17 de octubre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Los tiempos han cambiado. Ya no hace falta grandes máquinas e inventos aparatosos para viajar al pasado. Un simple click en un vídeo de Youtube es suficiente para retroceder al año 2009 y encontrarnos ante situaciones tan emocionantes como la del Chojin frente a su destino de rapero indomable (el que hizo un pacto con el diablo siendo un enano, y que a cambio recibió un Cd firmado).

El hombre se encuentra sobre el plató de televisión de Telecinco, listo para enfrentarse a la prueba que se avecina ante un público expectante y ansioso. Él no se amilana, se crece. Entorno a él se observa un aura luminosa, simple reflejo de esos años que lleva trabajando con la palabra. En lo alto de la pantalla está el tiempo, el enemigo de siempre. Un simple minuto. El minuto en el que el podrá pasar a la historia o simplemente consolarse con decir que hizo lo mejor que pudo.

Se concentra, busca la flexibilidad de los músculos, reúne el aire necesario, y como nadador olímpico, se lanza al agua, y, en ese momento, vuelan las sílabas, imperceptibles, diáfanas, increíblemente sueltas. Sus labios vocalizan la letra del tema de su autoría, “Vo-ca-li-za”, como ese espejo que refleja la imagen de otro espejo, y así al infinito, sin tregua, sin espacio para pensar o entender que lo que sucede en ese momento es otro misterio de la vida: un hombre destinado a hacer del rap su destino.

Luego, se oficializa la noticia: El Chojin entra en el World Guiness Record, un club exclusivo que destila prestigio y superación. Con 921 sílabas pronunciadas en un minuto, se convierte en uno de los raperos más rápidos de la historia y se antepone a otros gigantes como Eminem (quien consiguió un récord por el tema “Rap God” y sus 1560 palabras rapeadas a 6,5 palabras por segundo) o Arkano (quien consiguió realizar el freestyle más largo de la historia).

Se diluyen los sueños improbables del niño que quiere crecer, esos deseos que sólo son proyecciones ilusorias –como por ejemplo la de ser piloto de avión (aunque El Chojin se certificó con esa aspiración)–, para convertirse de manera definitiva en lo que es hoy: un piloto supersónico de la palabra cantada, expresada con nitidez y sin tacos.

Este corto salto al pasado nos revela la faceta de “artista-atleta” que caracteriza al Chojin, el que se prepara y corre para quedar en la memoria. Otro click al futuro -o al presente (como quieran verlo)- nos hace regresar al Chojin que trabaja y escribe para ser libre, el que, con cada letra, cada composición, recalcula su ruta en un ejercicio de conciencia.

Domingo Antonio Edjang Moreno, es el nombre del cantante de rap conocido como El Chojin. Mirada penetrante, cráneo limpiamente rasurado, bigote, candado, camiseta deportiva y a veces una gorra. Éstas son algunas de las señas que lo identifican más allá del trabajo cotidiano y esos relatos inagotables, una facilidad para observar el mundo y retratarlo con un “flow” diluviano. Nada de cadenas de oro, automóviles lujosos, chaquetas de cocodrilo, anillos ostentosos, dientes postizos hechos en diamantes, helicópteros con fondo de rascacielos, y mucho menos, armas de grandes calibres. Aquí lo que hay es lo que se ve y se escucha. Importa sobre todo reinventarse desde la honestidad, desde las tripas, y de ese modo, reluce el razonamiento del artista que se construye con cada verso, cada título, como si en cada paso realizado se concentrara el enigma de la vida.

Dentro de ese ejercicio de sinceridad, el Chojin sigue siendo el hombre de mil caras, cambiante y sorprendente, pero siempre creíble, y para descubrirlas hay que adentrarse en cada una de las canciones de sus 13 producciones discográficas. Ellas son quizás la mejor forma de entender el recorrido tortuoso iniciado a finales de los años 90 (lejos de las cámaras), y que culmina en 2017 con el lanzamiento consagrado de “Soy y no soy” y el álbum “Recalculando ruta”, obra que rezuma pensamiento constructivo y crítica social.

Pero sigamos viajando. Otro click al pasado nos permite apreciar al Chojin en “Si mi chica se llamara Shakira”, lugar incierto de sus fantasías, donde el cantante se imagina, de repente, venciendo en Los 40, con muchísimas ventas, pero –y ése es el pie que le mantiene pegado a la tierra– regresa a la realidad para concluir que, si todo fuera así, “pasaría de ser El Chojin a ser el chico de Shakira”. Y en Lola, cuando por fin se encuentra con la mujer despampanante que acecha, se topa con otro dilema (quizás más difícil de resolver porque más real): el de lanzarse en un embate amoroso sin “goma”. La tentación es grande, pero la descarta. “No te la juegues, sé que a veces cuesta guardar los papeles, pero cuídate”, concluye.

La pulida narración de la vida cotidiana y la descripción oportuna de las aspiraciones de un joven de Torre de Ardoz (Madrid), hijo de madre española y padre ecuatoguineano, son algunos elementos determinantes en esta trayectoria exitosa. El Chojin supo abordar desde muy temprano temas ineludibles del rap -como las mujeres o los sueños de fama- desde la diversión, a menudo con una sonrisa, y empleando el lenguaje responsable que hoy sigue siendo su marca. También supo representar, como buen dramaturgo, los Idiomas distintos de una pareja que no acaba de entenderse pero que sigue empecinada en construir un diálogo cotidiano. Y en El final del cuento de hadas, hilvana la historia de una pareja en la que irrumpe la violencia para acabar con todos sus cimientos.

El Chojin es un diestro narrador que invita a viajar a múltiples realidades, pero es quizás en el campo de la Introspección y en la búsqueda de la mejora continua, donde el artista ha sido especialmente habilidoso. Aquí ya no prevalece la calidad de piloto supersónico que dispara palabras, sino la elástica gimnasia para entender y captar su propia esencia, comprender de dónde es y saber adónde va. Sentado frente a su escritorio, el Chojin hace sus deberes, cuestiona su interior y, luego, como estudiante juicioso, plasma en el papel lo evidente: “Yo soy un rompecabezas, una vida entera intentando hacerme a mí mismo”.

En ese viaje existencial nacen cosas poderosas, muchas veces evidentes pero que terminan olvidándose, y eso es lo que impulsa a presionar infinitamente el “play” para escuchar y recordar la letra de las canciones del Chojin. En “Dejarse la piel” resplandece el mensaje de que la clave de todo éxito es trabajar más y mejor. En “Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites”, la sensatez y el deleite de los pequeños placeres se imponen como ley de vida. Centrarse en la familia, los amigos y la pasión por el arte, es una premisa inevitable. Y en “Dejad que hablen”, el Chojin recuerda que lo importante en la vida es competir consigo mismo, y no con los otros.

“Aprender a concentrarme, no descansar y dejarles que hablen, así crecí, pulí mis habilidades, dejé de tener rivales y ahora todo es más fácil”, manifiesta el Usain Bolt del rap español sobre un beat que incita a mover el cuerpo sin siquiera notarlo. La semejanza con el atleta jamaiquino no es coincidencia. Ambos generan grandes emociones en sus respectivas disciplinas, vuelan sobre una pista en un tiempo récord y, además, Youtube ofrece la posibilidad de apreciarlos infinitas veces, fijarse en sus momentos de oro para grabarlos en la memoria.

Un salto más en el abismo de la red, otro click poderoso, nos abre las puertas a un compromiso ineludible. Con “Rap contra el Racismo”, el rapero reivindica la cercanía de cada ser humano, lucha contra las etiquetas y los muros que se construyen sobre el miedo y el desconocimiento. De España hasta Colombia o Perú, el mensaje es uno solo: “Nuestro poder es tener la razón con nosotros”.

Pero toda exploración tiene su fin y, sin lugar a dudas, el mejor lugar para aterrizar es Recalculando ruta: un disco con tintes intimistas, fruto de todas esas lecciones, todas esas dudas humanas, que hacen que un proyecto brille con luz propia y perdure por su autenticidad. Aquí está el artista en otro momento de claridad, hablando de ese niño que alberga y al que han obligado a ser adulto, que crece con cada trabajo y que ha aprendido a cuidar su autoestima como si de un escudo se tratara, que encuentra en los años el mejor aliado para descubrir (y no envejecer), que escribe él mismo el guion de su propia vida y se fija en los más grandes de la historia, es decir los que alcanzaron la paz (y no la gloria).

El Chojin de ahora es libre, vive lo que siente, vive hasta que duele. Vive sin cadenas, sin miedo a las consecuencias, y con ese ritmo frenéticamente tranquilo y contagioso, tan clarividente como su prosa transparente, podría seguir escribiendo y reinventándose durante mucho tiempo…

 

Las fotografías son de la web de El Chojín.
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Johari Gautier

Periodista y narrador franco-español nacido en París (Francia, 1979). Autor de los “Cuentos históricos del pueblo africano” (Ed. Almuzara), y las novelas “El Rey del mambo” (Ediciones Irreverentes) y “Del sueño y sus pesadillas” (Ed. Atmósfera Literaria).

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