19 de junio del 2018
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Cuando estaba en tercero de primaria mi profesora nos propuso un ejercicio. “Tenéis que escribir una noticia, pero no vale copiarla, hay que inventarla.  Pero es importante que parezca real.”. Recuerdo que estaba muy nerviosa por escribir algo que pareciera realista. Después de un largo proceso de investigación escribí mi noticia: Una mujer que paseaba por la calle había sido aplastada por un muro que se derrumbó. Estaba en coma en el hospital.

Cuando llegó el momento de corregir el ejercicio estaba deseando que llegara mi turno porque no tenía duda de que mi noticia podría haber salido en cualquier periódico nacional. Me había informado sobre cómo eran las noticias y qué partes tenían. Sin embargo, cuando todos leímos las noticias la reflexión de la profesora no se centró tanto en qué características tenía una noticia (algo sobre lo que todos y todas nos habíamos informado concienzudamente). La profesora nos sorprendió con una reflexión que me hizo activar un resorte que aún tengo encendido.

Mi trágica noticia sobre una mujer en coma era una de las tantas tristes y lacrimógenas que habíamos llevado a clase. Sólo una de 30 personas había escrito una buena noticia. Nuestra maestra nos hizo reflexionar sobre el contenido de las noticias.

prensa

En los periódicos reales la proporción de noticias “buenas” y “malas” era así, pero ¿es esa la realidad? Ese día con mi estuche de dibujitos, mi mochila multicolor y mis dos colas en la cabeza descubrí algo que hoy, casi veinte años después, sigo defendiendo con pasión. La realidad es mucho más.

La denuncia de aquello que no funciona, de aquello que ha salido mal, de aquello que merece ser llorado, es una parte esencial y necesaria para cambiar el curso de las cosas. Denunciar y criticar la realidad es el comienzo del engranaje del cambio social, sin embargo debe haber espacio para celebrar lo que está saliendo bien y valorar los pequeños cambios. Sólo viendo resultados se valora el esfuerzo, se toman fuerzas, se respira esperanza y se puede seguir viviendo, trabajando, luchando… sin caer en la paralizante frustración. Me tomo la libertad de decir que si hay algo tan revolucionario e incómodo, o incluso más, que la denuncia, es la habilidad para “ponernos las gafas” y ver lo que está bien hecho.

Por todo ello no puedo hacer otra cosa en mi primer artículo, que escribir sobre el éxito de las cosas bien hechas en mi ciudad, en uno de los barrios más polémicos, el Polígono Sur de Sevilla. Este barrio de más de 30.000 habitantes es conocido en el imaginario popular de la ciudad como un “gueto de problemas” al que es mejor no acercarse. A esto han contribuido, y mucho, los múltiples reportajes que han subrayado su cara oscura. En cambio, son pocas las ocasiones en que se habla de las iniciativas pioneras y exitosas que se llevan a cabo allí. Una de estas iniciativas tiene nombre de colegio público: CEIP Andalucía. Este colegio además de caracterizarse por sus profesionales comprometidos, se caracteriza por ser una Comunidad de Aprendizaje, una vuelta de tuerca más al modelo tradicional de educación. Este proyecto, que ha demostrado su éxito con evidencia científica, se aplica en diferentes zonas del país e incluso ha traspasado fronteras hasta América Latina.

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Polígono Sur en Sevilla

El proyecto de Comunidades de Aprendizaje surge con el objetivo de disminuir las desigualdades sociales a través de una educación de calidad para todos y todas en cualquier contexto. El principal elemento diferenciador de aquellos centros que se transforman en Comunidad de Aprendizaje es la colaboración entre familia, escuela y comunidad. Pero no una colaboración entre expertos/as y familias. Todas las personas que participan en una Comunidad de Aprendizaje son consideradas iguales y por tanto, sirviéndonos de una metáfora electoral podríamos decir que una persona, un voto. Si bien esto ya resulta innovador en sí mismo, cuando se traduce en prácticas concretas dentro del CEIP Andalucía del Polígono Sur es una maravilla emotiva y emocionante.

A la hora de tomar decisiones el trabajo se organiza con una primera fase en la que familias, alumnado, profesorado, voluntariado y miembros de la comunidad sueñan cómo quieren que sea su cole. Es especialmente emotivo ver personas que no han tenido oportunidad de cumplir la educación obligatoria cuando eran pequeñas, volviendo al cole por sus hijos e hijas. Vuelven porque quieren lo mejor para sus niños y sus niñas, pero sobre todo, vuelven porque se les escucha de verdad. En las reuniones que se realizan, las madres, padres, abuelos… se atreven a decir qué es lo que verían útil en el colegio porque saben que no serán juzgadas. “Pues a mí me gustaría que la biblioteca del colegio estuviera abierta por las tardes  porque mi niño en casa no tiene sitio para hacer bien los deberes”. “Yo quiero organizar el menú del comedor, que quiero que mi niña coma más fruta”. “A mí me gustaría que celebráramos el día de los gitanos Andaluces” “¿Por qué no hacemos el colegio en inglés?”… etc.

Llegar hasta este punto de confianza y colaboración mutua es fruto del trabajo de años en los que el profesorado día a día ha demostrado con sus hechos que la escuela no es sólo para ellos, sino que toda la comunidad tiene su sitio. Las profesoras y profesores del Andalucía han salido al barrio a conocer la realidad y a conocer a las familias, sus problemas y sus puntos fuertes. Así han construido puentes que ahora unen la familia y la escuela en este centro no sólo para soñar, sino también para trabajar en la consecución de esos sueños.

Se organizan comisiones en torno a sueños concretos. Si uno de ellos es decorar el colegio, por ejemplo, se organiza una comisión de decoración. Las personas que lo integran se organizan para ver cómo decorar el colegio y conseguir todo lo que haga falta (diseño, materiales, mano de obra…). De esta manera la familia y la escuela van poco a poco luchando conjuntamente por una transformación integral del colegio y del barrio.

Al igual que en el Polígono Sur, hay muchos otros barrios en toda España en los que los colegios e institutos son algo más. Son una Comunidad de Aprendizaje en la que de verdad se unen las mentes para mejorar y crecer día a día; siendo la familia parte y no sólo una invitada en casa ajena.

Si bien esta no es la única realidad del Polígono Sur, ni de la educación pública en este país, es una realidad más. La realidad que también estamos construyendo y que por tanto merecemos celebrar. Así que “ponte las gafas” y mira todo lo bueno que tenemos mientras seguimos construyendo.

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Celia Acero Pereira

Psicóloga. Especialista en psicología de la educación y aprendiz de aprendices. Quiere transformar el mundo.

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