22 de agosto del 2017
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El No Sin Música juega con ventaja entre la multitud de festivales de música que proliferan por nuestra península. Su enclave es único y hechizante. Está perfectamente comunicado, integrado en la ciudad en pleno puerto de Cádiz, junto al mar y los barcos, en una explanada donde se respira la brisa marina. Estar allí tres noches de verano escuchando música de calidad es un lujazo vacacional altamente recomendable. Ocurre además que la gente de la zona estaba deseosa de fiesta después del naufragio del Alrumbo, del que todavía queda mucho por explicar. Así que no es de extrañar que esta edición haya sido un éxito sin discusión.

Para su quinto aniversario, el No Sin Música apostó por un cartel configurado solo por artistas españoles, con una evidente escasez de representación femenina —bien maquillada, por cierto, con la presencia de las maravillosas The Grooves—. El problema del género es un lastre que arrastra la escena musical española desde sus inicios, pero que se acentúa y crece en los festivales. La presencia de mujeres en el No Sin Música no alcanzó el 10% de los músicos que pisaron los escenarios. Una cífra pírrica. Otro terreno por conquistar en un debate para otro momento.

Reivindicaciones al margen, la relación de músicos fue de gran nivel artístico. Eso sí, los cabezas de cartel (Amaral el primer día, Rosendo más M-Clan el segundo y Lori Meyers el tercero) son bandas de larguísimo recorrido, ya veteranas en la escena musical española. Esto hace pensar en las dificultades del rock español para encontrar un relevo generacional a la altura, asunto que guarda una íntima relación con la crisis económica de la industria. Y es que sólo el Kanka y en menor medida, Depedro y León Benavente, eran savia nueva con algo de tirón mediático. Músicos que han experimentado un importante crecimiento pero que siguen detrás de la generación precedente a niveles de repercusión.

En cuanto a lo plenamente musical, hubo poco espacio para la sorpresa. El formato de los shows, de actuaciones medidas al milímetro y calculadas al segundo —la organización fue escrupulosa con los horarios— hacía que los artistas meditaran muy bien lo que iban a hacer y daba poco pie a la espontaneidad, aspecto que puede restar en lo puramente musical. También es cierto que la profesionalidad de las bandas fue incontestable. De este modo, las actuaciones más potentes fueron las que ofrecían un sello distintivo: la puesta en escena y la calidad de las bandas de Amaral y Lori Meyers, el minimalismo austero de Rosendo, la hiperactividad de Los Zigarros o la fiesta que montó el Langui con hasta 15 músicos fueron hechos reseñables. Sin desmerecer, hay que subrayarlo, las bandas de gama media como Sex Museum, Detergente Líquido, Enseco o las anteriormente mencionadas The Grooves, por citar algunas de las que destacaron. Es decir, que hubo un nivel medio bastante interesante del que tienen parte del mérito los ingenieros del festival, que consiguieron ofrecer un sonido ciertamente bueno. Chapeau por los técnicos.

En el lado negativo quedarán las decepcionantes actuaciones de M-Clan y Coque Malla, el primero a causa de un Carlos Tarque pasadísimo de rosca —no atinaba una la que a mi juicio es la mejor voz del rock español—, y el segundo por aburrir a las ovejas en un público que esperaba más implicación por parte del ex de Los Ronaldos.

En cualquier caso, no desluce un No Sin Música al que poco se le puede recriminar. Era un festival medianamente asequible del que podías comprar entradas diferenciadas por días, con un servicio rápido, espacio para moverte sin agobios y una logística y limpieza más que aceptable. Es cierto, eso sí, que comer y beber en el interior no era apto para todos los bolsillos, pero se podía suplir callejeando por las zonas aledañas al festival, donde consumir era realmente barato.

Habrá que ver como evoluciona el No Sin Música en los próximos años en un contexto de peligrosa burbuja festivalera. ¿Invitarán algún día a bandas foráneas o seguirán con su política nacional?, ¿abrirán el abanico estilístico?, ¿forzarán los vecinos de la zona la retirada del espacio portuario o serán comprensivos por los beneficios que aporta a Cádiz? En definitiva, ¿será sostenible y prolongable el No Sin Música? Esperemos que sí. Nuestra cultura lo merece.

* Todas las fotos son propiedad del festival y están extraídas de su página de Facebook
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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.

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