27 de mayo del 2017
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Estoy sentado en mi amplia mesa, viaje tras viaje al buffet del restaurante de Ho Chi Min, la antigua Saigon, donde me encuentro. Ahora una delicia, después otra delicia más delicia, y así sigo hasta probar cada una de ellas. Breves toques en el paladar que anuncian las  profundidades de la cultura gastronómica de este país.

A mi alrededor, una celebración Vietnamita. Se intuyen abuelos, tíos bien avenidos y alguno distante. También está el primo afeminado que congenia con el adolescente confuso. Pero sobre todo hay niños, muchos niños que corren por el inmenso salón jugando entre y debajo de las mesas. En una esquina, un grupo de futuras mujeres charlan entre risas de sus cosas adolescentes.

Y los niños reciben regalos al son de un tranquilo guitarrista y un esforzado pianista. Ellos, los músicos, se recrean en una suerte de melodías que nunca terminan. Son circulares, así que como no están pensadas para terminar, cuando lo hacen es de manera abrupta e inesperada.

niños demo 03

Ahora sólo una niña recibe regalos. Es la homenajeada y tiene un pastel que sopla sin convicción pero con entusiasmo inducido. Pero los demás juegan y ríen  y se acercan. Será la barba, pienso. Pero no, es el pendiente de mi oreja lo primero que les fascina. Después si, los pelos del brazo y los de la cara. Ellos apenas los tienen en su piel y les sorprende el nuestro sobremanera. Risas. Y la novedad de que un señor tan raro se dirija a ellos. Se ríen con las fotos. Se ríen de que les fotografías. Pero más se ríen cuando se ven en la pequeña pantalla de la cámara. Se ríen de si mismos con una naturalidad de clown. Del que nace con la capacidad de reírse de si mismo. ¡Cuanto camino recorrido!

Los músicos deciden arrancarse por clásicos franceses de los setenta. En Vietnam, en muchos locales de ocio, se mezcla el  decadente aire colonial  francés con renovados conceptos vietnamitas. Paisajes parisinos impresionistas en las paredes fusionados con calabazas secas colgadas de los techos entre lámparas de influencia china.

Las incipientes jovencitas pasan presumidas a mi lado, haciéndose las encontradizas con miradas de miel. Yo, ausente, me hago el despistado, pero de reojo las descubro detrás de la columna rifándose la aventura de acercarse.

La Réplica - Vietnam Crónica 2

La más osada se acerca tímidamente y se ríe de mi caligrafía mientras escribo en mi cuaderno. Esto es el tícket de entrada. Después, todas las excitadas y excitantes próximas adolescentes me rodean. “Si, me encanta Vietnam”. “No, no estoy casado”. “Tengo dos hermanas y un hermano”. “Estaré unas tres semanas más  hasta llegar a Hanoi”.

Ya me he acostumbrado a contestar estas preguntas casi de carrerilla. Es lo que les interesa saber sobre mí.  Se quedan un poco preocupadas de que no esté casado, “no es bueno estar sólo”, parecen decir con el ceño un poco fruncido. Después, tras permanecer un rato sonriendo en silencio a mi lado, se van. Siguen en sus corrillos comentando la jugada en su saltarina lengua polifónica. Los padres me sonríen, me saludan, me dan la mano, me agradecen simplemente la presencia. Se despiden.

Miro las fotos en la pantalla y viendo las sonrisas de los niños me doy cuenta de que aquí el trato hacia ellos es mucho más relajado que en Occidente. Cosas que serían impensables en Europa,  y no digamos en USA, como el simple contacto físico con ellos sin que exista ninguna sospecha de malicia, algo tan básico como el cariño a través del roce, es perfectamente normal e incluso obligado. Evitarlo puede ser casi hasta de mala educación.

La Réplica Vietnam Tres

Aquí se les deja crecer en el tropiezo, en la caída, en el aprendizaje por ellos mismos. No hay esa superprotección que tenemos nosotros.

En el medio rural, los pequeñajos van a la espalda de la madre permanentemente mientras ellas hacen sus faenas como si fueran crías de canguro y cuando es el momento los sueltan para que corran y salten. En la playa, juegan desnudos en el agua sin que veas ninguna madre preocupada por los peligros del mar. En la ciudad corretean en las calles atestadas de gente y tráfico intenso, empezando a aprender a buscarse la vida en las múltiples actividades de las bulliciosas urbes. Mercados, tiendas, puestos de comida. Cualquier cosa menos engañar y trampear.

Así es Vietnam. Un país budista en el que la gente se levanta antes del amanecer para hacer Tai Chi y donde a pesar del bullicio siempre hay tranquilidad. Y los niños son el futuro de todo ello.

Y el camarero, que andaba cerca, pero no sabía como acercarse, aparece para ver alguna de las fotos en la pantalla de mi cámara digital. Le sobran las ganas de comunicarse. No llegaremos más  allá de los gestos, pero no importa, a veces no se necesitan palabras para decir ciertas cosas. Quizás a veces decimos demasiadas palabras.

Fuera, me espera el deseado viaje en motocicleta. La marea de vehículos que jamás colisionan. El lenguaje de las bocinas y de las miradas. De los “casi” que siempre se quedan en “casi”. En realidad van lento. Y yendo lento, como caminando, tampoco nosotros nos chocamos nunca. ¿Quien dijo miedo?

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Pei para lo amigos. De Bilbao, inquieto, curioso, emprendedor, cocinero, cautivado por la belleza. Es periodista, publicista, fotógrafo y viajero. Tiene 2 proyectos. Uno fotográfico sobre el nacimiento de seres humanos y las mujeres que como diosas, nos traen a este mundo (www.peibolpicaza.jimdo.com). Su otro proyecto trata de dar comida en mi hogar, de manera diferente, colaborativa y personalizada (www.facebook.com/cenasencanpei). Para pequeños grupos. Se come, se bebe, se habla sin prisas de la vida, de la cultura, del arte, de los viajes... Dirige un programa de radio sobre música y literatura en Contrabanda FM.
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