25 de septiembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Todo aquel que ha vivido en Barcelona, el que ha recorrido alguna vez sus calles, el que se ha encontrado allá con amistades, el que ha conocido su vida artística, su brío cultural y sus inquietudes sociales, perdió el pasado 17 de agosto algo de sí. 

Todo aquel que viaja con frecuencia, que dedica buena parte de su vida en descubrir culturas, destinos, horizontes, y que propende de la misma forma a activar el diálogo o borrar en el día a día las sombras del racismo, la xenofobia y los odios más viscerales del hombre, sufrió ese jueves negro un dolor enorme, tan grande como difícil de localizar.

En su paso por las Ramblas, la furgoneta del horror barrió las ilusiones de una ciudad que se aferra a la luz. Su deseo de muerte recorrió una de sus arterias más emblemáticas: la que celebra la vida con flores. Los autores del crimen optaron por este espectáculo fúnebre a falta de poder perpetrar más muertes con el arsenal perdido poco antes en la explosión de Alcanar. El objetivo era matar.

A partir de entonces las imágenes, rumores y juicios circularon con esa agilidad que permite la red. Los instintos y las emociones se abrazaron en una mueca ambivalente e irreconocible. Por un lado, los gestos de solidaridad daban indicios de humanidad, y por otro, las imágenes amarillentas, las ofensas gratuitas y los comentarios vengativos –aquellos que recaen en las personas que no tienen nada que ver- escenificaban la dura crueldad del momento. En esos momentos, volvíamos a perder.

Y vino la noche, el momento en el que el sufrimiento trata de cambiarse de ropa para entender. Pero fue imposible. La algarabía de los medios, el barullo de las redes, la indignación de los vecinos, la sensación de derrota, división, rencor y tristeza de los que algo sienten por Barcelona (y de los que la repudian). Atavismos y reacciones inmediatas que impiden mirar atrás.

El día después, el que sigue, y otros días más, vendrán para recobrar la lucidez. Mientras tanto, la reflexión y la memoria es lo que queda a este pueblo para preguntarse: ¿En qué momento empezó esta locura?

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Sábado 15 de febrero del 2003. Juan Carmona Ruiz, jubilado de 80 años, oriundo de Almería y residente en Barcelona desde más de 50 años, sale a la calle para manifestarse contra la inminente invasión de Irak. Hace tiempo que ha dejado el activismo político callejero. Sus ideales le han encerrado en su piso del Guinardó donde, disgustado con un mundo occidental opresivo, se dedica a escribir una columna dedo a dedo -aunque le falle la vista- que el Diario de Almería le publica en la lejanía. Es su forma de mantenerse vivo. Su máquina de escribir es su trinchera.

Juan Carmona se enteró de la manifestación por medio de su nieto -quien suscribe esta crónica-, y ambos se fueron en metro para protestar en el centro de la ciudad. En el camino le deslumbra el entusiasmo de jóvenes y mayores, la expresividad de los estudiantes, la creatividad y pertinencia de los carteles. Ya en medio de los manifestantes y los eslóganes, vuelve a sentir lo que ha perdido hace mucho tiempo: la fe en la humanidad, en su capacidad de protestar y expresar su voluntad. Lo que ve tiene toda la apariencia de una fiesta democrática sin parangón. Un No rotundo a la guerra.

De regreso a casa el hombre sonríe. Es una sonrisa juvenil, fresca y contagiosa (casi una carcajada victoriosa). La fuerza le ha vuelto al cuerpo. Trata de analizar los hechos, empieza a urdir planes sobre lo que debe hacer, los artículos que va a escribir, y de vez en cuando suelta algún comentario ingenuo que demuestra su estado de ánimo: “¿Crees que estos gobiernos escucharán? ¡Tienen que escuchar! El pueblo se ha expresado… ¡Como nunca antes!”.

Las cifras de aquel día quedaron en los anales. El periódico de Cataluña titulaba en portada “El mundo entero vibra con la mayor movilización popular de la historia”. El mensaje era evidente: millones de persones se habían concentrado en Barcelona, Madrid, Paris, Londres y otras grandes ciudades. El periodista Carlos Enrique Bayo escribía: “Después de este 15-F, no cabe ninguna duda de que el poder del pueblo se ha puesto en marcha como en los años más combativos de la guerra del Vietnam y los gobernantes no podrán seguir haciendo oídos sordos a un clamor que es planetario”.

El viento pacifista es enorme. Esperanzador. Parece invencible. Así lo siente también Juan Carmona Ruiz, y buena parte de los que se han sumado a las manifestaciones. Sin embargo, los gobernantes ya han trazado el camino: el 20 de marzo inicia la invasión a Irak. En ese momento, perdemos todos.

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Las evidencias llegaron a buen ritmo. Esta guerra de Irak fue un puro montaje. La renuncia de Colin Powell, el militar y diplomático que tuvo que defender la intervención de EEUU, anunciaba lo que más adelante sería declarado un engaño masivo que terminó con la credibilidad –muy discutida– de la ONU.

Pero, antes de todo esto, hubo un evento que hizo temblar Barcelona: los atentados de Atocha en Madrid. Las imágenes, la confusión y el dolor, zarandearon esa mañana del 11 de marzo de 2004 con una fuerza destructora. De nuevo se quebraban las esperanzas de quienes defendían una paz. De nuevo volvía a la mente ese episodio frustrado del 15 de febrero del 2003 y el rechazo ignorado a una intervención militar.

Rápidamente –y pese a las hazañas electoralistas-, la opinión pública entendió que España había sido castigada por su participación en la coalición. Se había convertido en un objetivo desde ese mismo instante en que José María Aznar, el presidente del gobierno español, se fotografiaba junto a Tony Blair y George W. Bush para representar una unidad.

Esa fotografía fue motivo de ira, al igual que los atentados del 11-M. De hecho, Juan Carmona Ruiz, en la soledad de su casa de la Rambla de la Montaña, hacía referencia a ambos sucesos en sus columnas para ilustrar una deriva tan autoritaria como criminal. ¿Cómo se puede exponer un país entero al terrorismo de Al Qaeda?, preguntó en algunas ocasiones. ¿Cómo se puede hablar de democracia cuando se ignora la voz del pueblo en las calles y se interviene por la fuerza en otro país?

En su patio de estilo andaluz, en el que solía escuchar Jorge Negrete y leer a Federico García, el hombre llegó a expresar lo que hoy sigue resonando en las esquinas de esa casa abandonada: “Si uno de mis hijos muere en algún atentado, será por culpa de Aznar”.

La desilusión afloraba. Era imposible contenerla.

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Y el monstruo –ese monstruo que se inventó Occidente- creció. Se hizo grande. Tan grande que ya no había manera de controlarlo. La invasión y la desestabilización política de un país abrieron la puerta a los atentados de Londres en 2005. Para muchos defensores de la paz, la desilusión había tomado otra forma: la resignación.

El monstruo del Yihadismo se alimentó de la intervención en Libia en 2011 y más adelante en Siria (que España y una gran parte de Europa apoyaron). Dos etapas claves en el crecimiento del Estado Islámico y en la continuación de la guerra de Irak. Entonces, llegaron los otros atentados, todos seguidos de grandes cadenas emotivas en las redes sociales: primero los de París con Charlie Hebbo, el Hyper Cacher y el Bataclan, luego Bélgica con el ataque al aeropuerto.

En 2016 nació una nueva modalidad, más monstruosa todavía (porque imposible de anticipar): usar un vehículo para arrollar a gente en lugares públicos. Niza (en Francia) hizo la triste experiencia, y luego siguieron Londres y Barcelona. El escritor Jorge Carrión los describió como ataques horizontales (frente a la verticalidad de los ataques del 11-S en Nueva York). También hay que destacar la horizontalidad de la rabia, la desilusión y los odios exacerbados por las redes sociales.

Muchas desilusiones seguidas. Nuevos campos de discordia.

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Barcelona se levanta. También lo hacen las otras ciudades del mundo. Siguen con sus vidas porque ése es el único camino, incluso en regiones como Medio Oriente donde barrios enteros desaparecen bajo el fuego de los bombardeos, y sin el lujo de las imágenes.

Y luego están las ilusiones. Aquellas que nacen en un instante y se apagan poco después. Juan Carmona Ruiz se fue en diciembre de 2014 a la edad de 91 años. Una década después de la invasión de Irak. No se movió de su apartamento en Barcelona, donde siguió protestando desde su máquina de escribir. Murió sin ver una solución al conflicto al que se había opuesto con toda su voluntad, con toda la fe del mundo -así como lo hicieron muchos otros conciudadanos-, y siempre preguntándose: ¿En qué momento empezó esta locura?

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Johari Gautier

Periodista y narrador franco-español nacido en París (Francia, 1979). Autor de los “Cuentos históricos del pueblo africano” (Ed. Almuzara), y las novelas “El Rey del mambo” (Ediciones Irreverentes) y “Del sueño y sus pesadillas” (Ed. Atmósfera Literaria).

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    Una Réplica

  1. Luisa María Vázquez Velez

    Muchos de nosotros somos Juan Carmona, somos su desilusión, su pena, su sentimiento de que algunas cosas son inevitables, de que el pueblo a perdido su fuerza, su poder, ese que, probablemente, nunca tuvo. También somos conscientes de que, cuando se recurre a la violencia, cuando se entra en la espiral de odio racial o religioso, ya no hay vuelta atrás. Vengas las muertes de unos provocando las muertes de otros y así hasta el infinito, dejando detrás un reguero de cadáveres de gente inocente que no sabe que pecado a cometido para merecer una muerte horrible, temprana, sin sentido.
    Y, al tiempo, todos perdemos la perspectiva, olvidamos como y porque comenzó y solo conservamos un sentimiento de odio y un instinto de matar que nos va alejando, cada vez más, de la cualidad de ser humano.
    Gran artículo!!

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