24 de agosto del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Estimado señor Navalón:

Lo confieso; soy culpable. Mi pecado fue nacer entre 1980 y 2000.

Resulta que, por estadística, por cortesía de una convención arbitraria (aunque nadie se pone de acuerdo a la hora de acotar años), ¡soy una millenial! He crecido entre cómics, libros de El barco de vapor, películas en VHS, tazos en el recreo y chapas en el parque (podíamos construir aquellos gloriosos e imposibles circuitos, llenos de rampas y obstáculos, porque antes los parques aún eran de arena, a diferencia de los actuales, que son de una especie de moqueta gomosa que impide que los niños se descalabren y se despellejen las rodillas) y sin saber que mucho tiempo después, gracias a que conocería las tablets, Facebook y el trabajo remoto coordinado mediante Slack, sería una millenial. Me engalanaron la adolescencia con un discurso de prosperidad y aunque sólo quiero ser yo, soy una millenial, que es una palabra que me hace mucha gracia porque siempre que la leo o la escucho me imagino a Arrabal, fuera de sí y alucinado, hablando del millenialismo.

Hoy me miro en el espejo y, aparte de una joven cada vez menos joven y cada vez más puteada, no sé qué soy. Porque ¡he formado parte de tantas generaciones! Que si de la generación más preparada, que si de la Generación X (el nombre perfecto para una tienda de cómics), que si de la generación LOGSE, que si de esa generación de emprendedores (ay, esa palabra que tan de moda se puso, ¡lo que nos gusta la neolengua!) que venía dispuesta a comerse el mundo. 31 años después de aterrizar en una familia de clase humilde -que sólo si se ponía de puntillas podía atisbar el adjetivo “media”-, un señor crítico y algo melancólico me incluye en un saco de jóvenes sin valores, incívicos, que no se identifican con ninguna aspiración política y social, a los que sólo les importa tener likes y que no se preocupan por su pensión.

La verdad es que mi pensión sí me preocupa, y mucho. Porque estoy atrapada entre un pasado profesional que ríase usted de Humor amarillo y un futuro incierto y bastante siniestro. Le aseguro, señor Navalón, que reviso más mi cuenta corriente que el número de seguidores en Instagram. Qué le vamos a hacer, me importa más: llámeme materialista. Los valores que usted menciona no es que nos falten a nosotros: es que se están extinguiendo. Déjeme decirle que no conozco ni a un solo millenial vago, sin ilusiones, sin ganas, sin sentido del humor, sin ansias de cambio político. Y aun así, en mi entorno ocho de cada diez millenials (estadísticas que me saco a bote pronto) están frustrados. ¿Cómo no estarlo? Hicieron lo que se les dijo: saca las mejores notas, gástate una pasta que no tienes en formarte, aprende idiomas, elige una profesión con futuro que te pueda dar de comer siempre. Hijos de la revolución tecnológica, según usted; la que más crudo lo está teniendo, según yo. Me pregunto si tiene usted hijos porque, haciendo cálculos un poco locos, si los tiene es muy probable que sean millenials también.

De ser así, me pregunto de qué habla usted con ellos. Me pregunto cómo las han pasado hasta llegar a donde estamos hoy, a 2017.

Porque verá usted: en mi caso, pude estudiar porque me esforcé mucho para encadenar becas, y porque cuando se me acabaron las becas trabajé mucho para pagarme esos estudios. Los profetas del pasado, los que nos dijeron a los millenials que el futuro era nuestro, no se equivocaban: ¡fíjese si dominamos el futuro que hoy podemos elegir desde dónde trabajamos! Yo, por ejemplo: en el escritorio de mi habitación, en una biblioteca, en una butaca o al aire libre, que son los cuatro escenarios desde los que suelo escribir. A veces como mercenaria, a veces por amor al arte, pero feliz de ver publicadas mis letras; siempre adelante, con ánimo fluctuante y una sonrisa, convencida de que habré conseguido alegrarle el día a alguien, en algún lugar. No me culpe por no querer, no poder, no saber hacer otra cosa que escribir; y por pretender cambiar una parcelita del mundo. La que yo ocupo, al menos.

Este es más o menos el balance de mi vida millenial, un autorretrato sincero: he sido la becaria tonta y la becaria lista, la chica de los cafés, la nueva, la veterana que enseñaba a nuevos y hay quien ha llegado a llamarme “objeto de decoración”. He trabajado mucho sin retribución económica alguna (incluso sin contrato) con la promesa de que, un día, el jefe se interesaría por mí y se aprendería mi nombre. La primera vez que alguien reconoció públicamente mi trabajo y me dio las gracias por ello fue en 2015, o sea, con 29 años: exactamente 11 después de empezar a trabajar. Nunca he tenido un iPhone, ni pienso tenerlo. Si me apura, apenas sé cómo funciona una televisión porque no la veo; prefiero los cines y las conversaciones cara a cara en locales sin wifi. Nunca he pisado un coworking ni sigo a ningún youtuber; de hecho, es una red que cada vez me aturde más y estoy suscrita sólo a un canal de fisioterapia. Por LinkedIn paso de puntillas, no entiendo Snapchat y si he recurrido al networking ha sido por la necesidad de sentirme menos sola y menos precaria. Voto comprometidamente, con el corazón y el cerebro, desde que tengo mayoría de edad. Intento leer libros que me acerquen a la política; leo ensayos que me conviertan en mejor ciudadana; trato de escuchar, comprender, asimilar realidades ajenas. Soy feminista, porque me he tomado la molestia de leer a otras feministas, y sé que de ese burro no me va a bajar nadie. Sigo escribiendo cartas a mano, nunca he tenido instalada una aplicación para pedir comida a domicilio y no le dejé ninguna valoración al único Cabify al que me he subido –y lo hice por necesidad imperante-. Me preocupa mucho el rumbo del mundo desde que Donald Trump es presidente de Estados Unidos. Me he ido fuera de España a buscar mejor suerte –esto no es una queja; es la evidencia de que tengo proyectos, iniciativa y ganas de trabajar en mejores condiciones- y no descarto volver a hacerlo. No tengo padrino ni madrina, aunque por suerte sí perro que me ladre, y mis padres no han podido dejarme en herencia más que un consejo valioso: “Hagas lo que hagas, vayas donde vayas y acabes donde acabes, nunca olvides quién eres”. Es decir, una (millenial) más.

Portada alineada (o alienada) con la opinión de Navalón.

 

Muchos de mis amigos millenials no utilizan la tecnología para huevear o para exhibir, entre hastaghs, sus pies en la playa; sino para hacer lo que saben, compartirlo, intentar llegar a un público y aspirar a vivir de ello: escribir, ilustrar, tocar, componer, diseñar, escupir poesía que nadie leerá, que nadie comprará, que nadie valorará. Otro día, si quiere, le hago una lista de grandes profesionales millenials; entre ellos mi hermano, al que tengo actualmente a unos 7000 kilómetros haciendo el millenial, o sea, buscándose la vida. Y que, por cierto, es casi un reaccionario de la tecnología.

Y a este punto quería yo llegar: porque muchos de los jóvenes a los que usted llama vagos y a los que acusa de no tener la capacidad de escuchar simplemente por haber nacido entre 1980 y 2000 (cito textualmente de su columna, la negrita es mía: “aquellos que no tienen en su ADN la capacidad de escuchar” (¡!) ) no son sino buscavidas, empezando por mí, ya que así es como me gusta denominarme. Verá: he sido profesora, babysitter, camarera, redactora, azafata, azafata de viajes, fotógrafa, dependienta, cajera, promotora y algunas otras cosas más que no añado porque realmente me dan vergüenza. Menos sexar pollos y prostituirme -empleos tan dignos como cualesquiera otros, añado- creo que he hecho de todo, incluso servir vino muy caro a gente muy rica con la que no podía mantener contacto visual. Que me he diversificado, vaya (otra vez con la neolengua). “Me encantaría conocer una sola idea millennial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Una sola idea que trascienda y que se origine en su nombre”, dice usted. Aquí mi propuesta: ¿qué tal una recogida de firmas para exigir que se reduzca el importe de la cuota de autónomos? Eso sí que es puramente millenial, sintomático, generacional. Yo misma la llevaría al Congreso. Pero no podemos, porque aunque todos los españoles nos pusiéramos de acuerdo en algo por una vez y firmásemos todos, la Constitución impide la reforma de las leyes tributarias. ¡Ay!

Sí puedo, en cambio, contarle la triste realidad de los millenials que tienen muchos seguidores y piensan mucho en sus likes. Agencias de publicidad los mangonean para que anuncien tal o cual producto en sus redes, utilizándolos como altavoces propagandísticos al servicio del marketing. Es decir: aprovechando de esa influencia que generan en otros jóvenes, inculcándoles hábitos de consumo, idearios prefabricados y creando tendencias peligrosas. Luego están, claro, los casos aparte, como El Rubius. Si usted cree que El Rubius y yo tenemos mucho en común porque nos separan 4 años de edad, se equivoca. El Rubius es un millenial de excepción, un millenial que trabaja (y se divierte y se forra) para otros millenials. El Rubius no me representa, porque ni él ni ningún fenómeno juvenil similar tiene que hacer malabares para compaginar un trabajo por cuenta ajena -cuando lo tiene- y encargos como freelance y ni aun así poder llegar a fin de mes.

Las disculpas de Antonio Navalón a los Millenials.

Concluyo esta carta tarde, porque ante el lógico aluvión de respuestas usted ha rectificado hace unas horas, pero la voy a publicar igualmente por puro placer. Dicho todo lo anterior, quiero que conste que no me quejo de nada. Trato de vivir mi vida como puedo y quiero, y trato de aprovechar las oportunidades que se me presentan. Sí tengo, en cambio, una petición. Por favor: sea respetuoso con la realidad. Usted se pregunta si vale la pena construir un discurso para jóvenes indiferentes hacia lo que les rodea; yo me pregunto si vale la pena dar bombo a voces periodísticas cuyo discurso desaglutina, desanima, frustra, cansa. “No conozco mayor acto de soberbia”, dice usted en un vídeo, “que pretender que lo que piensas le pueda interesar a alguien”. Me gusta que sea razonable, me gusta su capacidad de reacción y de humilde enmienda, pero usted fue osado. El periodismo, si no sale a la calle, si no habla con los protagonistas de las historias, si no es verídico y sólo se fundamenta en opiniones  gratuitas y pobres, no tiene sentido y hace un flaco favor social. Fíjese qué irónico: usted, que criticaba a los millenials, tiene más de 20000 seguidores en Twitter y fue trending topic. Me pregunto ahora si no habremos picado en un ardid para regalarle visitas y seguidores a costa de una polémica. Que hablen mal, pero que hablen: ese es el eslogan inherente a la viralidad, a esas redes a las que muchos estamos enganchados, como millenials que somos.

 

 

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Rocío Martínez

Periodista freelance, escritora, técnico audiovisual. Formándose como psicóloga. Ha formado parte de El Mundo, Tercera Información, El Mostrador, Harper's Bazaar o Showrunner, entre otros.
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