13 de julio del 2018
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Cayó Cristina Cifuentes, una de las figuras más infames de la era moderna de la política española. De la manera más tonta y, también, de la manera que más y mejor simboliza la cloaca en la que el partido en el gobierno ha convertido la vida política española. La caída de Cifuentes se lleva como un tsunami toda la puesta en escena del Partido Popular de una supuesta renovación y, aunque mantendrá in extremis el poder en la comunidad, deja al partido muy tocado de cara a los comicios de 2019. Ya casi nadie duda de que habrá relevo en el poder.

Después de la prevaricación y el tráfico de influencias que le supuso un máster de regalo a cargo de una institución pública, de culpar y desprestigiar todo lo posible a la Universidad Rey Juan Carlos, de meter a varios profesionales de la educación en un embrollo judicial, de dejar en la picota al rector de la universidad y de mentir reiteradamente en relación al asunto en cada comparecencia pública, es un vídeo filtrado a un diario de nulo respeto por el periodismo el que le ha llevado a dimitir. El hurto común de quién siempre se creyó fuera de lo común. 

Ya sabe Cifuentes cómo se las gasta su partido y la aparatología mediática que le rodea. Lo sabe porque ella ha formado parte de todo ese imperio, porque ha visto caer a muchos que estuvieron en su misma situación y porque es consciente que, en el Partido Popular, después del apoyo público y los abrazos exagerados viene el vacío y la ignorancia, símbolo de que tu vida política está acabada. Si, de paso, sacar la basura otorga una medalla al panfleto compraclics que le hace el trabajo sucio mediático, mucho mejor.

Cayó como cayó Soria, como cayó Ruíz Gallardón, como cayó Granados, como cayó González, como cayo Rita Barberá, como cayó Esperanza Aguirre, como cayó Camps… y tantos otros de la banda de corrupción y vasallaje que es el Partido Popular.

El fin de Cifuentes es el resultado de una guerra de poderes y de familias que viene de tiempo atrás en el Partido Popular madrileño, un juego de las sillas en el que todos buscan salvarse de la pringue de su corrupción sistémica mantenida durante décadas. Cifuentes creía que situarse cerca de los órganos directivos y a la cúspide de la pirámide de poder le otorgaría impunidad -se lo había visto hacer a Rajoy-, pero sus errores pasados la condenaron. Pese a haber sido señalada por la UCO de la guardia civil en sus informes internos sobre corrupción, pese a hacer de la represión una bandera como delegada del gobierno, pese a los numerosos chanchullos que vinculan a familiares y amigos con el dinero público, han sido dos cremas antienvejecimiento, símbolos de su ridícula y absurda codicia, las que han terminado con su mandato y su carrera política. Lo mismo pretendía su partido, aparentar regeneración mientras se entregaban al hurto.

Pero no ha colado, Cifuentes era solo eso, puro maquillaje.

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