19 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El bombardeo es masivo. Sin cuartel y desde todos los flancos. El enemigo, común y conocido pero obviado en los discursos y las frases recurrentes. Los de arriba no están dispuestos a aflojar y los de abajo no tienen más manos para tirar de la cuerda hacia abajo; algunos han dejado de tirar y los que quedan tienen las manos llagadas.

Estómagos agradecidos se llenan la boca con una palabra: PATRIA. La sueltan a la mínima oportunidad, la vomitan como si su sola mención justificara buena parte de sus actos. Lo tremebundo del asunto es que seguramente desconozcan el verdadero significado y sobre todo la simbología de la palabra. Porque al fin y al cabo no deja de ser eso, un sustantivo.

Según la propia RAE la palabra patria  en su primera acepción dice así: “Tierra natal o adoptiva ordenada a la que se siente ligada el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. La segunda acepción es puramente geográfica y de poco recorrido para un debate. Quedémonos pues con esa primera definición; ella misma por naturaleza engloba los factores jurídicos, históricos y afectivos en uno solo, inseparables entre ellos (aunque eso es muy rebatible). Lo primero que podemos decir es que en realidad la patria no existe, no es algo físico a lo que aferrarse o poseer. Además su pertenencia a ella viene dada por factores que no son de nuestra elección, con lo que se convierte en un elemento tan aleatorio como caprichoso.

En el terreno afectivo de un patriota no me voy a meter, pues entra dentro del respeto que cualquier persona merece sobre sus creencias o sentimientos. Lo que escama es el uso que se da al término, precisamente y como dice la definición de la academia englobando también el terreno sentimental. De hecho se apela básicamente a esa pata de las tres que se supone que conforman la naturaleza de una patria, o al menos en su definición.

¿Por qué no hablan del histórico (apenas lo rozan) o del jurídico? Porque no lo necesitan. Nuestros políticos hace décadas que se adueñaron por completo de ambos aspectos, consiguiendo que la opinión pública dé por hecho que por historia o en base a unas leyes determinadas una persona tiene que ser patriota del lugar en el que nace.

Vivimos en una sociedad más polarizada que nunca, sea el ámbito que sea. A la hora de debatir, de dar una opinión o incluso de definirse se cumple la siguiente regla: si no eres A es que eres B; si no crees en lo blanco es que eres fiel seguidor de lo negro. Sin grises ni escalas. O una cosa u otra. Vivimos en un mundo enfermo de bipolaridad.

Aplicado a los que nos atañe, si uno dice que no se siente patriota se enfrenta a una sarta de acusaciones tales como “anti patriota” o “terrorista”; en España el abanico de definiciones gratuitas es más amplia, abarcando términos como “independentista”, “antisistema” o insultos de tono personal. La ceguera de argumentos de la gente supone un premio incalculable para nuestra clase política, que aferra la titularidad de la patria sin que nadie les rechiste. El que lo hace, legítimamente y en plena posesión del derecho a discrepar, es señalado como a un paria.

La libertad de elección parece tocada de muerte, y el individuo cada vez se ve más presionado en aras de seguir por una senda que ya viene marcada, sabiendo que si decide desmarcarse del camino encontrara todo tipo de dificultades.

Pensar está mal visto, casi tanto como no querer a la patria.

 

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Alejandro F. Orradre

¿Escritor? || Coleccionista de blurays (480) || Bolaño || Librópata || Miembro de la PAE || Escribo cosas raras en @murraymagazine y @Neupic

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