27 de julio del 2017
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Una de las grandes milongas del sistema capitalista ha sido, es y será la teoría de la meritocracia, según la cual obtenemos lo que sembramos en vida pues nos brindan desde pequeños las mismas oportunidades que a nuestros coetáneos. Cuando ingresamos en la escuela somos iguales y recibimos una educación en armoniosa equidad y manifiesta imparcialidad. 

Este cuento de hadas tan estúpido ha sido el sustento ideológico de muchos voceros de la clase dominante cuando se les ha preguntado por la notoria desigualdad en nuestro país. Simplifican asegurando que “si eres pobre es porque no has trabajado lo suficiente para salir de la pobreza”.

Pero sabemos -y saben los neoliberales- que esta hipótesis barata y simplista no se corresponde con lo que cuentan las calles. Que no es lo mismo vivir en Pozuelo que en Carabanchel, que un colegio privado y bilingüe se parece poco a uno público, que nadie parte de la misma posición socioeconómica, que el capitalismo crea cárceles sistémicas, clases en las que resulta difícil promocionar, que ya algunos no sueñan ni con prosperar y se conforman con mantener su estatus. La maltrecha clase media mengua, debilitada, mientras sueña con días mejores. La clase baja cada día es más numerosa y se sitúa al borde del desquicio. Y la casta sonríe mientras crecen sus cuentas en paraísos fiscales o se dispara la venta de yates y coches de lujo.

Pensaba en todo esto tras ver Hermosa Juventud, me preguntaba si los jóvenes protagonistas de este relato tan crudo y veraz, acaso han tenido una posibilidad de progreso. O lo más triste, si ellos han creído alguna vez tenerla. A la clase obrera le han robado hasta la esperanza.

Porque esta generación madrileña asume que no es competitiva, que no vale para nada, cree que la emigración les asegura un vida mejor -cuando no siempre es así- y lloran en silencio al ver un futuro hostil, adverso y dañino.

Jaime Rosales ha filmado una película necesaria, una actualización de Barrio en clave femenina, describiendo con aspecto de documental y notable naturalidad el desaliento de la generación de los noventa. Son jóvenes que buscan un puñado de euros en trabajos denigrantes y mal pagados, chicas y chicos que nunca llegan a entrar en el mercado laboral y que acaban filtreando con la delincuencia. La España abandonada de Rajoy.

Me preguntaba si Carlos, un joven sin estudios que cuida a su madre minusválida y trabaja en la obra por 10 euros el día, o Natalia, una chica embarazada demasiado pronto, han tenido siquiera opción de bienestar. Si no han sido excluidos de antemano. Me pregunto que clase de meritocracia venden algunos, como pueden ser tan cínicos. Y me duele ver estas vidas esclavas del sistema, esta infinita injusticia social que hace que nuestros jóvenes se piren del país, excluidos, humillados, resentidos… olvidados.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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