09 de junio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Paseaba una cálida tarde de diciembre por el centro de Madrid observando a los viandantes, sus ropas, sus gestos, sus actitudes, escuchando sus conversaciones como un voyeur que quiere robarle a la vida palabras y personajes, cuando me topé con un señor en edad de jubilarse que vestía un plumífero de la marca Roc Neige. Entonces, de inmediato, un torrente de recuerdos y vivencias de los años noventa tornaron a mi mente como ácidos estomacales que ascienden al esófago tras una mala digestión y me condujeron a pensar: ¿Qué fue de Roc Neige?

Así pues, saqué del bolsillo mi teléfono móvil, y le pregunté al dios Google por los designios de la citada marca, la cual no había vuelto a ver cubriendo los cuerpos de mis conciudadanos. Para mi sorpresa, descubrí que la marca sigue existiendo aún y fabricando prendas técnicas de montaña.

Roc Neige es una marca española especializada en abrigos que pertenece al grupo ovetense Rox Sport, cuya firma también tuvo mucho éxito a principios de los noventa. Los plumíferos de Roc Neige causaron furor hace dos décadas, pues, como sucediera con otras marcas de las que se “apropiaron” ciertas tribus urbanas, sirvieron de uniforme oficial de los bakalaeros.

Por aquel entonces los plumíferos se diseñaban con tablillas anchas que causaban ciertos problemas a la hora de lavarlos, dado que las plumas se apelmazaban como arena mojada y llevaba días, semanas o incluso meses, que volvieran a expandirse. Dicho diseño provocaba que el abrigo, una vez puesto, hiciese parecer a quien lo llevaba un muñeco Michelín, o, dicho de otro modo; alguien más corpulento de lo que en realidad era.

Me gustaría aclarar, antes de proseguir, que esto no es un artículo de moda, sino una reflexión nacida de mi encuentro con el hombre en edad de jubilarse que vestía un plumas Roc Neige adquirido en los años noventa, ya que, como puede comprobar tras realizar mi búsqueda en Google, los actuales, además de ser difíciles de encontrar en las tiendas, poseen un logo modificado, renovado y, en resumen, distinto. Cabe apuntar que de repente un día, casi de la noche a la mañana, aunque quizá en un proceso paulatino que yo no percibí, la marca dejó de venderse en masa y fue sustituida como favorita de bakalas y malotes varios por una marca americana de alta montaña, The North Face, que a día de hoy abunda en todo el mundo occidental. De hecho, Patric Sport, propietaria del Grupo Rox, fue declarada en concurso de acreedores en el año 2013, aunque aún sigue manteniendo su actividad.

Esto, que pudiera parecer una observación sin importancia, encierra sin embargo una lectura más compleja que nos muestra la evolución del neoliberalismo en las dos últimas décadas. Veamos: en los años noventa aún era posible que marcas nacionales más bien artesanales, fabricas pequeñas de ropa y calzado, tuvieran un espacio en los armarios de los españoles, algo que hoy en día resulta cada vez más difícil (mención aparte merece en este aspecto la fiebre de las J’Hayber o el hecho de que al Real Madrid lo vistiese Kelme). Es decir, el mercado aún permitía que marcas locales se pusieran de moda como si lo nacional fuera lo más competitivo del mundo. Actualmente, en cambio, solo marcas españolas con proyección internacional y franquicias en los Campos Elíseos y la Quinta Avenida (léase Desigual) pueden aspirar a ello.

Esto se debe no solo un problema de marketing y distribución, sino también a una tendencia; vivimos en un mundo cada vez más artificial, en un decorado de cartón piedra donde nuestras acciones están encaminadas a sacar una buena foto en Instagram o Facebook para que nuestros allegados observen lo guay que somos y lo felices que salimos en las instantáneas y, claro, vestir una marca nacional pequeña y artesanal es como irse de vacaciones a Cuenca en vez de visitar Manhattan. 

Existen pues dos factores que fomentan la globalización de las marcas; el propio potencial económico de la fábrica y la estupidez endémica de gran parte de la población, muy bien educada y dirigida por el sistema de consumo que, cual escuela comunista, empuja al consumidor a comprar ciertos productos. Así las cosas, el mundo camina hacia la serialización, la clonificación y, por lo tanto, la falta de originalidad. Somos parte de un mundo donde más del cincuenta por ciento de la población viste la misma marca de abrigo o de zapatillas, algo paradójicamente similar a lo que sucedía en la Hungría comunista con los coches Trabant, que eran los únicos que los trabajadores podían adquirir, puesto que el mercado no era libre y no había posibilidad de optar a otros.

A decir verdad, todo esto resulta una enorme contradicción, pues cada vez los inviernos son más cálidos y más cortos y las prendas de marcas de montaña, más allá de su estética, resultan menos útiles. No como en los años noventa, cuando el invierno duraba cuatro meses y el aire helado obligaba a los viandantes a pertrecharse con plumas de oca fabricadas por casas nacionales, que, como ocurre con el queso, el jamón o el vino, no había que importar. Pero entonces, ah, claro, entonces, los niños apenas teníamos videojuegos, las redes sociales no
existían y los americanos solo habían colonizado la industria del cine.

 

*La fotografía es una prenda ofrecida en Wallapop.
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Mario Crespo

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título y Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry y traducida al inglés, Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª(2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra poética y narrativa aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.
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