16 de noviembre del 2017
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Robe Iniesta visitaba Sevilla tras suspender un concierto en las fiestas del Pilar, Zaragoza, debido a una “faringolaringitis aguda”. No era la mejor carta de presentación para su gira Nadie se baña dos veces en el mismo río, que sin embargo, venía precedida de una acogida aceptable de su último disco, Destrozares. Con su segundo trabajo en solitario, Robe culmina una brillante evolución hasta terrenos más introspectivos, preciosistas e intensos que ya comenzó en Extremoduro con La Ley Innata y Material Defectuoso. El músico extremeño ha evolucionado con naturalidad, dignidad y coherencia hacia la poesía sinfónica. 30 años de carrera en los que ha publicado discos cuando lo merecían, cuando estaban redondos, sin plegarse a las exigencias del mercado o del productor de turno, periodo en el que ha salido a girar cuando el cuerpo se lo ha pedido. Ni más ni menos.

Y a pesar del estado dubitativo de su voz —sobre todo en el inicio—, allí estaba él, en el monasterio de la Cartuja, arropado de un público fiel y una banda virtuosa, hippie, sólida, incuestionable: David Lerman (bajo, saxo, clarinete, voces), Alber Fuentes (batería y voces), Carlos Pérez (violín y voces), Álvaro Rodríguez (piano, teclados y acordeón) y Lorenzo González (voz y bajo), todos paisanos suyos, todos artesanos de la música, compenetrados para hacer sonar las canciones de Robe en solitario con envidiable vigor. Un aplauso, por cierto, a los ingenieros de sonido.

Así Robe fue creciendo, modulando su voz hasta alcanzar su cenit interpretativo. Sonaron potentes y conmovedoras Donde se rompen las olas, Hoy al mundo renuncio, Guerrero o la épica La canción más triste. Hubo guiños (dos) a Extremoduro, uno con la intro de Extremaydura previa a De manera urgente, y dos, esa estupenda versión de Si te vas. Y es que Robe y Extremoduro son indisociables. Siempre estarán ligados. Es un proyecto tan íntimo que la persona y el proyecto se fusionan. Lo sabía muy bien su público, incondicionales que hemos crecido escuchando sus arrebatadoras composiciones desde finales de los ochenta. Gente que ha evolucionado y recorrido el camino con él, gente que lo conocemos, lo admiramos y respetamos.

La mejor noticia fue verlo en buena forma física, casi siempre de pie, ensimismado, concentrado en un show milimétricamente medido —sigue casi al pie de la letra el tracklist que dibujó en mayo— y sin apenas fisuras que convenció a Sevilla dejando un poso de nostalgia y desahogo en los presentes.

No hay muchas bandas en el panorama nacional que nos ofrezca lo que Robe y los suyos hoy hacen.

Es curioso, pero recuerdo que nadie daba un duro por Robe. Nadie hubiera dicho hace dos décadas que fuese a llegar a sus 55 años lleno de energía, con las ideas tan claras y con un discurso tan inconformista. ¿De qué sirve un filósofo que no hiere los sentimientos de nadie?, preguntaba a su audiencia. Robe sigue haciendo preguntas incómodas a la gente y a sí mismo. A su manera sigue revolviéndonos las tripas. A pesar del tiempo, Robe Iniesta permanece como banda sonora de nuestras vidas. Es una estrellita pequeñita pero firme.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.

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