26 de mayo del 2016


Candaya

De pequeño, en clase, me llamaban empollón. No era el empollón número uno, pero sí el dos o el tres. O quizás el cuatro. Daba igual, en clase, en esa clase de un colegio de perfil humilde en Jerez de la Frontera, un notable ya era suficiente para ser un empollón para el resto de la clase.

Cuando repartían las notas, un murmullo aterrador se reproducía instantáneamente a mi espalda. Yo me sentaba hacia la mitad de la clase, no estaba entre los empollones de primera fila, pero tampoco con los gamberros de atrás. Sufríamos los continuos improperios de algunos niños del Hogar (los que venían de familias desestructuradas, eran huérfanos, sus padres estaban en la cárcel o sencillamente, los abandonaron para no volver), de los más gamberros, incluso de algunos que no lo eran pero se veían obligados a despreciarnos.

Me libré de alguna paliza porque tenía un hermano gemelo, y era más pesado y trabajoso pegarle a dos, pudiendo pegar sólo a uno. No moví un dedo para defender a quienes linchaban jugando a “mosca, muda e inmóvil”, no me inmuté cuando los salvajes del colegio zurraron a un marginado llamado Ezequiel y salí huyendo cuando dos niños de apenas doce años se pelearon a cadenazos. Tampoco dije nada cuando dos compañeros robaron la cartera a una profesora del colegio.

Angel Gracia

El autor, Ángel Gracia, escritor y agitador cultural.

En clase, las niñas me calificaron como persona con una nota de cuatro sobre diez, la simpatía subió la nota del 0 y 1 con el que me evaluaron el cuerpo y la cara respectivamente. En esa época, nunca ligué ni toqué a una chica ni me importó lo más mínimo el género femenino. A mí gustaba el fútbol y construir caballeros del zodiaco con plastilina. A mí me gustaba estar solo en un colegio de mierda de un pueblo de mierda de una sociedad de mierda.

Veintidós años después, Ángel Gracia, programador cultural, escritor, se apropia de mis recuerdos, traslada la acción al árido campo rojo del extrarradio de Zaragoza, cambia mi “cara de pepino” por un Gafarras, mi serie del Equipo A por películas del oeste, mi chándal remendado por unas gafas de culo de botella y clava la infancia de finales de los 80 y principio de los 90, desmitificando así ese falso paraíso de la infancia, que ha convenido construir nuestra sociedad como asidero para la insatisfacción actual. Pues no, ni fuimos tan felices ni ahora estamos necesariamente peor.

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La portada de Candaya sigue en la línea que caracteriza sus publicaciones.

Probablemente sobrevivimos entonces por el amor de nuestras familias (como el gran Gafarras que hace al final del día su lista de seres más queridos), por la tierna imaginación de la infancia, por la capacidad de evadirnos, por nuestro trágico humor, por nuestra ilusión por el futuro, por nuestra eterna esperanza. Probablemente son motivos parecidos los que nos hacen sobrevivir ahora.

Campo Rojo es una maravillosa y brutal novela, hiperrealista, dura pero repleta de humanidad, sobre la salvaje infancia en entornos marginales (y algunos no tan marginales) y el acoso escolar (ahora llamado Bullying). Recuerda su segunda persona casi primera y su tono de rechazo a El guardián entre el centeno de Salinger y a otra novela de Candaya, Autopsia, del también zaragozano Miguel Serrano Larraz.  Su autor, que usa la jerga infantil con una gran verosimilitud, combate la idealización de la niñez y la sitúa en un contexto justo a la vez que hiriente. Fue bonito lo que vivimos sí, pero quizás no tanto. Si como dicen, vivir es un eterno regreso a la infancia, para algunos, puede ser lo más parecido a volver al infierno.

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