13 de julio del 2018
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Eran las dos y diez de la tarde cuando abandonamos la ciudad de Zamora por la Autovía del Duero en dirección a Madrid. Las gotas de lluvia caían con violencia y golpeaban el parabrisas dejando tras de sí la impronta de prisma que poseen los copos de nieve. Se trataba por lo tanto de nieve sin cristalizar; un aguanieve que anticipaba ventisca en cotas más altas. Apenas media docena de coches nos adelantaron durante el tramo que une Zamora con la localidad vallisoletana de Tordesillas. Era el día de Reyes y la carretera parecía dormitar en un estado calmo y asintomático. Había decido anticipar la vuelta de las vacaciones para evitar el tráfico que se preveía para el domingo día siete. Me hacía ilusión que mi hijo de dos años recogiese los regalos de casa de sus abuelos y tíos, y por esa razón no había emprendido el viaje a primera hora de la mañana, como suelo hacer los domingos. Aun así, había adelantado la hora de la comida, tanto mía como del niño, a la una de la tarde, con objeto de evitar las complicaciones que la predicción meteorológica preveía; una nevada en cotas de más de ochocientos metros a partir de las cuatro de la tarde. Según mis previsiones, debíamos llegar a Madrid sobre las cuatro y cuarto y dejar, por consiguiente, la nieve a nuestra espalda. No obstante, le advertí a mi madre, que viajaba con nosotros, que llevase algo de comida en el habitáculo y me preocupé de llenar el depósito antes de salir.

La lluvia se volvía más espesa conforme avanzábamos y poco después de pasar por la localidad abulense de Adanero, a cien kilómetros de Madrid, donde comienza la autopista de peaje, se convirtió en una nieve fina que parecía no cuajar. Sin embargo, una veintena de kilómetros más adelante, a la altura de Villacastín, el suelo se tornó blanco y el cielo viró hacia un gris marengo que no resultaba un buen augurio. Llegados a ese punto, los vehículos redujeron su marcha mientras los paneles informativos anunciaban nieve hasta el kilómetro cuarenta, es decir; hasta Collado Villalba. Continuamos avanzando a unos sesenta kilómetros por hora hasta que los carriles izquierdo y central desaparecieron bajo un manto blanco y todos los coches nos pusimos en fila por el carril derecho, el único que mantenía la rodera. Mientras tanto, el cielo descargaba una ventisca furiosa y demoledora. Estábamos a setenta y ocho kilómetros de Madrid y las condiciones eran ciertamente difíciles. En ese momento, los paneles  informaban de que la nieve permanecería hasta el kilómetro sesenta, y no hasta el cuarenta, como habían anunciado antes, dato que alternaba con un aviso en el que se instaba a los conductores a que dejaran libre el carril izquierdo para que pudieran pasar los quitanieves, lo cual resultaba ridículo, pues el carril izquierdo era el único intransitable y ningún vehículo circulaba por él.

Continuamos en tercera marcha, a unos cuarenta o cincuenta por hora, hasta el kilómetro sesenta y ocho, en la bajada de Villacastín a San Rafael, donde el suelo ya estaba impracticable. Allí había una retención provocada por la densidad de vehículos concentrados en un solo carril. Poco a poco, los conductores de todoterrenos y otros coches con tracción total, así como también algunos turismos, decidieron circular por el carril central, de tal manera que poco a poco fueron formando una rodera. La nieve estaba recién caída y por lo tanto muy tierna, lo que facilitaba el tránsito. Fue entonces cuando miré a mi hijo, que afortunadamente se había quedado dormido, y supe que tenía que tomar una decisión. Así pues, giré el volante y seguí la huella de los todoterreno; una acción que nos ayudó a adelantar al sinfín de coches que avanzaban en primera y segunda por el lado derecho. Resultaba sencillo moverse sobre la fina capa de nieve blanda. Además, dicha acción ayudaba a aliviar el tráfico, que se había concentrado a la derecha. Minutos después conseguimos alcanzar el peaje de San Rafael. En esta localidad, las condiciones eran ya terroríficas, y por primera vez sentí que el coche patinaba. Había tan solo dos puestos de paso abiertos, con las barreras levantadas, y los operarios de la autopista nos indicaban con el brazo que pasáramos sin pagar. Alcanzar el túnel de Guadarrama nos llevó otros diez o quince minutos. Allí dentro apenas había coches; conducir a cien por hora suponía una liberación; era como arrancar una astilla de la carne, como curar una infección. Al salir del túnel la nieve se había convertido en lluvia y el volumen de coches se había reducido de manera notable. Cinco minutos más tarde, llegamos a la localidad de Collado Villalba, el deseado kilómetro cuarenta que anunciaban los paneles. ¡Estábamos salvados! Por desgracia, muchos de los venían detrás de nosotros, quedaron atrapados sin salida y tuvieron que pasar la noche en medio de la nada; sin información, sin ayuda, sin combustible y sin alimentos. Con la misma sensación de miedo, angustia y pánico que tuve yo al darme cuenta de que lo que ocurría.

Esta es la crónica objetiva de los sucesos según los percibí desde mi asiento. Pasemos ahora a la opinión y a la crítica, contrastando las declaraciones de los responsables del Ministerio de Fomento y la Dirección General de Tráfico con las vivencias de alguien que estuvo allí, bajo la ventisca:

Lo primero que hay que denunciar es la falta de previsión de las autoridades, pues, como ha apuntado el director de la DGT, Gregorio Serrano, el temporal estaba previsto y “se conocía con antelación y perfectamente la nevada que iba a caer”. Veamos: si la nevada estaba prevista, ¿por qué no dejaron dos o tres máquinas quitanieves repartidas a lo largo de los veinte kilómetros más conflictivos? Máquinas que, por cierto, sí iban limpiando la calzada en dirección contraria. De este modo se habría formado igualmente un atasco monumental, pero, antes o después, los viajeros habría dormido en sus casas. A esto hay que añadir la carencia o escasez de sal en los tramos de Castilla y León, lo que provocó que la nieve cuajase enseguida.

Lo segundo que quiero destacar es la ausencia total de patrullas de la Guardia Civil en los tramos problemáticos; patrullas que sin embargo sí estaban con coches camuflados con radar unos kilómetros antes, en la localidad vinícola de  Rueda, a fin de recaudar. ¿No hubiera sido más eficiente, y más ético, dedicar esos recursos para salvar a los pasajeros atrapados, en vez de multarlos?

Lo tercero es la falta de información y de servicios de emergencias. Quienes estuvimos allí sabíamos que si no éramos capaces de pasar el tramo entre los kilómetros ochenta y sesenta, de allí no nos iba a sacar nadie. Era como estar perdido en una arista del Everest a ocho mil metros de altura. El 112 no daba soluciones, las radios no informaban y las redes sólo servían como buzón de quejas.

Dicho esto, podemos analizar la bajeza moral y ruindad de los responsables de la DGT al afirmar que “la culpa era de quienes no tomaron las precauciones necesarias”, basándose en que “los vehículos no llevaban cadenas”. Aunque mucho peor aún es el comunicado de Autopistas, filial de Abertis y propietaria de Iberpistas, empresa concesionaria de la autopista, puesto que además falsea la realidad al afirmar que “los vehículos que accedieron a la autopista no contaban con el equipamiento necesario, lo que provocó que varios se detuvieran en la calzada e imposibilitaran el trabajo de las máquinas quitanieves y bloquearan la vía”. Esto último es una falacia tan grande como la catedral de Sevilla. Es posible que eso sucediera después, pasadas las seis de la tarde, pero cuando comenzó la nevada, cuando yo pasaba por allí, cuando aún existía la posibilidad de solucionar el problema, tan solo había cuatro vehículos orillados en la calzada: un Peugeot, cuyo conductor estaba poniendo las cadenas, un Ford, que parecía haber trompeado, y dos BMW. Cabe apuntar aquí que los coches de esta casa montan tracción trasera y, debido a ello, su manejo se hace muy difícil en condiciones de hielo y nieve, pues la fuerza proviene de la parte trasera y tienden al sobreviraje.

El director de la DGT ha tenido una actitud lamentable durante este caos, EFE.

Pero volvamos al controvertido asunto de las cadenas: si los tres mil vehículos atrapados hubieran llevado cadenas se habría formado igualmente un atasco de varias horas, un tapón que podría haber durado la noche entera. Pero además, en ese caso, ¿habrían abierto todas las barreras del peaje para evitar el embotellamiento cuando la capa de nieve en algunas zonas previas al control era ya de varios centímetros y era imposible atravesarlas incluso con cadenas? Además, en previsión de la nevada y de que se estimaba un buen número de coches retornando de las vacaciones, ¿no debería haber un refuerzo especial de la Guardia Civil? Y si, como dicen algunos, la naturaleza es más fuerte que las precauciones ¿no podían haber movilizado al ejército antes de que cayera la noche, cuando ya estaba formado el atasco, en vez de por la mañana? Se daba la circunstancia también de que era mejor intentar avanzar que pararte a poner cadenas, pues en ese caso, con esa pérdida de tiempo, nadie te garantizaba que pudieras salir del embrollo. Pero es que además nadie en su sano juicio espera que una autopista que cobra 12,25€ por tramo no disponga de quitanieves situados estratégicamente cada equis kilómetros para limpiar al menos uno de los carriles. Por lo tanto, señores del Ministerio y la DGT, la única solución al problema era un número suficiente de máquinas quitanieves trabajando en equipo y a destajo.

Nos encontramos pues ante un claro ejemplo de incompetencia, una actuación más propia de un país del tercer mundo, un festival de lo grotesco y lo inhumano y, sobre todo, y lo que es peor, una burla insultante hacia todos aquellos que pagamos nuestros impuestos para vivir en lo que se supone una socialdemocracia, pues además de poner vidas en peligro, le echan la culpa a las víctimas. Es como si se viene abajo un viaducto por un error de cálculo y los ingenieros alegan que la culpa es de los dueños de los vehículos que circulan por él por no haberse quedado en casa.

Yo pude salir de allí y poner a mi familia a salvo para dormir en casa, pero me quedó como secuela una especie de síndrome del superviviente que me impidió conciliar el sueño; estuve pegado a las redes sociales más de media noche, compadeciendo a aquellos que venían detrás de mí, sintiendo su angustia y claustrofobia, sus nervios, pensando en todos esos niños y bebés, algunos sin alimento, en las personas mayores, en los conductores con la espalda dolorida tras tantas horas sentados. Una empatía que ni de lejos conocen el director de la DGT y el ministro De la Serna, quienes se encontraban sentaditos en sus casas o despachos pensando en cómo pasarían al día siguiente la pelota de un tejado a otro, en cómo eludirían responsabilidades, en cómo le echarían la culpa al empedrado. Vamos, lo que suele ser preceptivo en un país devorado por la corrupción y la sinvergonzonería.

 

Las fotografías son de EFE. 
The following two tabs change content below.

Mario Crespo

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Sin título y Death y es autor de las novelas LS6 (2010), distinguida en el Festival du Premier Roman de Chambéry y traducida al inglés, Cuento kilómetros (2011), Biblioteca Nacional (2012) y La 4ª(2014). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (2011). Es colaborador habitual de prensa y su obra poética y narrativa aparece antologada en varios libros. Actualmente reside en Madrid.
Tags: , , , , , , , , ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies