21 de marzo del 2019
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Al más puro estilo de la ultraderecha, Jair Bolsonaro se enfundó una enorme banda con los colores de Brasil para desplegar un discurso duro, reaccionario y sin complejos en su investidura como presidente del Gobierno.

Habló del libre mercado, de la importancia de la familia tradicional, de la seguridad, de la tradición judeocristiana y de combatir la ideología de género. También criminalizó, con especial inquina, al PT (Partido de los Trabajadores), al que culpabilizó de los males del país. No hay consuelo para los demócratas: ver a Lula entre rejas, a la oposición desnortada y a un militar enfurecido y neofascista al mando de Brasil es una pesadilla horrible.

Bolsonaro anunció medidas gubernamentales tan brutales como contundentes: sugirió una purga ideológica —despetización la han bautizado— para al menos 320 cargos cercanos a la presidencia. Ha iniciado una cruzada contra el colectivo LGTBIQ firmando una MP (medida provisional) que los excluye de las políticas de Derechos Humanos, ha cargado contra los indígenas y contra la clase trabajadora, a los que recortará derechos sindicales. También ha anunciado que aligerará el Estado vendiendo propiedades al mejor postor (hasta 700.000 inmuebles baraja desprenderse) y también eliminando cargos públicos. Sin embargo, prevé un mayor gasto en seguridad y defensa. Recordemos que cuatro de sus principales ministros son militares.

Ciertamente, el ex-militar reconvertido a presidente no ha engañado a nadie: va a aplicar las barbaridades ultrarreaccionarias que anunció en una campaña electoral agresiva y populista, podrida de “fake news”. Sus ideólogos inundaron las redes sociales de artillería neofascista en clave de “memes”, seguidores fantasmas y noticias sin fundamentos que no eran más que ataques políticos descontextualizados y manipulados.

Bolsonaro es un reflejo premonitorio. Lo que sucederá en España si Rivera y Casado siguen escorándose hacia la ultraderecha validando el discurso de Abascal. Si la tendencia de la polarización sigue su curso, si los memes fachas continúan infectando nuestros whatsapps, si la retórica del odio y la confrontación se instala, si la posverdad vale más que los hechos, los medios blanquean el fascismo y el desencanto en las clases populares se manifiesta en forma de abstención, Bolsonaro será una monjita de la caridad comparado con el Gobierno que se avecina. El militar brasileño tan solo ha creado un precedente que deriva a su vez del éxito de un impresentable como Donald Trump.

Las personas que apostamos por los derechos humanos más básicos, por la igualdad de oportunidades, por la democracia, por la justicia social y la distribución de la riqueza tenemos la obligación de estar más unidas y movilizadas que nunca. Mujeres, nativos, librepensadores, homosexuales, transexuales, funcionarios de la pública, minorías étnicas, sindicalistas, activistas… debemos aliarnos contra la barbarie ultrarreaccionaria. Bolsonaro es el futuro. Esos nubarrones negros con violentos relámpagos que se divisan al horizonte. Es Mordor. Un flash forward de mal gusto que aún podemos eludir.

fotos: semana.com, ruedadeprensa.com

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Periodista. Codirector de La Réplica.
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