10 de octubre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Queridos todos:

Me llamo Lola y escribo desde el siglo XXII. Puede que os parezca un tiempo futuro muy lejano, pero en realidad tampoco son tantos los avances que se han conseguido desde vuestra era, sobre todo a nivel social y cultural.

Aunque los viajes en el tiempo no son aún realizables, es posible enviar correos electrónicos hacia el pasado, puesto que los paquetes de datos se descomponen y se mandan a través de una descarga de energía electromagnética a un punto del espacio, y por lo tanto también del tiempo, sin importar que este haya sucedido ya. Es algo que podría hacerse también con los humanos si se hubieran desarrollado dispositivos que descompusieran las partículas y volvieran a reconstruirlas en otro punto del espacio-tiempo. En realidad, la práctica de enviar emails al pasado está prohibida por los gobiernos, ya que podría alterar la secuencia histórica de los acontecimientos. Así pues, estoy escondida en un búnker de la Resistencia en el Campo de Gibraltar junto a un viejo hacker que me ayuda con mi mensaje. Este texto que os envío es para alertaros de la desaparición del libro en papel y su industria; es, en otras palabras, una llamada a la desesperada para variar el rumbo de la historia y evitar el apocalipsis editorial.

A mediados del siglo XX, debido a las condiciones y el ritmo de vida de Occidente, el poco tiempo libre para el ocio fue acaparado, casi monopolizado, por las plataformas digitales de entretenimiento y las redes sociales. La escasez de demanda lectora provocó una subida de precios que convirtió al libro en un objeto de culto, una pieza para anticuarios y coleccionistas. La mayoría de las editoriales que no pertenecían a grandes grupos mediáticos cesaron la actividad del negocio; liquidaron todo y desaparecieron. Los sellos supervivientes se dedicaron a la edición de libros electrónicos. Las tablets, los móviles y los kindles sustituyeron a las tapas duras y las ediciones rústicas en un proceso natural involutivo que a nadie pareció preocupar demasiado.

Sin embargo, un grupo de libreros conocido como la Resistencia se organizó de manera clandestina para recoger, librería a librería, domicilio a domicilio, todos y cada uno de los ejemplares que iban a ser sacrificados. Los registraron, los catalogaron y los escondieron en viejas naves desperdigadas por todo el país. Bien es cierto que existen todavía algunas colecciones particulares, las de aquellos que conservaron las obras, pero la inexistencia de novedades hace que todos los títulos en papel sean clásicos y que los catálogos no puedan ser renovados. La lectura en dispositivos digitales se usa en las escuelas y funciona para la docencia, pero la afición a la lectura como tal, como entretenimiento, como vicio, como camino a la formación y el saber individual, estaba relacionada única y exclusivamente con el papel. Puede que esto sea inmaterial, intangible o incluso romántico, pero así es como ha sucedido; con la desaparición del papel desaparecieron también los grandes lectores; los de verdad, aquellos que necesitaban complementar el proceso de lectura con otros sentidos como el tacto y el olfato.

La buena noticia, y tal vez la única esperanza, es que hace un par de años se puso de moda el libro como objeto decorativo, como algo vintage, como revival. Y las tiendas de regalos y las papelerías y las boutiques comenzaron a pedir libros a la Resistencia, pues nadie los fabrica ya y por lo tanto ellos son los únicos que pueden distribuirlos. Por desgracia, esos libros no son para ser leídos, sino para adornar las vitrinas y estanterías de las casas de la gente más chic. Así las cosas, desde aquí, desde este futuro remoto, os pido a los habitantes del siglo XXI que compréis tantos libros como podáis. Y también le pido a los agentes del comercio editorial (distribuidores, editores, libreros) que se organicen junto con el estado para bajar los precios y fomentar la venta. Creedme, si no hacéis algo ahora, será muy tarde para todos.

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Mario Crespo

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título y Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry y traducida al inglés, Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª(2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra poética y narrativa aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.
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