10 de diciembre del 2018
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Volvió Aznar a la vida pública y trajo consigo viejos demonios, los peores vicios de la política en la joven democracia Española.

En medio de una comisión de investigación repasó, a su modo, todos y cada uno de los lugares comunes de la derecha panfletaria, como si de un portavoz de OkDiario se tratara. Daba igual cual fuera la pregunta, el expresidente salía por la tangente con argumentos Ad Hominen y visible arrogancia. Mintió casi tanto como habló, despreció a todos sus interlocutores, flirteó con Ciudadanos y esquivó, de paso, toda su responsabilidad a cargo del Partido Popular durante la Gürtel. Además, se enorgulleció de su gestión y resucitó la lucha contra ETA como gran comodín de su intervención. Venezuela e Irán también salieron a la palestra.

Su socarronería de macho alfa aplaudida por sus hooligans recordaba a esas viejas estampas donde toda la bancada del Partido Popular aplaudía a sus corruptos en los parlamentos de la Comunidad Valenciana o la Comunidad de Madrid. Las risas, la prepotencia, esa camadaderia propia de un clan mafioso que, como Toni Soprano y sus secuaces, te perdonan la vida desde su privilegiados sillones.

Nada ha cambiado en el instigador de la “derecha sin complejos”, el gran ideólogo del saqueo a las instituciones del país. Ni un ápice. Había pocas dudas de la catadura moral del personaje que nos llevó a una guerra ilegal, pero quizás porque se prodiga poco de cara a la opinión pública -y mucho entre bambalinas- ver al ex presidente español en televisión fue especialmente revelador, pues invita a echar la vista atrás. Entender de dónde venimos para saber a dónde vamos.

Hubo un tiempo en España en el que gobernaba Aznar, Almunia renunciaba a liderar la oposición y Llamazares se hacía con el control de una Izquierda Unida con el 5,4% de los votos. Casi veinte años después, Aznar tiene que responder ante una comisión de investigación en sede parlamentaria, se han añadido colores al espectro político y cualquier rastro de su presencia trae un olor fétido, tan asfixiante que no lo quieren ni en su casa. Algo hemos avanzado.

Aznar no va a cambiar. Vino como símbolo, a recordarnos que los cambios no son fáciles ni llegan todos al mismo tiempo, y quizás también, a recordarnos que es lo que ya no queremos como representante público, el poco valor que se puede sacar a uno de los peores presidentes que ha conocido nunca una democracia moderna.

 

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Javier López Menacho

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    2 Réplicas

  1. David Condis

    Si algo demuestra Aznar es que el concepto de “democracia moderna” no es aplicable a España. Para qué nos vamos a engañar. Crecieron con Franco y morirán con él.

  2. Jorge Vetti

    Estudiaba percusión en La Habana, cuando escuché el exacto, preciso, justísimo apodo con que el Comandante Fidel Castro llamó a el excremento que nos ocupa: “El führercito”.
    ¿Cómo es posible que un criminal, alguien que lleva a un país a la guerra ( a la GUERRA, con lo que eso significa: bombardear, quemar vivos, ametrallar, despedazar, torturar, hambrear a millones de Seres Humanos para saquearles, robarles, despojarles), no sea juzgado y condenado? ¿Cómo es posible que realizando tales atrocidades la gente vote su continuidad ( no olvidemos que hubo casi diez millones de cómplices)? ¿Qué lacra ¿insuperable? hay en quien acepta y apoya esta conducta? ¿Qué falla en “la joven democracia española” que permite que esto suceda?
    No olvidemos que el “otro Führer” también llegó al Poder democráticamente…
    ¡Salud y Victoria!

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