23 de junio del 2017
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En los últimos lustros estamos viendo como la clase dirigente impulsa una campaña internacional islamófoba que viene a equiparar el Islam y a la gente musulmana con terrorismo, violencia, machismo, homofobia, etc. Una campaña que se lanza, muchas veces de forma sutil,  desde los medios de comunicación en manos de las élites, y otras muchas veces de forma descarada desde diferentes gobiernos, jueces, otros medios de comunicación, grupos católicos ultraconservadores como los neocatecúmenos (Kikos), y partidos y grupos políticos fascistas. En esta línea van, por ejemplo, las leyes y las sentencias judiciales que prohíben llevar velo islámico en espacios públicos o trabajos con la excusa de defender el laicismo o los derechos de las mujeres (mientras no dicen nada e incluso apoyan activamente, por ejemplo, a las monjas que también cubren sus cabezas con velos). Incluso, quienes construyen islamofobia, supuestamente contra el machismo, llegan a defender invasiones imperialistas como la de Afganistán justificándolas en pro de la liberación de las mujeres de manos de los talibanes (que antes apoyaron y financiaron).

Las potencias occidentales no pueden vender el discurso de que se preocupan de los derechos de las mujeres y LGTB en los países árabes al mismo tiempo que apoyan a dictaduras asesinas como la de Egipto o Arabia Saudí. De hecho, las leyes que castigan las prácticas homosexuales en los países árabes fueron, en su gran mayoría, implantadas por primera vez por las potencias colonialistas occidentales.

Desde que cayera el Muro de Berlín y se derrumbara el bloque capitalista de estado, el gobierno de los Estados Unidos buscó y diseñó un nuevo gran enemigo en los países árabes: el terrorismo yihadista; una estrategia facilitada, especialmente, por los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra la Torres Gemelas y el Pentágono. Sin embargo, el origen de los fundamentalismos islámicos es el mismo imperialismo que dice combatirlos. En el contexto de la Guerra Fría tras la Segunda Guerra Mundial, muchos partidos “comunistas” apoyaron a dictaduras sangrientas en los países árabes porque se alineaban con la URRSS, al tiempo que machacaban a sus pueblos. Esto hizo que mucha gente mirara a partidos islamistas como la única opción para combatir el imperialismo estadounidense y las propias dictaduras locales. Más recientemente, el Dáesh nació en Irak como reacción a la invasión estadounidense.

La islamofobia es una ideología que encaja perfectamente en el fomento de la lucha contra este nuevo “enemigo islamista de Occidente” y la “lucha contra el terror”. Una ideología que ayuda a justificar bombardeos, guerras e invasiones de países árabes de alto valor geoestratégico y ricos en hidrocarburos fósiles, como Irak, Afganistán y Libia. Además, la islamofobia facilita intervenciones neocoloniales europeas, por ejemplo de Francia en numerosos países africanos. La islamofobia, el racismo y la xenofobia del Frente Nacional deshumanizan a las personas de aquellos países machacados por el imperialismo francés para justificar así las intervenciones del Estado francés en el extranjero y, al mismo tiempo, el maltrato a las personas migrantes que huyen de la desolación provocada por estas intervenciones. Es decir, los fascistas y su islamofobia trabajan para los capitalistas.

De igual manera que las potencias occidentales desarrollaron el racismo para justificar el esclavismo colonial, clave para la acumulación inicial de capital en los orígenes del capitalismo, ahora despliegan la islamofobia para justificar sus guerras imperialistas y el maltrato a migrantes. En un contexto de crisis económica profunda del sistema capitalista, la islamofobia se une estrechamente a ideas racistas y xenófobas que vienen a acusar a la inmigración de los problemas de la clase trabajadora en un afán de dividirla para debilitarla. Es decir, hablando en términos marxistas, es la infraestructura (las condiciones materiales) la que determina la aparición y evolución de superestructuras ideológicas construidas y alimentadas desde la clase dirigente y aquellos a su servicio (como grupos fascistas y ultracatólicos). No es casualidad que Trump refuerce el discurso islamófobo al tiempo que bombardea Siria. Hay que recordar, una vez más, que la mayoría de las víctimas del terrorismo de corte yihadista son musulmanas, a cuyo terror se suman las bombas de Occidente y Rusia.

En este contexto, hacer humor que apoye la construcción de islamofobia no puede compararse con el humor dirigido a la jerarquía de las iglesias cristianas, pues la gente musulmana está sufriendo una campaña de ataque islamófobo mientras que la jerarquía de la iglesia cristinas están apoyadas por gran parte de las clases dirigentes occidentales y rusas.

La islamofobia solo favorece a los de arriba y divide a la gente trabajadora. Para luchar contra la islamofobia tenemos que unir las luchas desde abajo en las calles y los centros de trabajo. Los capitalistas y su sistema agreden continuamente a la gente trabajadora, ya sean cristinas, musulmanas, ateas, blancas o negras. Construyamos un frente amplio de toda la izquierda contra el fascismo y, al mismo tiempo, impulsemos un anticapitalismo combativo e inclusivo desde la izquierda revolucionaria. La lucha contra la islamofobia es una lucha anticapitalista clave en estos momentos y estrechamente conectada con la lucha contra el racismo, la xenofobia y la guerra.

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Profesor de Ecología, delegado del S.A.T. en la Universidad de Sevilla y miembro del círculo Macarena y miembro del Colectivo Acción Anticapitalista.
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