28 de junio del 2017
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En el periodo de entreguerras, la amenaza a las instituciones liberales procedía casi siempre de la derecha política. Los conservadores tradicionales: el almirante Horthy (Hungría), el mariscal Mannerheim (Finlandia), el mariscal Pilsudski (Polonia), el rey Alejandro (Serbia/Yugoslavia) o el general Franco, no tenían una ideología propia más allá del anticomunismo. Así pues, el primer movimiento fascista, que además dio nombre al fenómeno, fue el italiano, creado por un socialista renegado llamado Benito Mussolini. Pero el fascismo italiano no tuvo mucho éxito internacional. De hecho, si Hitler no hubiera ganado las elecciones en Alemania, el fascismo no se habría convertido en un movimiento global. En otras palabras: sin el triunfo de Hitler, el fascismo no sería más que un reducto ideológico.

La principal diferencia entre la derecha tradicional y el fascismo era que éste movilizaba a las masas desde abajo y las usaba como forma de escenografía política. Como es sabido, todo este movimiento fascista desembocaría poco después en la Segunda Guerra Mundial. El número de muertos, desplazados y refugiados acabaría con el orden establecido hasta entonces y llevaría a los gobernantes a remodelar el mundo en pos de convertirlo en un lugar más civilizado; un sitio donde no hubiera espacio para la violencia y el fascismo. Y, a decir verdad, durante algunas décadas, Occidente vivió un periodo de calma durante el cual se operaron no obstante, escondidos tras la cortina de humo de la Guerra Fría, algunos cambios que tendrían consecuencias fatales para el mundo de hoy.

Uno de los más importantes se produjo en el terreno financiero. La anulación del patrón oro supuso un ataque contra la estabilidad del mundo y la justicia del sistema económico. El patrón oro era el sistema que fijaba la unidad monetaria en función de una determinada cantidad de oro. Es decir, si alguien adquiría una deuda, sabía cuál era el equivalente de esa cantidad en oro, de tal modo que el dinero conservaba siempre un valor físico más allá del meramente abstracto. Pero en 1971 el patrón oro dejó de utilizarse como standard internacional, provocando así que el valor del dinero se basase exclusivamente en la confianza de sus poseedores. En otras palabras: casi todo el dinero del mundo pasó a ser dinero fiduciario. Casualmente, pocos años después, los dos países que habían dominado el mundo moderno y sobre cuyas respectivas monedas se apoyaban los patrones económicos, comenzaron a ser gobernados por dos presidentes de corte ideológico similar; conservadores en lo social y liberales en lo económico. Thatcher y Reagan. Ambos conducirían a sus países al puerto de la recuperación a través de un mar de plástico. Un mar falso e impostado cuyo decorado estaba predestinado a caer, pues apenas podía sostenerse por sí mismo. Se trataba de extender su plan al resto del mundo para que los pobres se convirtieran en deudores de los ricos hasta el fin de su existencia; la desregulación; la privatización; la confianza en unos mercados controlados por la avaricia humana; el neoliberalismo.

Y de aquellos polvos estos lodos: la crisis de las hipotecas basura que se produjo en 2008 en los Estados Unidos se tradujo finalmente en una crisis financiera y económica mundial que ha ido derribando poco a poco, año a año, los pilares del falso bienestar sobre el que se sustentaban las familias occidentales de clase media. Pero esta crisis, previsible si tenemos en cuenta los riesgos que algunas entidades bancarias estaban asumiendo respecto a los productos que ofertaban, no afectó sólo a la economía privada, sino también a la pública. Grecia representa un buen ejemplo de ello, pues aún hoy se ve obligada a emitir deuda para pagar así los intereses de la deuda emitida anteriormente; un bucle psicótico del que no podrán salir si no es con un corralito, un cambio de moneda y quién sabe si una hambruna y una situación caótica de expolio y pillaje originada por los poderes fácticos.

Los poderes fácticos son aquellos que se salen de los cauces institucionales (grupos de presión, empresarios, banqueros) y que se ejercen, de facto, por individuos o grupos de individuos que defienden intereses económicos de carácter particular. Los poderes fácticos condicionan desde la sombra la actuación de las autoridades estatales en función de su propio beneficio. Pues bien, hoy día los poderes fácticos son los verdaderos poderes ejecutivos de los países desarrollados, lo que convierte a las instituciones democráticas en meras comparsas. Todo ello nos ha conducido a un sistema totalitario que, en realidad no dista tanto de aquellos que surgieron en el siglo XX. Por lo tanto, la dictadura bajo cuyo yugo vivimos hoy día no es militar, sino financiera. Ya no se necesita sacar los tanques a la calle, la amenaza de un “rescate económico” es suficiente para amedrentar a la población. Las consecuencias de esta nueva forma de fascismo, sombras informes que apenas se aprecian durante los periodos de crecimiento, bonanza y créditos, y que se materializan tras las crisis, son similares a las de una guerra. Representan de hecho una posguerra.


Veamos: la carestía, la falta de recursos, la suerte de esclavitud que viven algunas familias de clase media, el terrorismo, los conflictos bélicos en África, Oriente Próximo y Europa del Este o el masivo número de desplazados que se están generando debido a ello, nos trasladan a un marco poco civilizado que parecía haber sido erradicado del planeta en las últimas décadas. Se trata de un ambiente ideal para el cultivo y crecimiento del racismo, la xenofobia, el fascismo y la intolerancia. Una involución social que nos retrotrae a las peores décadas del siglo XX. Es decir, mientras la población evoluciona hacia la civilización a base de adquirir una mayor sensibilidad, la cual conduce a la empatía y la compresión, los poderes fácticos nos dirigen hacia la miseria y el odio, hacia la incoherencia y la rabia, hacia la Ley Mordaza y las condenas al humor y al amor, hacia Trump, Wilders o LePen, hacia la incapacitación de la creatividad y el sarcasmo, hacia una cárcel de twitteros y un paraíso de inmunidad para los ladrones de guante blanco.

Parece lógico pues establecer una analogía entre el escenario actual y el que precedió a la Segunda Guerra Mundial tras el auge de los fascismos. Se trata, sin embargo, al menos en el caso que nos ocupa, de una guerra mundial sin armamento pesado ni gases tóxicos, sin cazabombarderos ni lanzamisiles, pero con igual número de víctimas que cualquier otro conflicto mundial de antaño, pues el avance de la propaganda radica en la capacidad de los gobernantes para vendernos la ideología como un producto cualquiera, de modo que vivamos sin reparar siquiera en que el mundo, a pesar del Tratado de París, sigue estando igual de manipulado que antes de la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo varía la forma de presentarlo ante nosotros, que es, eso sí, mucho más sutil y edulcorada. Mucho más propia del siglo XXI.

 

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Mario Crespo

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título y Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry y traducida al inglés, Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª(2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra poética y narrativa aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.

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