23 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



He visitado el corazón del mundo, el culo del mundo si se aplica la dogmática eurocéntrica, tan reduccionista. He visitado el oriente ecuatoriano, las orillas del río Napo, comunidades kichwas. He paseado por los asfixiantes senderos de la selva primaria, he descubierto una parte de mi yo inserta en la vida aislada de los nativos de la zona.

En la playa de Puerto Misahuallí nos espera una canoa de quince plazas. Son las ocho de la mañana y nuestra guía turística, María, nos apremia. Hay muchas cosas que ver y el tiempo es escaso, apenas dos días. Conceptualmente, es un error medir el tiempo en la zona amazónica, pero la barbarie civilizatoria occidental, que oprime nuestras vidas en una sucesión de actos reglados por el reloj, nos ha esclavizado para siempre. Ricardo, nuestro timonel, nos espera con el motor en marcha. María nos invita a ponernos el salvavidas y la canoa parte surcando el río Napo, un afluente del Amazonas que, si nos guiáramos por los parámetros europeos, reputaríamos un río principal. A ambos lados la vegetación es frondosa. Navegamos durante una hora hacia nuestro alojamiento, al que solo puede accederse desde el río. Se compone de dos cabañas construidas con caña. Una de ellas está habilitada para turistas. Su propietaria, una mujer kichwa de unos cuarenta años, intenta, desde hace dos años, ganarse la vida con el turismo. Dejamos nuestro equipaje sobre la cama de nuestra habitación, protegida por una mosquitera en la que, necesariamente, nos envolveremos por la noche. Volvemos a la canoa y marchamos hacia una comunidad kichwa con el objetivo de ver cómo lavan el oro en la orilla del río. Me sorprende que, todavía hoy, las corrientes fluviales arrastren pequeñas cantidades de oro.

El trabajo es muy duro, las bateas son pesadas y el premio muy pequeño, un gramo de oro por varios días de trabajo, quizá algo más, no mucho. Una mujer que me parece muy anciana pero que, como me explicará después María, solo tiene 64 años, accede a mostrarnos su oficio. Inclina su espalda y llena la batea de arena y piedras. La introduce en el agua y empieza a moverla con habilidad, separando las piedras cuidadosamente, desechando la arena. Tras unos minutos de esfuerzo nos muestra una pequeña pepita. No creo que alcance a pesar una centésima de gramo. La atrae con un imán y la introduce en una bolsita de plástico. Comenta que en Tena, a unos 30 kilómetros, le pagan 33 dólares por gramo. Le pregunto a la guía por qué, al llegar, los niños que se bañaban en la orilla del río han salido apresuradamente de él y se han situado detrás de la anciana, expectantes. “Hace unos años unos colombianos se instalaron en la orilla del Napo para lavar oro”, me contesta. “Por otro lado, no deja de llamarles la atención que haya gente que se interese por algo tan habitual para ellos”. Supongo que inconscientemente temen, con razón, que personas del exterior alteren su forma de vida, sus costumbres. Para los parámetros occidentales, estos niños viven en una situación de extrema pobreza. Apenas tienen mudas con que cambiarse, no tienen juguetes y su dieta no es del todo equilibrada, si bien van a la escuela y pueden acceder a la sanidad. Entramos en la comunidad. Deseo fotografiarme con ellos, ignoro si por dar testimonio de mi estancia en el corazón del mundo o por algún residuo etnocéntrico que todavía lastra mi cognición. Quizá los niños me vean como el típico gilipollas que viene a pasear su superioridad cultural, aun cuando creo que a ellos lo de la pretendida superioridad cultural les trae bastante al pairo, solo quieren que les dejen en paz. María nos indica que es hora de marchar a nuestro alojamiento a comer. Los niños parecen agradecer que nos vayamos.

Las comidas del Ecuador, no solo en el oriente amazónico, suelen estar compuestas de un solo plato. Arroz, pollo, patacones y choclo conviven en el mismo plato. No es equilibrada la dieta del país, aun cuando soy consciente de que en España disfrutamos de la mejor dieta del mundo y la comparativa no es del todo justa. Nos sirven arroz con frijoles, patacones y carne. Suficiente para afrontar la tarde.

Tras una pequeña caminata de media hora María saluda a José, un joven de unos treinta años. “¿Queréis ver caimanes?”, nos pregunta riendo. “¿Son peligrosos?”, interroga una compañera de viaje algo inquieta. José no responde y nos invita a seguirle. En lo que parece ser un pequeño lago nadan varios caimanes de la misma familia. Son pequeños, calculo que no más de un metro y medio de largo. José se sienta en la orilla y les muestra un trozo de carne colgado de una caña que sostiene. Parecen bien alimentados porque solo se acerca uno de ellos. Impulsa su cuerpo y alcanza la carne. Vuelve a sumergirse. “¿Si nos lanzáramos al lago nos morderían?”, pregunto. “No, se asustarían, probablemente huirían”. Entiendo, y así me lo confirma un herpetólogo que viaja con nosotros, que los reptiles suelen ser víctimas de muchos prejuicios.

Ahora nos lanzamos sobre un neumático a través de la corriente del río Napo. Lo llaman “tubing”. Ya me parecía extraño que los gerundios del Imperio no calificaran alguna de las actividades que realizamos. Noto la fuerza del río, bajamos con rapidez, me siento libre. Deseo desprenderme del neumático y nadar a favor de la corriente. María no me lo permite. Es peligroso. Hay zonas poco profundas en las que resulta fácil golpearse con las rocas. Así que me dejo llevar por el río mientras disfruto del paisaje. He vivido un día histórico.

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.

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