25 de junio del 2017
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Cuando Javi y yo éramos pequeños no teníamos gran interés por el fútbol. Nos interesaban otras cosas, corretear por la calle, salir con la bici, o por ejemplo, los videojuegos. Mi padre nos compró una Atari, una rudimentaria consola que tenía un único juego, el tenis. Se trataba de dos barras que podías mover con sendos mandos, y un punto a modo de pelota que iba pasándose de la una a la otra hasta que a unos de los jugadores se le colaba al final de la pantalla.

La gracia estaba en adelantarte al movimiento de la pelota y devolverlo lo más rápido posible. Un juego ultrasencillo parecido al posterior arkanoid que, en aquellos momentos, era la rehostia.

Jugábamos en una tele pequeña que teníamos instalada en la cocina y que nos preparaba mi padre. Así nos entretenía un rato, pues tener a dos gemelos revoltosos un par de horas ocupados valía de por sí las veintitantas mil pelas que valía la dichosa consola. Un día, fuimos a pedir a mi padre que nos pusiera la consola (había que sintonizarlo en el canal AV y eso era complicado para unos niños de 8 años) y nos dijo que esperáramos un poco, que estaba viendo un partido de nosecual equipo que vestía de azul y grana. Perdí la vista en el televisor. Allí habían hombres corriendo detrás de una pelota que hacían algo similar a lo que emulábamos nosotros en el videojuego del tenis: les llegaba la pelota y la tenían que devolver lo antes posible a uno de su equipo, al primer toque. Me quedé embobado. Era realmente divertido, esos hombres  no querían perder el balón bajo ningún concepto, hacían paredes, rondos y triangulaciones vertiginosas, siempre intentando llevar la iniciativa. Ese objeto redondo era como un tesoro para ellos.

Un hombre muy nervioso y delgado que mascaba chicles uno tras otro hacía señas desde la banda. Parecía un director de orquesta. Javi y yo nos miramos con la complicidad propia de los gemelos. Nos gustaba ese juego, aquel tipo, ese equipo. Además era un equipo muy variopinto, había un hombre rubio adentrado en kilos que empezaba el juego, dos enanos en las bandas que corrían como motos, un joven menudo en el centro que dirigía el cotarro y un largilucho un poco torpe cerca de la portería contraria. El equipo bien ganaba de paliza que perdía estrepitosamente, que ganaba en el último partido la liga. Era tremendamente divertido ver jugar a ese equipo.

Con los años vimos a otros equipos jugar: uno azul y amarillo, otro blanco, uno rojo… ¡pero diablos! no era lo mismo. Nada lo ha sido ya. Jugaban al mismo juego, pero no nos entusiasmaba tanto. Aquella noche en que descubrimos que el fútbol televisado era divertido me volví a fijar en el señor con gabardina de la banda. Seguía mascando chicle como si no fuera con él la cosa. Entonces le pregunté a mi padre: “papa, cómo se llama ese hombre?”

“¿ese? Ah, ese es Cruyff, Johan Cruyff”

“y qué es lo qué hace?

“Entrena al Barça”

“Ah, pues el Barça es mi equipo favorito”

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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