17 de noviembre del 2017
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Cuando se empezó a fraguar Fe de Etarras a buen seguro que Borja Cobeaga no sabía que se iba a liar en España la que se ha liado a cuenta del independentismo. Con los nervios a flor de piel y media España lobotomizada por el relato de la derecha y su posverdad, lo que le faltaba al panorama era una película humorística sobre ETA. La respuesta no se hizo esperar: los patriotas hipersensibles llamaron a un boicot contra Netflix (ilusos, al capitalismo yanqui no se le entierra fácilmente) que no tuvo sino un efecto Streisand en el público, morboso de puertas para adentro.

Parte Fe de Etarras de la valentía de sus productores y de su director para encarar desde la comedia el epílogo del conflicto vasco. Desde aquí mi reconocimiento. Urge normalizar el tratamiento desde la ficción de cualquier periodo histórico de nuestro país, por muy peliagudo que sea. Nadie rechista cuando la ficción americana aborda conflictos recientes y, sin embargo, algunas personas se escandalizan muy pronto cuando el cine se acerca a nuestras fronteras.

Ocurre además que hace tres años Cobeaga ya abordó el conflicto vasco desde la óptica del gobierno en Negociador. En Fe de Etarras lo hace desde el otro frente, el de los terroristas vascos, situando la acción un año antes del anuncio del cese definitivo de su actividad armada. ETA ya languidecía y sobre esa decrepitud gira el relato de Cobeaga, situando a los protagonistas de la historia en un piso franco de la banda armada. Rebeldes, cansados, tristes, engañados, melancólicos y decepcionados, los cuatro etarras intentan pasar desapercibidos en una vecindad durante las eliminatorias del Mundial de 2010 que acabó ganando España.

Y no es más que eso. Una comedia de situación con ironía política. Cobeaga no profundiza porque tampoco lo pretende. Fe de Etarras es una sencilla parodia de los terroristas, a los que caricaturiza escena tras escena burlándose de su lucha, con algún desafortunado estereotipo. Al igual que Negociador, es una película fallida porque podría ser más atrevida, podría ser desacomplejada y transgresora. Pero no lo es, se queda en una repulsa light, minimalista, facilona y blanca del terrorismo. No hace daño a nadie. El valor de Fe de Etarra es más político que cinematográfico: sacudirse tabúes es saludable.

No se rasguen, por tanto, las vestiduras con Fe de Etarras que hasta la derecha moderna del Partido Popular la ha considerado divertida. Véanla con naturalidad e intenten reírse. Yo lo he hecho en algunas ocasiones. Criticadla si no os gusta, pero no la censuréis antes de tiempo. No pongáis límites absurdos al humor. Es lo poco que nos queda en unos tiempos tan tristes como los que corren.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.

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