29 de julio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Lo maravilloso de aprender algo, es que nadie puede arrebatárnoslo.
B. B King

 

El niño que fui no iba a huelgas estudiantiles, o al menos a casi ninguna de ellas. Mis padres, por una absurda norma que imperaba en casa, no me dejaban asistir. Probablemente tuviera una justificación social, quien iba a huelga era tomado un desobediente que no quería dar clase por simple desidia.

Así, debía quedarme en un aula vacía mientras pasaban, agónicas, las horas en el reloj. En cierta ocasión, durante una clase, alguien llamó a la puerta y también a la movilización. Los alumnos salieron como ovejas descarriadas del aula y entonces un compañero me miró y dijo: ¿Vienes? Durante un instante se paró el mundo. Rescaté el chaquetón de la percha, cogí la maleta y salí del instituto como quien conquistaba la verdadera libertad. Viví entusiasmado mi primera huelga, pensado en protestas violentas, contenedores ardiendo, cócteles molotov, carreras por las calles y resistencia a la autoridad. Nada de eso sucedió. Nos quedamos en la misma puerta del instituto jugando a las cartas, al póker, sentados en el suelo, gritando improperios contra el gobierno de turno y comiendo el bocadillo que traíamos de casa.

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Han pasado dieciocho años de aquello cuando regreso a una manifestación estudiantil. Ahora no vivo en Jerez sino en Barcelona y no hay un grupo de estudiantes sino una amplia y heterogénea masa social, aunque el plan de las élites sigue siendo el mismo: restringir la educación sólo para quien pueda costearla. En realidad el objetivo final es la perpetuidad de las élites y su condición privilegiada, si sólo tú estudias, solo tú accedes a los puestos de poder, si los demás se encuentran trabas, zancadillas y desprecio en el camino y tú un pasadizo secreto que te lleva al mismo corazón del éxito, la misión se vuelve mucho más sencilla.

Los datos no engañan, la combinación entre plan Bolonia -cuyo objetivo de mercantilizar la enseñanza fue disfrazado de especialización- y el 3+2 termina impidiendo el acceso a la universidad a los estudiantes cuyas familias disponen de menos recursos económicos. En palabras de Ana García, secretaria general del sindicato de estudiantes,  “desde que el Partido Popular llegó al Gobierno ha habido una demolición de la educación pública y unos retrocesos tremendos. En todo este tiempo, en torno 32.000 profesores han sido despedidos, unos 45.000 estudiantes expulsados de la universidad por no poder pagar las matrículas, aproximadamente 600.000 niños que se han quedado sin becas para comedor o libros, y por eso hemos convocado 17 huelgas de estudiantes al Gobierno del Partido Popular.”.

No son los únicos datos catastróficos, según el Observatorio del Sistema Universitario, el gobierno ha destinado 1.523 millones de euros menos en cuatro años a las universidades; el gasto medio por alumno ha bajado un 25,2% y las tasas han subido hasta tres y cuatro veces más de lo que costaba en 2007. ¿La consecuencia? Que la Marea Verde sigue su campaña de protestas, que persiste la indignación ciudadana y que las calles están hoy repletas de gente.

Las últimas protestas están teñidas por la lluvia de la indignación. Hoy chispea, hay nubarrones grises y una fila interminable de furgonetas de los mossos patrullando el centro de la ciudad. Sin embargo, la población aguanta el chaparrón al que le someten la clase política con estoico optimismo. Si algo caracteriza las manifestaciones recientes es la convicción absoluta en el cambio, una fe ingenua y necesaria. “No sabíamos que era imposible, por eso lo hicimos” dice el viejo proverbio. Si la manifestación por los abusos policiales del 4f fue dolorosa, gélida y llena de rabia en una ciudad consternada, esta protesta es húmeda, ruidosa y multitudinaria. Una masa de estudiantes se enfrenta al plan Wert que emborrona su futuro con una sonrisa en el rostro. La adolescencia quizás sea eso, sonreír ante quien no tiene el privilegio del tiempo.

Estudiantes3+2 (4)

La protesta sobre el ERE fraudulento de Coca-cola acompañó a los estudiantes.

 

Nada más pisar Plaza Universitat se refrenda la sensación vivida en anteriores protestas. Las manifestaciones en España están adquiriendo un carácter transversal, supera afiliaciones y distancia ante el drama, adquieren un carácter universal bajo una única bandera, la de la humanidad. Suena trascendente pero es real. Las cosas por las que se protestan son siempre trascendentes. Los ciudadanos se atrincheran defendiendo los pilares básicos de su sociedad: sanidad, educación y trabajo. Protestar es una forma de vida contra un mundo que no entienden. A vista de pájaro se pueden diferenciar personas provenientes de la PAH, de la plataforma de afectados por la Hepatitis C y algunos colectivos de trabajadores víctimas de un ERE empresarial. Cocacola, por ejemplo, que se han movilizado adquiriendo una gran presencia en todas las protestas nacionales. La marca de bebida más popular a nivel mundial despidió a 821 trabajadores en un ERE que un juez anuló por fraudulento. El gobierno no ha mostrado especial interés en hacer cumplir la sentencia, y parece más del lado de la multinacional. La portavoz del sindicato de trabajadores, megáfono en mano, lee un comunicado dando clases de anticapitalismo para principiantes en el centro de la plaza. Los alumnos aplauden y agitan sus pancartas. Unas tijeras de cartón, el dibujo de un riñón y un ojo, lo que cuesta la educación.

Es solo el comienzo. Una muchedumbre de adolescentes invade las calles del centro de Barcelona e inician la marcha que recorrerá sus principales avenidas. Me introduzco en ella como quien vuelve a otra etapa de la vida. Se habla de exámenes, de las clases, de profesores, de vacaciones, se habla del sol y la lluvia, del concierto del fin de semana, de lo feo que es Rajoy. Unas chicas portan una pancarta sobre feminismo y posan para la fotografía. Unos jóvenes reparten folletos de la asociación de estudiantes anarquistas. Me pregunto si no sería un joven anarquista de haber vivido este presente y esa juventud. Los gritos interrumpen mi pasado alternativo:

“Vamos a ver quién lleva la batuta, el pueblo organizado o el banquero hijo de puta”.

“De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue, cueste lo que cueste”.

“Mas, cabró; retalla’t els collons”.

“Manos arriba, esto es un atraco”.

Y un clásico: “Lo llaman democracia y no lo es”.     

La cabeza de la manifestación.

La cabeza de la manifestación.

El eco del 15M resuena entre una población que debían tener doce o trece años cuando estalló la gran protesta de mayo de 2011. Por un momento olvido que estos jóvenes han crecido con la crisis, han visto crisis, vivido crisis, comido crisis. La crisis puede ser una de las palabras de sus vidas. Son hijos de la indignación. Señalan al monstruo del capitalismo, a su codicia. Banqueros, políticos, agentes bursátiles, lobbies que reciben el menosprecio de una edad entregada a la emoción de la injusticia, al storytelling de nuestra desgracia. La Borsa de Barcelona será la principal afectada de la protesta.

Al pasar frente a su edificio, una lluvia de huevos y pintura sobrevuela nuestras cabezas. Los estudiantes se protegen entre sí acorazando la muchedumbre, difuminando la culpa, lanzando cada proyectil con una mano gigante y totalizadora. Los mossos no saben bien de dónde llega el acento de la protesta. Al monstruo invisible del capitalismo, escondido entre la ingeniería financiera, los despachos blindados y los acuerdos paralelos a la sociedad, le ha surgido un contrincante dispuesto a mancharle la cara. La fachada del edificio se tiñe de color arcoíris. La furgoneta policial aparcada junto delante del edificio, también. Los estudiantes ríen, los fotógrafos corren buscando una foto y los mossos terminan aceptando el precio de tanta tropelía.

Estudiantes3+2 (59)

Los estudiantes maquillaron la fachada de la Borsa de Barcelona.

 

La marcha sigue y dobla la esquina volviendo al punto iniciático: Plaza Universitat.

Me engulle la multitud y voy quedando rezagado, al fondo de la protesta. La juventud llega como un torpedo y se marcha a esa misma velocidad. En la cola, unos profesores protestan por la precariedad laboral que sufren las universidades de unos años a esta parte. Su manera de vestir lo dice todo: estilo casual con camisetas, sudaderas y pantalones vaqueros. Ni rastro de corbatas, chaquetas o maletines. Son profesores de trinchera, del lado de los alumnos. Su pancarta revela otra triste realidad: “La UB explota i precariza. Professorat en lluita contra la universitat-empresa”.

No es de extrañar que salgan a la calle, los profesionales universitarios pueden ser contratados hasta en veinte tipos de contratos de profesorado. Un régimen laboral caracterizado por la temporalidad y la baja retribución. La LOU, ley orgánica de universidades aprobada en 2001, abrió una puerta a la precarización que el gobierno ha aprovechado abriendo la herida, disfrazándola de especialización y denominándola excelencia. Entre estos contratos: post-doc, investigador visitante, agregado, lector, visitante lector, ayudante lector, ayudante específico o ayudante de programa propio. También profesores asociados de 6, 8 o de 12 horas, profesores titulares interinos a tiempo completo o a tiempo parcial, etc. E incluso el profesor “honorífico”, quien da clases de forma voluntaria, sin cobrar ni tener contrato alguno.

Los profesores sufren la precariedad laboral. 20 contratos diferentes que los precarizan.

Los profesores sufren la precariedad laboral. 20 contratos diferentes que los precarizan.

La nueva realidad del profesorado genera, además, un control ideológico inexcusable. Cada fin de contrato temporal es temido por quienes tienen su puesto de trabajo en dependencia de un despacho cerrado con clara línea discursiva. En 2013 los profesores asociados ya eran en la Universidad de Barcelona el 40% de la plantilla, tendencia al alza en los dos últimos años. Un conjunto de trabajadores que en palabras de su asamblea, APR-UB, se encuentran sometidos al abuso de la temporalidad, sufren una brutal discriminación salarial y encuentran cerrado el acceso a plazas de profesor agregado o titular.

Las distancias entre el profesorado y el alumnado son más estrechas que nunca, fundiéndose en una misma colectividad. Ambos ven un presente gris e intuyen un futuro negro. Por eso su aparato de protesta ha salido a la calle. La repercusión de su oficio afecta a todos los estamentos sociales, que sin ellos verían resentida su calidad democrática, su nivel de vida.

Yo mismo soy un producto híbrido, consecuencia del trabajo docente del profesorado y de la lucha histórica del alumnado por sus derechos. Tuve una beca de posgrado en una Universidad pública. El máster que estudié ha pasado de ser público a privado, triplicando su precio en tan sólo cuatro años. Mi caso no es exclusivo, por eso se ha convocado aquí a tanta gente, porque al fin y al cabo, esta es una lucha de todos, por eso acuden madres, padres y familiares que sienten el deber de protestar, por eso veo profesionales de todos los sectores que salieron de la universidad y se solidarizan con la causa, por convocar, convocan hasta el adolescente que fui, y acabo sentado como lo hice en mi primera manifestación estudiantil, a las puertas de la universidad. Ahora, dieciocho años después, siento que desobedecer es no estar aquí, que holgazán es el que queda en su casa o en el aula, que vuelvo a jugar a juegos de azar con las cartas que me ha repartido la vida y pensando en el bocadillo del mañana. La partida acaba y es mi turno. La muchedumbre sigue gritando contra el 3+2 mientras miro al cielo. La lluvia vuelve. Lanzo mi última carta.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    3 Réplicas

  1. Alberto

    Que el futuro es de los jóvenes es algo que las generaciones más experimentadas deberían asumir. Para lo bueno y lo malo, por mucho que a algunos les cueste.
    Muy interesante una crónica que me ha traído muchos recuerdos.

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  3. Pingback: 10 plataformas para denunciar las injusticias | La Réplica

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