18 de diciembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hace algunos días ha empezado el concurso de carnaval más famoso y que reúne más ingenio por metro cuadrado en toda España. Me refiero, claro está, al concurso de agrupaciones del Teatro Falla de Cádiz, en cuyas chirigotas y comparsas, tanto en las que participan en el concurso, como en las que posteriormente salen a la calle, esas que llaman “ilegales”, se despliega toda la sátira, crítica y humor del pueblo llano, de la gente común, tan sólo usando como armas la música y el lenguaje.

Un autor amigo mío llamaba al carnaval, al que hacen las agrupaciones gaditanas y ya también otras que vienen desde muchos puntos de Andalucía, “la fiesta de la palabra”. Y es que el hombre común afirma su humanidad frente al poder existente mediante el lenguaje. El lenguaje, bien usado, es un arma poderosa frente al poder establecido. Siempre ha sido así. El temor al lenguaje, a lo que pueden llegar a decir las palabras, siempre ha tenido en los poderosos a sus enemigos más acérrimos.

El miedo a la palabra es lo que llevó al cura y al barbero en El Quijote a quemar los libros de la biblioteca del hidalgo manchego y en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury, el gobierno quemaba los libros mientras que la gente los memorizaban para preservarlos y que su legado no se perdiera. En definitiva… siempre le han tenido miedo al pensamiento. No es nuevo.

Durante años la censura ha hecho estragos en las artes amordazando las ideas y vetando el pensamiento de los artistas. Pero también los artistas han sabido buscar sus triquiñuelas para eludir la tijera de los censores. ¿Y sabéis dónde se eludió la censura con una maestría genial?… Como no podía ser de otra manera, fue el pueblo con su sabiduría, con su desparpajo, el que mejor lo supo hacer. Esto se ve claramente en las coplas del Carnaval de Cádiz, cuyos autores durante años supieron dar la vuelta a la tortilla y saltarse la labor de los censores en multitud de ocasiones.

Sabemos a ciencia cierta que autores gaditanos de principios de siglo XX como ‘Cañamaque’ y ‘El Tío de la Tiza’ estuvieron en ‘La Prevención’, una prisión en la que se encarcelaba a los miembros de las agrupaciones que cantaban letras censuradas. De hecho, es a principios del pasado siglo cuando se impone a las agrupaciones la obligatoriedad de registrarse y presentar una copia de sus letras para cantar en la calle.

Pero los autores de las agrupaciones de carnaval usaban una táctica bastante interesante para eludir la censura. Hacían dobles versiones de sus coplas. Unas, las que entregaban a las autoridades y otras, las que realmente cantaban en la calle. De hecho las coplas de carnaval no pararon incluso cuando las fiestas fueron prohibidas por el régimen franquista tras la Guerra Civil, ya que los aficionados se reunían en las tabernas (los llamados “baches”) y cantaban sus coplas sin censurar. Una de esas tabernas en Cádiz donde se cantaba de manera clandestina se llamó “La tienda de la cabra”, nombre que sirvió como título a un coro de Julio Pardo, que recreaba tres chirigotas que cantaban sus coplas en plena dictadura franquista en esos templos de libertad y sabiduría popular que fueron “Los Baches” en Cádiz. También habría que mencionar a una comparsa genial de Luis Ripoll que recreaba el ambiente que se vivía en esas tabernas.

Pero, todo esto me lleva a plantearme una reflexión en torno al carnaval, que puede ser extrapolable a cualquier ámbito artístico… ¿Por qué se censura la voz del pueblo en carnaval? Pues muy sencillo. Porque el carnaval es sinónimo de igualdad, de ruptura con el sistema, de poner patas arriba el poder imperante y ejemplo también de lucha de clases porque el disfraz elimina las clases sociales y todos podemos ser reyes, vagabundos, etc… y subvertir el sistema detrás de la careta que el Dios Momo nos proporciona.

Pero no crean que la censura es cosa del pasado y que nos hemos librado de ella por estar en democracia. Hace un par de carnavales, cuando todavía gobernaba Cádiz Teófila Martínez, pasó con la chirigota de Kike Remolino, ‘Los Recortaos’, que justo antes de cantar en las semifinales del Falla fueron registrados por la policía local de Cádiz en los camerinos por llevar pancartas que hacían alusión a los recortes aplicados por el gobierno de Mariano Rajoy.

Porque, visto lo visto, el miedo a la palabra, esa palabra que creíamos que ya era del todo libre, sigue sufriendo las mordazas de los que no quieren que el pueblo alce la voz.

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Manuel Tirado Guevara

Profesor de Lengua y Literatura. Concejal de Podemos en el Ayuntamiento de San Juan del Puerto (Huelva)

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