24 de mayo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Barcelona. Llueve y hace frío. Han pasado algunos años desde que escribí sobre la proliferación de indigentes en la Travessera de Gracia (o de la vergonya, como yo la bautizaba). Las cosas me van mejor.

Mi piso, por ejemplo, ya no lo comparto con amigos, sino con mi pareja. Sigo teniendo una habitación y sigue estando la cocina en el mismo lugar que el salón y el ropero, todo concentrado en un mismo espacio, pero tengo calefacción y otros lujos que por entonces ni consideraba. Horno. Exprimidor. Tocadiscos (¡!). Televisión.

Me siento feliz en ese piso, el primero de mi vida que ha sustituido a la casa de mis padres como “mi casa”. ¿No podemos parar el tiempo? ¿No podemos vivir un sábado una y otra vez, leyendo, escribiendo, copiando recetas de Internet y escuchando a Dylan de fondo? Algo así era mi ideal de cuando la precariedad me miraba al espejo. Ahora, siento un placer culpable. Alguien nos inoculó que nuestro avance sería mérito de otros mientras nos dejaba solos ante las desgracias.

Si tienes una oportunidad es por la flexibilización laboral, las sustanciales mejoras del mercado de trabajo, el control del déficit, la adecuación a las exigencias de Bruselas. Pero si escribiera otra vez desde la precariedad, hubiera sufrido un ERE o una desgracia irreversible, sería culpa mía por no adaptarme a los tiempos,  por no ser competitivo, por mi ausencia de meritocracia.

He cambiado o no, según se mire. Ya voy por los 34 y tengo los mismos miedos que hace cuatro años. Sigo siendo un eterno pos-adolescente. Sigo teniendo más libros que cualquier otra cosa. Sigo atravesando la ciudad para ir al trabajo. Ahora recorro Avenida Madrid como antes lo hacía con la Travessera, para ir a un trabajo del que ignoro su destino. Existirá o no el día de mañana, quién sabe, he aprendido a vivir con la incertidumbre. El mismo porcentaje de indigentes poblando cajeros con la misma fachada, repitiendo relaciones de subordinación.

Cerca del metro, veo un cajero compartido por tres personas. Son sólo algunas de las mil que lo hacen cada noche sin una respuesta certera por parte de las instituciones: Una mujer con el pelo acaracolado, guantes y un carrito de la compra al lado, un hombre con bigote vestido con un chándal de los años setenta, y un negro, presumiblemente africano, presumiblemente alejado de los suyos, presumiblemente pobre, enrollado en varios abrigos. Su mirada se pierde en ese infinito donde se perdía el protagonista de “Negro como yo“, la excepcional crónica de John Howard Griffin, donde el silencio acalla el rumor de los oprimidos.

Del mismo punto donde parte su mirada se encuentra la de sus dos compañeros, que se pasan, mientras conversan, un tetabrick de vino tinto. Los tres se arropan con la misma manta mientras miran los coches pasar robándoles el tiempo; el mismo que a mí me falta para ellos es una agonía eterna que, bajo su falda, esconde la promesa de un mundo para iguales. Sin embargo, no entienden de diferencias. Ni pobres, ni mujeres, ni negros, solo personas con las mismas necesidades. Es curioso como la fatalidad nos iguala, vengas de donde vengas.

Me pregunto cómo se las apañarán dentro cuando caiga la otra manta, la del frío, si compartirán también sus enseres o prevalecerá la escasa privacidad que les deja la noche. Pienso en los asuntos domésticos del interior del cajero, en su sudoku de frustraciones, en el rompecabezas de una vida sin techo, y me pregunto cómo estarían en mi casa, al calor de la calefacción, escuchando música, usando el horno para calentar sus bocadillos. Me pregunto eso mientras acelero el paso hacia la boca de metro, que engulle, como hace cuatro años, las mismas vergüenzas de entonces.

 

 

La fotografía fue publicada en La Vanguardia, en junio de este mismo año.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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    2 Réplicas

  1. T&T

    Las estadísticas oficiales dicen que un 84% de los sin techo son hombres. No veo, no escucho, a ningún colectivo feminista o de izquierdas, hablar sobre este tema. El feminismo burgués-progre ha secuestrado el sentido común en las organizaciones de izquierda, Qué pena

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