17 de diciembre del 2017
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La Operación Soule que se destapó ayer en torno a Ángel María Villar, presidente de la Federación Española de Fútbol, fue de alto secreto a nivel policial, pero las acusaciones del auto de detención eran de sobra conocidas a nivel público. La sospecha de que Villar, su hijo Gorka y sus súbditos recibían truculentos beneficios por cada partido de la Selección Española sobrevolaba sus cabezas desde principios de siglo. El jefazo del fútbol español hacía y deshacía a su antojo en las diferentes federaciones a cambio de un trozo del pastel. Lo delitos por los que han sido detenidos nos sorprenden a nadie: administración desleal, apropiación indebida, corrupción entre particulares, falsedad documental y posible alzamiento de bienes.

Todos conocían la corrupción, incluso muchas de las personas que ayer lapidaban a Villar. Pero, ¿por qué nadie alzó la voz a pesar de que ya desprendía un olor inaguantable a mafioseo? Pues porque Villar actuaba como el peor de los corruptos del Partido Popular, siguiendo un patrón ya patrimonio de las élites españolas. Tejió una interminable red clientelar que fue extendiéndose por todo el país y que alcanzaba status internacional (su papel como facilitador en los negocios de Blatter y Platini, por los que puso “la mano en el fuego”, parece que fue importante) y regateó en más de una ocasión los intentos por destronarle, tirando de estómagos agradecidos y de rebuscadas estrategias estatutarias.

Una imagen muy representativa de la corrupción en el fútbol.

En definitiva, Villar fue, y es, un corrupto de libro que se subió a todos los trenes que, en torno al mundo del fútbol, ofrecían una oportunidad de lucro (Juegos Olímpicos, mundiales). Lo aprovechó para formar una cleptocracia oligarca que saqueaba a conveniencia fondos públicos y privados. Al igual que otros casos similares, como el de Rodrigo Rato, Undargarín, Miguel Blesa o Pedro Pacheco, por citar algunos, Villar se creyó intocable, pensó que la gente le debía un favor y se consideró a sí mismo y a su séquito por encima de la ley. Que haya permanecido tanto tiempo sin caer en la red de la justicia responde al clientelismo, sí, pero también al trato condescendiente y privilegiado que el fútbol goza en nuestro país, como gran sustento de nuestras bajas pasiones.

En otras palabras, si cualquier persona normal hubiera delinquido como Villar, Messi o Cristiano, a buen seguro que dormiría desde el minuto uno entre rejas. A Villar lo han encarcelado en la prórroga, con sus cloacas rebosantes de estiércol, todo el daño hecho y mucho que reparar. Como dijo Vujadin Boškov: “el fútbol es así”.

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Periodista. Codirector de La Réplica.

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