16 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica

Literatura

El desastre del Everest tal vez se trate de uno de los episodios más populares de la historia del montañismo, especialmente tras haber sido llevado al cine en varias ocasiones. No obstante, el acercamiento al gran público se lo debemos al estreno de la película Everest, en el año 2015;

Decía Plutarco que “a veces una broma, una anécdota, un momento insignificante, nos pintan mejor a un hombre ilustre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas”. Ahora bien, hacer una buena novela de una anécdota tiene una complejidad enorme, pero no es imposible.

No nos engañemos, que un tipo como Antonio Escohotado se convierta en un partidario de la globalización y del libre mercado tiene su morbo. El arrepentido septuagenario que de joven fue comunista y que la experiencia ha convertido en capitalista resulta un activo de gran valor para la derecha. Como si logras casar a un homosexual por la Iglesia.

Acabo de leer el “Viento derruido”, el último libro que la editorial  Almuzara ha editado a Alejandro López Andrada. Se trata de un texto donde se dan de la mano varios géneros literarios, aunque creo que el autor trata de presentar un mundo, el rural, a través de entrevistas a gente que ha vivido en ese ambiente en distintos oficios, muchos de ellos extinguidos. En un libro de entrevistas.

Doctora Glas ha publicado su primera novela, Suicida – no profesional- busca puente, un libro que navega entre el diario íntimo de carácter confesional, el triángulo amoroso, un poemario post-moderno y el ensayo sobre un nuevo feminismo. Un libro total que recoge una modernidad bien entendida, en el sentido de que la sociedad que vendrá será más compleja, más libre y tendrá una autoconciencia identitaria mucho más definida y crítica.

Breve encuentro

8 marzo 2017 Cultura

Lleno de bártulos como estoy, con el abrigo en una mano, el bolso del tupperware en la otra y la bufanda ya absuelta de la condena de mi cuello, para mí es un alivio llegar a sostener la puerta del bloque antes de que se cierre por la inercia de quien la ha abierto antes, y no tener así que rebuscarme en las entrañas del bolsillo para sacar la llave y repetir la operación. Me apresuro y consigo entrar en el portal, a duras penas, después de una agotadora jornada de trabajo.

Acabo de leer Los perros de la Eternidad,  la última novela de Alejandro López Andrada y no me resisto a hacerle un breve comentario, desde el cariño y la admiración que profeso al autor. Tengo que confesar que, como siempre que leo los escritos de Alejandro, siento que mi imaginación se enriquece con la vitalidad que le da el estilo literario de su autor, al que sigo desde hace tiempo y siempre acaba sorprendiéndome con la riqueza de su vocabulario y de un mundo inusual de metáforas e imágenes que uno no sabe si está leyendo un libro de poesía novelada o una novela poética.

Cuando Myriam, Desirée y Toñi desaparecieron yo tenía apenas seis años pero recuerdo con mucha claridad sus fotografías apareciendo hasta la saciedad en la televisión. Mi madre y mi abuela repetían a menudo, como letanías, “pobres niñas”, y me miraban con ojos preocupados.

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