14 de noviembre del 2018
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No es acto justificado aquel que promueve la movilización de las masas por el mero hecho de propiciar la agitación como tal. Se sirve al dios de la bajeza cuando se espolean diablos y se provoca al guitarreo ecléctico del mal. Todo ello es justificación indebida, pleito al sentimiento, agitación malévola gratuita. En la marea que sube no hay pasarela que termina en baño y salpicón acuático, sino despertares de formas sin forma aletargadas por la superestimulación de los sentidos. Al final la explosión se muestra en forma de rostro lloroso, alma acuchillada, mente sofocada por el disparo de males conocidos. O desconocidos; el futuro es un monstruo que funde al acto y al escenario para resultar algo conocido como la realidad.

No es acto justificado la visceralidad descubierta mediante el escarnio que somete a la conducta, la erudición supuesta y la interposición de actitudes ególatras formando un todo y aplastando para recibir un breve aplauso mediático: la realidad que refleja el logro efímero en realidad es un fracaso de la construcción como ente sólido e individual.

Los segundos de éxito que se desvanecen con la fragilidad de un soplo, en realidad  necesitan del apoyo mutuo para engrandecerse y convertirse en gigante inmutable, ya que es la misma turba la que conforma el pez grande que imitan las sardinas mediante las formas que se forman con el vals acuático. El humano coincide con varios factores con dicho pez; el movimiento debe conformar una forma tangible, un monstruo épico, casi invencible, para así ser tomado en cuenta. La individualidad necesita de la reafirmación del grupo para poder exaltar al pensamiento.

Por eso se crea el movimiento como tal para poder ser visto y oído; al final todo es una cuestión de tamaño de la misma forma que el que grita para ser tenido en cuenta. Todo gira en torno a la reafirmación del yo, la exaltación de lo pequeño y la dosificación de lo mortal. Porque nos sentimos pequeños en un mundo grande. De ahí que se crearan a las deidades, proviniéndolas de factores imposibles como la cualidad animal, que en realidad, resta al factor humano su principal factor: la inteligencia como herramienta para la vida y no como forma de vida.

Pero en lo referente a visualización del pensamiento, materializado a través de grandes grupos humanos que conforman un concepto sin forma, la figura del líder es necesaria; es extremadamente peligroso seguir sin dirección. Un grupo sin dirección se convierte en turba, y esta, como es bien sabido, destruye, ya sea por culpa de convertir las pasiones en voces de liderazgo o por tratar de “ser sardinas” en un ambiente desprovisto de agua. ¿Por qué el animal acuático no necesita de dirigentes? ¿Será por la ausencia de alma específica lo que no les conduce al tormento del pensamiento?

A grandes rasgos, el animal actúa mientras que el hombre trata de hacerlo en la lluvia de ideas meteóricas que turban su mente. Si el paraguas de lo banal es muy grande, la estructura del pensamiento queda relegada al comportamiento, a la actuación en el teatro de la existencia y debido a ello, puede anularse la eficacia de sus actos. La inercia que conduce al grupo animal a moverse, puede llegar a representar un escudo visual que frene o incomode al supuesto depredador. Pero el hombre es su propio enemigo, así que el bucle de autodestrucción queda replegado dentro de la simbología que representa al cúmulo de variopintas y variadas actitudes humanas.

En general, y más en la actualidad, se habla del factor humano en términos positivos, magnificando sus cualidades, aunque nuestro comportamiento también incluya robar, matar o causar daño con la palabra, y eso es lo que obliga a adoptar cierta actitud hipócrita cuando se establecen parámetros para definir la conducta humana. El gesto bienintencionado para algunos puede ser perjudicial para otros. Pero eso nunca podremos saberlo con certeza aunque los actos estén encadenados entre sí con el mismo nudo que une a las relaciones con otras personas. De la misma forma que se puede recibir una buena noticia, para otro puede llegar a ser todo lo opuesto. De ahí que la actuación del ego sea omnipresente en todo aquello que hagamos.

Pero la muerte de la soberbia puede materializarse mediante la unión masiva de varios especímenes que en realidad se convierten en uno, ya que es una única intención la que los motiva. Es por ello que surgen los líderes, y en muchos casos estos se aprovechan del fantasma de la intención que nutre al grupo para proclamarse como voz única que guía al pueblo, terminando, tarde o temprano, por someterlo. La intención se convierte en deseo y este hace crecer al monstruo ególatra, que finalmente termina por provocar destrucción.

En cambio, en una causa única surgida del pensamiento individual, si esta contiene diversos matices que concuerden con otros tipos de razonamiento, la unión de varios elementos físicos y vivos puede llegar a multiplicarse, produciendo, al igual que la turba, un movimiento unidireccional con fines concretos y estos, también pueden llegar a ser constructivos. Puede ocurrir lo mismo cuando la finalidad es totalmente opuesta, pero esta se verá amenazada por el engaño que proviene del ego unidireccional.

El humano está condenado a seguirse a sí mismo por una cuestión de abandono del pensamiento. Agradecer a otros que usen el órgano que ordena al cuerpo a mantenerse erguido siempre ha sido la debilidad de la especie. Pero un mundo con colectivos que sirvan a una causa unidireccional, una idea constructiva exenta de portavoces ególatras, puede llegar a funcionar si se encuentran a las personas adecuadas. La destrucción de la idea del líder aún queda lejos, pero significaría un avance en la mentalidad humana. Utilizar el consenso, el dialogo, y enfatizar el debate constructivo bien podría llegar a ser un destino unidireccional que colocaría al ser humano en una situación totalmente distinta a la actual y así, convertirse en banco de sardinas y tumulto exento de barbarie.

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Ricard Millás
Narrador, poeta y editor. Ha escrito artículos en diversos medios como Culturaca, El Librepensador o Tanyible, entre otros. Ha publicado el poemario La sombra del felino (Versos y Reversos, 2011), Conexión ADSL (Enxebrebooks, 2013), La Hamburguesa Humana (Sven Jorgensen, 2014) y la primera parte de la saga La carne no está en venta: Génesis (Sven Jorgensen, 2015). Ha trabajado como operador en animación 2D en la película Chico y Rita, de Fernando Trueba y Mariscal o Las tres mellizas. Actualmente dirige la editorial Sven Jorgensen, escribe narrativa y nada tan rápido como puede.
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