21 de septiembre del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Era yo un niño que vivía las postrimerías del franquismo y sin embargo recuerdo con nitidez el sonido que acompañaba a unas imágenes en blanco y negro en la televisión de aquellos tiempos: tiempos de negro y gris, o “grises”. De fondo, se escuchaba una canción cuya letra no entendía, pero con los años comprendí pleno su significado. Grándola vila morena, terra de fraternidade Prohibida por la dictadura de Salazar, en la madrugada del 25 de abril de 1974 dicha canción fue retransmitida como señal para iniciar la movilización de tropas comandadas por militares demócratas agrupados en el MFA (Movimento das Forças Armadas). Eran las imágenes y el sonido de una revolución: la Revolución de los Claveles, que tomó ese nombre pues al comienzo, una mujer; después, muchos y muchas lisboetas, regalaron claveles a los soldados.

Aquellos acontecimientos supusieron el principio del fin de las dictaduras en la Península Ibérica. O povo é quem mais ordena… Y nos lo creímos. Nos creímos que las conquistas del pueblo portugués se iban a consolidar. Pero llegó Passos Coelho; llegó la troika y las conquistas de aquel abril se esfumaron: privatizaciones, subidas de impuestos,  reforma laboral, copago sanitario, y un largo etc.  Nos creímos también que al morir Franco, en España comenzaríamos a vivir en democracia. Una “joven democracia” se decía; por ese motivo: todavía imperfecta. “Seguro que con el paso de los años”… Con el paso de los años nos hemos dado cuenta que no es el pueblo quien manda; mandan los de siempre. Ahora, la televisión es en color y la policía viste de azul, pero los golpes duelen igual, pues duelen, sobre todo, en nuestra dignidad. Sentimos como propio cada golpe que recibe un manifestante; cada multa o condena que recibe un tuitero, rapero, o alguien cuya protesta busca resonar en la conciencia de la sociedad adormecida –o anestesiada- por tantos medios de comunicación ocupados en mantenernos en el engaño de nuestra fortuna al vivir en este país; “en un gran país”. La corrupción, la injusticia, la inequidad importan poco frente al orgullo de ser español. Otros y otras no ponemos banderitas en los balcones, ni hacemos proclamas de nuestra identidad nacional, pero nos duele y mucho nuestra tierra y nuestra gente.

Ahora vivimos tiempos de tiempo de Cruzada; de españolismo rancio, donde el “Santiago y cierra España” ha adoptado una estética más POP y suena como “a por ellos, oé..”, en compás de 4/4, similar al de aquél género musical. Ahora, un nuevo Cid Campeador somete los intentos de rebelión a golpe de artículo 155, cual contemporánea tizona; convoca unas elecciones con parte de los candidatos en la cárcel o en el extranjero; impulsa presupuestos cada vez más restrictivos; aumenta un 80% el gasto militar…  Es un nuevo Cid Campeador que, siguiendo a su antecesor, también lleva barba. Si el héroe medieval se quedaba con parte de los tributos o “parias” cobradas en los Reinos de Taifas, el de nuestros días lo hace con parte de las comisiones irregulares a cambio de obra pública. El problema es que el primero fue desterrado por ello y el segundo no se marcha…

En los mismos tiempos convulsos de esa España, otrora en blanco y negro, ahora en color, hemos podido ver en la prensa como otros policías, también vestidos de azul, en un momento decidieron no reprimir al pueblo ante las continuas protestas por fraude electoral masivo producido en las últimas elecciones hondureñas, pues ellos también son pueblo. Este mes de diciembre de 2017 se han vuelto a repetir escenas similares a las de abril de 1974. Aquella mujer repartió claveles rojos en Lisboa; esta otra, orquídeas blancas, la flor nacional, en Tegucigalpa. Mujeres diferentes; flores diferentes; países diferentes; tiempos diferentes, pero todo ello unido por un mismo sentimiento de hermandad con los policías, con los soldados: un sentimiento de pueblo unido. Los mismos abrazos; las mismas lágrimas en los ojos; la misma emoción. Una emoción que, de alguna manera, también sentimos nosotros al escuchar Grándola vila morena en la Puerta de Sol de Madrid aquellos días del que parece ya tan lejano 15-M; al ver las imágenes de la prensa hondureña o incluso al escribir estas líneas evocando todo ello.

A la vista de las imágenes que mostraban la confraternización entre policía hondureña y su pueblo, la Profesora Gladys Rodriguez, de Uruguay,  nos regaló una hermosa frase: “ojalá podamos hermanar claveles, orquídeas y muchas otras flores para transformar las miserias humanas  en un gran jardín.”

Pero al igual que en Portugal y España, ahora en Honduras, ese bello momento ha sido tan sólo un eclipse. La realidad finalmente se acabó imponiendo y la represión, los muertos y heridos, han vuelto a engrosar las negras estadísticas de las víctimas en una protesta. Ayer, como hoy, se hace realidad la frase de Ismael Serrano: las hostias siguen cayendo para quien habla de más. 

Afortunadamente, no todo está perdido. Como dice el dicho: podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Así, la política del gobierno de izquierdas portugués ha logrado recuperar parte de las conquistas del Estado del Bienestar perdidas -en definitiva, parte de las conquistas de Abril- al desoír la imposiciones de la troika y su austericidio. Este cambio de orientación en su política económica, cuyos éxitos han sido reconocidos por las autoridades de la eurozona, demuestra que lo de otra economía es posible no es un simple lema inspirado en las reuniones del Foro Social Mundial y puede hacerse realidad si la izquierda retoma, de una vez por todas, su unidad de acción; si de una vez por todas, el lema de unidad del cantado en Portugal, Honduras o tantos otros lugares se hace realidad; si de una vez por todas, o povo é quem mais ordena…

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Antonio Ureña

Antonio Ureña García es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como escritor, ha publicado ensayos y relatos en diferentes revistas y medios electrónicos. Es coordinador del Proyecto Internacional Leer es un Derecho y editor de la revista Tiempo de Poesía. En sus escritos persigue hacer una reflexión critica sobre la cultura y sociedad actuales a modo de herramienta que colabore a hacer frente a la impostura y el letargo en los que pretenden sumirnos.

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