25 de abril del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cataluña ya se ha ido.

Puede que esté involucrada en pleitos judiciales acerca de la constitucionalidad del “procés”, puede que sus líderes sean más o menos cercanos a las necesidades de la población, que les respalde el 47% o el 53% de los residentes en Cataluña, que se acerque la ansiada Independencia o quede varada en un limbo jurídico o político, pero a efectos emocionales, se ha ido hace mucho tiempo.

No son pocos los amigos que consideran el estado español un fracaso irreconducible. Algo se habrá hecho mal desde la política central cuando miles de personas se abrazan a Artur Mas y su idea de estado catalán como quien se abraza a una idea seductora de progreso. Al camaleónico Mas, del que no se sabe ni se sospecha programa de gobierno alguno. Algo se habrá fracturado los últimos años para que consideren inviable el acomodo dentro del Estado Español. Ya no se trata de un Estatut propio de los catalanes (es difícil de entender que negara un derecho tan básico como hacer su propio Estatut), ya no es la palabra Nación, ni siquiera una consulta vinculante. Hay que marcharse sí o sí. Porque es eso, o el desastre.

Y más allá de que los catalanes hayan tomado esta deriva alentados o no por sus dirigentes (uno cree que el pueblo está por encima de los políticos), cabría preguntarse cómo hemos permitido que la españolidad se haya utilizado de esta forma tan burda y ruin, que cause ese tremendo rechazo, por qué la mayoría de los extranjeros entienden las virtudes de España y los catalanes sólo ven sus miserias. En esa caricatura de españolidad testosterónica y reaccionaria que el PP ha promulgado yo no me reconozco. Pero ya es tarde para paliar sus consecuencias, ya que haga lo que haga, mis colegas catalanes no quieren formar un estado de la mano con otros estados españoles, o naciones, o comunidades o como quieran llamarlo. Prefieren hacerlo solos y luego vincularse a través de la política internacional (esa Europa a la que Mas se engancha y de la que pretende huir la CUP). A veces da la sensación de vivir dos Cataluñas, en mi caso dos Barcelonas, la de los emigrantes y descendientes de emigrantes que no fijan la cuestión identitaria como motivo de discusión, y la de los catalanes de origen que la tienen siempre presente.

El hecho de que como ciudadano andaluz, catalán y también español, tenga que bifurcar la lucha por la justicia social, hacerlo desde España contra Rajoy, Rivera, Sánchez y el Ibex 35 y hacerlo desde Cataluña contra Mas, Junqueras y el Ibex 35 (como veis, el único que siempre gana), me apena y me deja un regusto a oportunidad perdida. Porque al fin y al cabo las luchas sociales no entienden de banderas, sino de igualdades y justicia social. Y en ese contexto, cuanto más seamos, mejor. El quid de la cuestión es que por más que se les intente convencer de que el cambio es más probable aunando fuerzas -que también es discutible-, el esfuerzo resulta ya en vano. Ellos seguirán viviendo por y para ese legítimo objetivo, lo hacen en su día a día y, de alguna manera, ya lo han conseguido. A ellos los veo como a ese aventurero que no puede volver atrás porque el puente se ha derrumbado. A nosotros, como esas personas que se resisten a aceptar que a su pareja se le ha acabado el amor. Y ni los puentes del pasado vuelven, ni los amores sin amor logran mantenerse.

 

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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    3 Réplicas

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  3. Trempantempaito

    A ti lo que te pasa es que si los catlaanes no son españolers, tyú ya no sabes ni lo que eres tú mismo. Pregúntate por qué tú y tu familia habéis podido vivir aquí durante años ajeno a lo catalán, y si eres realmente “igualitario” la respuesta es fácil.

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