19 de septiembre del 2017
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Carlo Gesualdo (1566-1613) era príncipe de Venosa y conde de Conza. Era sobrino nieto del papa Pío IV y sobrino de San Carlos Borromeo. Siendo de noble familia, estudió con los mejores músicos de su época y llegó a ser considerado uno de los mejores laudista de su era. Como compositor, hoy se establece que fue un músico vanguardista para su época. Tiene su lógica: si eres rico no tienes por qué componer para agradar a nadie, tan sólo a ti mismo. Por eso su música se sale de los cánones del Renacimiento, haciendo un uso constante de la disonancia y del cromatismo, algo impensable para aquella época.

Pero lo más extraño de este músico y compositor son las extrañas circunstancias que rodearon algunos momentos de su vida. Gesualdo asesinó de forma brutal y sanguinaria a su primera esposa y a su amante, y es sospechoso de haber matado también a su primer hijo.

En 1586 se casó con su prima María de Ávalos, hija del duque de Pescara. Al parecer era toda una belleza en su época. Pero la joven conoció a los pocos años de su matrimonio al duque de Andría, un apuesto y joven noble que, a su vez, también estaba casado. El amor surgió entre ellos y pronto empezaron a quedar a escondidas de Gesualdo para consumar su amor. Al parecer, la pareja de amantes con el tiempo se volvió más descuidada y comenzaron a correr rumores por la ciudad que, inevitablemente, llegaron a oídos de Gesualdo. Fue entonces cuando, de una manera fría y calculadora, el músico planeó el asesinato de los amantes.

El 16 de octubre de 1590 Gesualdo le dijo a su joven esposa que partía de caza por unos días, pero en realidad, y con la connivencia de sus criados, Gesualdo no fue a ningún lugar y se escondió en una de las estancias de su castillo. De ese modo esperó a la noche, cuando los amantes se encontraron en la propia fortaleza-palacio de Gesualdo. Cuando la pareja se encontraba en pleno fornicio en la propia cama de Gesualdo, éste apareció repentinamente en el dormitorio con un cuchillo de grandes dimensiones y una pistola. Asestó multitud de puñaladas a su mujer, al punto de que su cuerpo fue descuartizado ante los ojos de su amante. Luego, con total frialdad, Gesualdo obligó al duque de Andría a que se pusiera el camisón ensangrentado de María (otras versiones apuntan a que ya lo llevaba puesto en una especie de juego erótico de la pareja) y le disparó en la cabeza. Tras los asesinatos, Gesualdo fue a ver al Virrey de Nápoles para confesarle lo sucedido. Dada la noble cuna de Gesualdo y a las costumbres de la época, Gesualdo fue exonerado de toda responsabilidad. De hecho, nunca llegó a comparecer ante la justicia por estos crímenes y con el tiempo volvió a casarse.

Pero no termina aquí la escabrosa vida de Gesualdo. Sus dos hijos murieron. El primero, que tuvo con María de Ávalos, murió en extrañas circunstancias por asfixia. Se cree que fue el propio Gesualdo el artífice de su muerte, a fin de evitar habladurías que dieran a entender que era un hijo bastardo de María y su amante. La muerte de su segundo hijo, que tuvo con su segunda esposa, lo sumió en una profunda depresión (melancolía, como se llamaba en la época) y se entregó a prácticas masoquistas. Éstas consistían básicamente en que Gesualdo se encerraba tres veces al día en una habitación de su palacio junto con diez jóvenes efebos, y les ordenaba que lo flagelaran y golpearan. A uno de esos jóvenes le encomendó en concreto la misión de que cada vez que fuera a la letrina, le golpeara en la cabeza mientras defecaba. En una de estas sesiones Gesualdo apareció muerto y desnudo. Según algunas fuentes su muerte fue voluntaria, pero otras indican que podría haber sido asesinado por alguno de los jóvenes con los que se flagelaba.

Cuando murió, Gesualdo tenía 47 años y su vida recuerda un poco a la de Caravaggio, otro gran artista del Barroco que también fue un asesino probado.

Muchas de las piezas musicales de Gesualdo tienen títulos muy significativos si se conocen estos aspectos tenebrosos de su vida: “Tristis est anima mea” (Triste está mi alma) o “Si la mia morte brami” (Si deseas mi muerte). Bellos cantos polifónicos que no dejan entrever al asesino que hubo tras su composición.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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