22 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Antes de nada, dejar claro que, obviamente, y como dejo entrever en el titular, no me refiero a todos aquellos españoles que, como el que escribe, están viviendo y trabajando fuera de España. Los hay (y muchos) que sus papeletas de voto les han llegado a sus casas ya pasado el 26 de junio (cuyos responsables consulares deberían ser si no cesados, legalmente castigados); los hay que sí han votado a través de las embajadas; y los hay que, por último, dado que no están registrados donde temporalmente residen, han ejercido el voto por correo o han acudido expresamente a su localidad en España para votar el pasado domingo 26 de junio. Excluyendo a todos estos sectores de nuestra población inmigrante, este mensaje va dirigido al resto que, por desgracia, y con los números en la mano, son la inmensa mayoría.

España, en cifras del censo del Ministerio de Exteriores (ni hablemos de los no censados), cuenta en el extranjero con 1.875.272 ciudadanos. De ellos, en las pasadas elecciones, solamente el 8% solicitó: 149.849. No todos pudieron votar: a casi 35.000 de ellos no les llegó la papeleta a tiempo.

El mensaje va a quienes entre ese 92% claman al cielo por la situación del país (y digo “a quienes” porque habrá entre ellos a quienes les dé exactamente igual, algo que no comparto pero que es totalmente respetable).

De entre todos los países, hay una imagen viral que llama la atención entre los españoles residentes en el Reino Unido, los cuales, a colación del reciente referéndum británico y descontentos por los resultados electorales, comparten un mensaje que dice así: “en Inglaterra han votado para que me vaya, y en España para que no vuelva”.

Si autocompadecerse fuese un deporte, no daríamos para trofeos.

Emigrante no vota la réplica

Y es que hay cosas que no se entienden. Por más que se intente y se preconciba que en casi todo somos contradicción por nuestra mera condición humana. Cuando se escucha a quienes desde fuera hablan de la situación de España, a veces se hallan algunos razonamientos al respecto que, además de que no se sostengan por sí solos, puede que, sin querer, lleguen incluso a emular aquel esperpento que acuñase Ramón del Valle-Inclán. Pero en el cenit de todos ellos, podemos vislumbrar pensamientos como el de dicha imagen, los cuales van aún más allá y demuestran que la honestidad no gusta tanto como se predica. Y no gusta porque en determinados casos esos mismos lastimeros no han movido ni un dedo para votar.

El que escribe esto es inmigrante a día de hoy y no está contento con los resultados electorales. Ningún demócrata debería estarlo. Más allá de cualquier ideología, por el grave hecho de que se trate del primer partido en la historia de la democracia española imputado por la Justicia en su totalidad como persona jurídica, algo inconcebible para los medios de comunicación del resto de Europa. “We are different” se rezaba en antaño. O algo así.

Ahora bien, a la misma vez que no estoy contento con los resultados, tampoco me gusta el arrebato de autocompadecerse y de cantarse el “pobrecitos de nosotros” a quienes viviendo en el extranjero no se han molestado siquiera en votar. Muchas veces estas personas son los primeros voceros contra la corrupción y los que más les gusta hacer ruido por los foros y/o las redes sociales. En cambio, cuando de verdad hacía falta que canalizasen toda esa indignación a través de su voto, ahí prefirieron qué sé yo, seguir compartiendo imágenes de Spanish Revolution por Facebook y Twitter.

 

Emigrante

 

Esas quejas dan vergüenza como ciudadano, y esas rabietas secundadas por los simplismos de que “todos roban”, “todos se corrompen” o “todos son iguales” quedan al desnudo cuando ni siquiera se han dignado a participar en las elecciones. Si “todos” lo hacen es porque no votas a quienes llevan en sus programas la implementación de leyes que castiguen a quienes roban y les obliguen, por las buenas o las malas, a devolver todos los activos del erario público con los que se han lucrado. O porque ni siquiera te has parado a leer los programas de los partidos y, o no votas o votas con los mismos argumentos por los que eres del Madrid o del Barça. En última instancia, el argumento estrella suele ser “votar no sirve de nada”. Claro que no, lo que sí sirve es compartir fotos y vídeos de “lo que Pablo Iglesias no quiere que veas” o “lo que no te contaron de Ciudadanos”. Aplausos, por favor.

Un 8% de los españoles censados en el extranjero demostraron interés en votar en las elecciones que se celebraron en su país. Entre el otro 92%, quizás los haya que incluso critiquen que en otros países no hayan elecciones, y pensarán cambiar el mundo mediante change.org. Sin embargo, paradójicamente, ellos no hacen uso de tal valioso derecho. Perdón por irme por las ramas, repito: solo un 8% de los españoles censados se molestó en votar.

No hay adjetivos suficientes para describir un porcentaje tan pírrico, como tampoco existe dignidad suficiente para quejarse de lo que pasa en tu país cuando teniendo la oportunidad no te ha dado la gana votar. Porque habría personas que por motivos más que justificables de salud, trabajo, distancia, transporte o familia no pudieron. Pero no caigamos en lo absurdo, que es un 92%. Y no faltemos el respeto a ese 8%, que seguro tampoco les fue fácil y asequible, y de seguro que para muchos fue un verdadero sacrificio de esfuerzo, sudor, sueño y bolsillo que nadie le agradecerá nunca. Y ya no hablemos de esos miles de españoles que incluso metiéndose en estos quebraderos ni siquiera les llegó su papeleta a tiempo. Y aquí nadie dimite, y nadie pierde su puesto entre vaivenes de mea culpa entre el ministerio, las embajadas y los operarios de correos de Estados terceros.

En ocasiones, parece que esperamos que venga alguien a arreglarlo todo. O incluso a veces, parece que en el fondo se prefiere que no se arregle, porque el quejarse también es una especie de sadismo dialéctico que gusta sea cual sea el estrato social. Quizás la queja sea como la sarna, tan española y quijotesca como los refraneros.

Es lamentable la abstención enorme que siempre tienen las elecciones en nuestro país, y no vería con malos ojos que el voto fuese obligatorio. A fin de cuentas, por la pasividad de muchos acarreamos todos las consecuencias, y a esos límites no debería llegar la autonomía de la voluntad en algo tan crucial para la sociedad en su conjunto. Aunque esto solo es la opinión de otro español amante de la queja como deporte nacional (por aquello de la autocrítica).

Voto emigrante

Sin más, y habiendo aclarado la primera parte del titular, me corroboro de nuevo en la segunda: basta ya de lloriqueos.

Concluyendo este alegato y pensando en su posible repercusión entre quienes lo leyeran, se me vienen las palabras de dos escritores a la mente. Decía el arcipreste de Hita que diciendo las verdades se pierden amistades. Y también decía Orwell que sólo es periodismo de opinión si publicas algo cierto que no gusta ser leído. Tan opuestos en la Historia, y a pesar de ello, creo que no andaban mal encaminados.

Todos alaban la sinceridad y la honestidad, salvo cuando se ponen en práctica y no dicen lo que gusta oír. Este caso creo que no será una excepción.

Que el lloriqueo se convierta en votos.

 

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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