24 de junio del 2017
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Estamos en plena campaña sobre la declaración de la renta. A la hora de hacer números y rellenar casillas no podemos evitar acordarnos de tanto visitante de Suiza y otros paraísos fiscales que han presumido de patriotas y predicadores de lo que, según ellos, era el manual del buen español. Sobre todo, en lo que refiere a nuestra contribución a la hacienda pública para mantener el bienestar común. Esos que se han cuidado de hacer leyes para controlar a los beneficiarios de una nómina, a los que viven de su exigua pensión o a los sufridos autónomos que tienen que hacer interminables jornadas de trabajo para medio vivir. Mientras los más pudientes siguen engrosando sus arcas a costa de evadir los impuestos que les corresponden con una actitud tan cínica como impune ante la inspección por parte de los servicios públicos.

Es curioso como todos los que nos sentimos pobres nos enfrentamos al papel de la declaración de renta con una especie de pudor y temor al mismo tiempo. No solamente porque nos parece decente contribuir, en la medida de nuestras posibilidades al bienestar común, aun cuando gran parte de nuestra aportación ya se nos ido detrayendo mensualmente en nuestra nómina o pensión; sino también porque cualquier olvido, equivocación o anotación por muy simple que parezca va a recibir por parte de Hacienda su correspondiente paralela y, en no pocas veces, la multa que se suma a lo ya aportado. Nos resulta curioso que detrás de cada una de nuestras simples declaraciones parece existir un inspector, mientras que estos funcionarios no aparecen con tal celeridad para seguir de cerca la cantidad de defraudadores de cuello blanco que eluden del control muchos miles de millones de euros.

Así ve JR Mora el asunto de la declaración de la renta.

Así ve JR Mora el asunto de la declaración de la renta.

Y esto en un contexto de limitaciones en los servicios públicos, de recortes en todo lo que ha venido siendo derechos ciudadanos, que se nos han venido eliminando mientras que nuestra contribución al erario público no solamente no se veía reducida sino que se incrementaba a través de impuestos indirectos, como el IVA, que repercutía negativamente en nuestra economía doméstica. Se nos viene diciendo, con un cinismo hiriente, que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y que los pobres se estaban subiendo a las barbas de los que siempre vivieron muy bien a costa de los de abajo. Mientras tanto, un porcentaje reducido pero muy importante de las fortunas tenían a buen recaudo su dinero en paraísos fiscales, libres de impuestos y amasando más y más dinero a costa de ahondar en una crisis que estaban sufriendo la inmensa mayoría de una población muy castigada por el paro y la pobreza.

Nuestro sistema fiscal es muy regresivo. En los últimos años, los diferentes gobiernos han venido reduciendo los impuestos directos que tienen que gravar a las rentas más altas, como la eliminación de los impuestos de patrimonio, en muchos territorios los de sucesiones y donaciones y el recorte del impuesto de sociedades; mientras se aumentan los impuestos indirectos como, por ejemplo, el IVA que grava a todos por igual. Con ello se ha ido beneficiando a los más pudientes y se ha venido incrementando las desigualdades.

Según los datos oficiales, los ingresos de las trabajadores a través de sus salarios contribuyen mucho más al sistema fiscal que los provenientes de las rentas de capital como son los rendimientos de los productos financieros, las inmensas plusvalías… que incrementan considerablemente unos patrimonios que ya, de por sí, crecen sin parar. Si a esto se le une la importante cifra de fraude fiscal que, hace un tiempo superaba el 23% y que significa que casi la cuarta parte del dinero circulante no está controlado fiscalmente y por tanto no contribuye a sostener los servicios públicos. Por supuesto, que quienes evaden esta obligación son las grandes fortunas que ocultan sus bienes o los camuflan legalmente con la ayuda de buenos expertos fiscales, porque los trabajadores están muy controlados a través de sus nóminas.

Zentejuan

Para quienes nos acercamos a rellenar los impresos de la Declaración de Renta es necesario que nuestros políticos asuman en sus programas y, sobre todo, en el ejercicio de gobierno, unas directrices que vayan haciendo la contribución fiscal de los ciudadanos más acorde con sus posibilidades. No se puede seguir persiguiendo con escrupulosidad a las rentas más bajas; mientras que no se pongan los suficientes medios técnicos al servicio de la persecución del fraude de quienes eluden con bastante facilidad su contribución al fisco.

Hace poco ha llegado a mis manos un documento elaborado por una Plataforma para una fiscalidad justa que propone una serie de medidas que yo suscribo. Concreta una serie de propuestas como son: “aumento de la progresividad dentro de la estructura del IRPF generando nuevos tramos; integrar las rentas de capital en la base general del IRPF eliminando el trato de favor que actualmente tienen; acabar con el trato de favor a las SICAV (Sociedades de Inversión de Capital Variable), instrumento gracias al cual las grandes fortunas tributan al 1%; introducir criterios de progresividad en el impuesto del IVA, estableciendo un nuevo tipo superior para los artículos de lujo (coches deportivos, yates, etc…); y eliminación de los paraísos fiscales, entre otras cosas”.

La política del miedo es una buena forma de captar clientes.

La política del miedo es una buena forma de captar clientes.

No es de recibo que en Europa se sigan manteniendo paraísos fiscales, identificados perfectamente, en los que se mueve el dinero de las grandes fortunas con total impunidad. Incluso se castiga a quienes hacen públicas listas de clientes asiduos de estos bancos que se dedican a blanquear dinero y a proteger a sus adinerados clientes con el pretexto de una mal llamada confidencialidad. No se puede enarbolar el secreto bancario para amparar las procedencias ilegales de los recursos que se extraen de una nación y empobrecen a sus ciudadanos en aras de incrementar las rentas, ya de por si altas, de una minoría inundada de una avaricia rayana en lo enfermizo. Europa debe reaccionar ante esta situación para que entre los ciudadanos pueda surgir algo de la confianza que estamos perdiendo en sus Instituciones, tan sobradas de una burocracia que parece impedir afrontar los grandes temas que interesan a sus ciudadanos.

Para que nos acerquemos con cierta confianza a cumplir con Hacienda, tenemos que ver la persecución del fraude con rotundidad, el castigo de los evasores sobre todo devolviendo el dinero defraudado, una buena política de mejora del empleo del dinero público por parte de las distintas Administraciones y austeridad en los grandes sueldos. Sobre todo, en los altos directivos de las empresas públicas. Tenemos que ver el dinero público bien empleado, en la potenciación de los servicios generales y no en el reforzamiento de los bancos ni el despilfarro de subvenciones sin control ni en las grandes obras faraónicas sin uso o para prestigio del político de turno. Hasta que no empecemos a ver todo esto, difícilmente podremos sentarnos delante de la Declaración de Renta con un espíritu solidario, sintiendo que nuestra colaboración con la hacienda pública merece la pena.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.
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