapote. Una vez te enfundabas los guantes, no te los quitabas hasta el final. Una chica vino a sonarme los mocos que se me caían por la alergia. Desde arriba, se podía ver una marea humana empeñándose en la costa. La primera vez que vi tanta gente intentando devolverle algo a la madre naturaleza. Todo tipo de personas, mayores y menores, hombres y mujeres, oriundos y extranjeros, estudiantes, currelas, parados… fue mi primera gran vibración. Un sentimiento de fuerza colectiva antes del No a la guerra, del 15m, de las mareas… la primera vez que el miedo cambiaba de bando. Miren si pueden, en los vídeos, los ojos del entonces ministro del Interior.

Pasamos varios días chapapoteando, no recuerdo cuántos. Lo que sí recuerdo fue tomar caldo gallego para quitarnos el frío, la hospitalidad de los vecinos y haber conocido ese carácter auténtico que tienen en Galicia. Su amabilidad, su pureza, su resistencia, su dignidad, su tremenda honestidad. Creo que el mar, lo terminó limpiando todo aquello.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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