15 de diciembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica


Leía ayer con sorpresa cómo en la red muchas personas expresaban su indignación ante las opiniones de unos adolescentes en el programa de Salvados, conducido por Jordi Évole, en torno a las relaciones sexuales. “La que nos espera”, decían. “Este país se va a la mierda”. “Menudos imbéciles”. “Así nos va”. Esas serían algunas de las críticas más suaves vertidas al ciberespacio. Es la adolescencia una época compleja de vida, quizás la que más. Todo parece contradictorio, las pocas certezas que tienes se derrumban sin previo aviso, las oportunidades pasan como una locomotora mientras tu cabeza está llena de dudas y hay un mundo por delante que no alcanzas a abarcar con tus minúsculos brazos. No, no es sencillo, y la sexualidad mucho menos. El pudor propio del despertar sexual, el qué dirán, los clichés de género. No es fácil hablar de la vida en pareja porque no se conoce bien la vida en pareja, no es fácil hablar de sexo porque no comprendes todo lo que significa la sexualidad. Es tremendamente ventajista juzgar a los adolescentes. La ceguera virtual, una supuesta decadencia de valores  y el triunfo de la inmediatez han servido para que parte de las generaciones antecesoras traten con superioridad moral a los adolescentes. Se dice que no son capaces de mantener la atención, que son freaks, que su escala de valores es un galimatías, que son incultos en asuntos fundamentales, que no conocen el mundo de carne y hueso. Es fácil criticar a los adolescente y muy difícil ponerse en su piel. Pero lo cierto es que una vez fuimos como ellos. Pareciera en Internet que nadie tuvo un periodo de aprendizaje en su vida (si no es la vida entera precisamente eso, un completo aprendizaje). Y no veo yo en esos adolescentes que charlaban con Évole sean peores de lo que nosotros fuimos. Más bien al contrario, han desarrollado muchas capacidades. Los adolescentes de hoy tienen más formación (del 30% de abandono escolar en 2006 se ha pasado al 19% en 2016) , saben identificar lo que es justo y lo que no, sospechan que emosidoengañado, tienen curiosidad e interés por conocer otras culturas, dominan idiomas, conocen al dedillo las tendencias digitales y suelen preocuparse por su propia espiritualidad, más allá de los poderes que les rodean. Y sí, tienen contradicciones como las tuvimos nosotros, inseguridades como las que nos atormentaron y cometen locuras, como las que cometimos, que luego no son para tanto. Los problemas que les preocupa son nuestros propios problemas, por mucho que haya quien los tome como un universo aparte. Muchas veces se les minusvalora por una especie de inercia histórica. Todas las generaciones creen que los nuevos adolescentes no eran como los de antes. Y es cierto, no lo son, porque cada época es diferente, luego todas las generaciones somos diferentes. Pocas lecciones de moral podemos dar a los adolescentes unos adultos capaces de ensalzar figuras como Trump, Orban o Salvini y que están construyendo un mundo según el criterio de los mercados. La manera de salvar las distancias intergeneracionales es precisamente lo que estaba haciendo Évole, tender puentes y abogar por un diálogo constructivo, muchos más edificante que tomar a una generación entera por idiotas y darla por perdida. A los adolescentes, que son y serán protagonistas principales de la sociedad, hay que escucharlos, ayudarlos en lo que podamos y  aprender de ellos. Al fin al cabo, nos une dos asuntos fundamentales: la consanguinidad y la tremenda incertidumbre del futuro que tenemos por delante.   
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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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