24 de noviembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El volcán Cotopaxi sigue expulsando cenizas. Algunas casas de “La Colina”, las que se encuentran más cercanas al río Pita, se han puesto a la venta. “Los pelucones(los ricos) son bien nerviosos, hijito”, me comenta mi suegra. Tengo la impresión de que el volcán acabará expulsando lava y que los lahares provocarán daños importantes. El gobierno está preparado para esta contingencia y los planes de prevención parecen estar muy desarrollados. Los simulacros en la zona son constantes. Hace treinta años la Tragedia de Armero, consecuencia de la erupción del volcán Nevado del Ruiz, se llevó por delante la vida de más de 20000 personas, pero la catástrofe humanitaria se habría evitado si el gobierno colombiano de entonces hubiera sido mínimamente diligente. Por decirlo con palabras gruesas, es probable que, si en lugar de poblados de gente humilde, el Nevado del Ruiz hubiera estado rodeado de campos de golf y chalés residenciales, las precauciones habrían sido otras.

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Espacio infantil entre la burocracia ecuatoriana.



No obstante la erupción, la vida en Quito se desarrolla con normalidad. El ecuatoriano medio es lo suficientemente sabio como para no preocuparse demasiado por aquellas cuestiones que no dependen de él. En este contexto, no deja de sorprenderme el día a día en la capital. Contrariamente a lo que se suele pensar y transmitir desde la Europa “civilizada”, el ecuatoriano es un tipo bastante ordenado y disciplinado. En el Registro Civil Central los empleados públicos visten uniforme y están debidamente identificados, las instalaciones son muy modernas y los paneles electrónicos informan con exactitud los turnos. También en dicho registro constato la presencia del típico funcionario estúpido y maleducado que todavía no se ha percatado de que su función es servir a los ciudadanos, no mostrarse por encima de ellos, como situado en una atalaya desde la que avizorar el movimiento de sus siervos. El “vuelva usted mañana”, en forma de “vuelva a coger turno”, también existe en el Ecuador. En una de las plantas del enorme edificio, la más concurrida, se ha habilitado una zona de juegos para que los niños se entretengan mientras sus progenitores realizan sus trámites administrativos. Una monitora los vigila, aun cuando no parece que se dediquen a formar bandas infantiles de latinos, ni a golpearse con cualquier pretexto. ¡Ay; cuan necesaria es la deconstrucción de identidades para su posterior construcción! ¿Qué proceso tiene lugar para que un ecuatoriano medio, trabajando más horas que un alemán comparable, cargue con la fama de vago mientras que el segundo se posiciona como ejemplo de laboriosidad? ¡Mucho me temo que sea el tenedor del capital el constructor de identidades! O como dice un famoso proverbio africano: “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador”; siendo, por consiguiente, un objetivo prioritario, dar un vuelco en la historia, no solo para que puedan contarla los vencidos sino para que dichos vencidos se empoderen como historiadores.

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Condis, dicen las malas lenguas, es un extremo izquierdo.

He salido a correr por “La Colina”; en España suelo hacerlo con habitualidad. Todo utopista debe correr para digerir, mientras trota, las dosis de inequidad que jalonaron su día y, así, moderar la violencia de sus ideas más extremas. Pero a 3000 metros de altura cuesta respirar y el trote se hace más penoso. El corazón se desboca y en la ausencia de oxígeno siento que mi cuerpo se siente foráneo en el Ecuador. Necesitaría más de un mes para adaptarme a semejante altura, de ahí que sienta un fuerte dolor muscular en el cuádriceps cuando retorno a la casa. Uno de mis nuevos sobrinos me ve llegar y me invita a verle jugar en el San Luis, un complejo comercial en cuyos aledaños se han habilitado diversos campos de fútbol. A la mañana siguiente, un sábado, nos dirigimos hacia allí en la furgoneta. Nos han hecho pensar, los cazadores, que los encuentros balompédicos entre chavales sudamericanos constituyen una apología de la violencia y del desorden, cuando no del delito (creo sinceramente que las fuentes hegemónicas de información, empezando por la televisión, deben ser rechazadas con rotundidad, será el único camino para poder empezar a descubrir la verdad). Sin embargo, los chavales juegan con deportividad. Apenas hay faltas, solo alguna plancha y poco más. Uno de los padres increpa a la árbitro, una joven de raza negra. En su propia hinchada las mujeres le llaman machista. Se calla. El sol se sitúa en el cenit. El público se protege con sombrillas. En el Ecuador la capa de ozono presenta una densidad muy baja y el astro rey quema. Acaba el encuentro y los muchachos se saludan con deportividad.

“Mi marido se fue a España hace quince años”. Fui a Quito para hacer unos trámites y retorno a La Colina en un autocar Vingala, compañía de transporte público. Le he preguntado a la mujer dónde he de bajar y ella ha notado mi acento. “Se ha olvidado de que tiene hijos”, me comenta. En el Ecuador existe una cierta fractura ética entre aquellos que migraron y los que se quedaron. “Solo piensan en ellos”, “se han vuelto egoístas”. Noto el daño que el capitalismo ejerce sobre las relaciones familiares, sobre la cohesión social. La mentalidad ecuatoriana no está pensada para el desarrollo de una sociedad individualista basada en el interés propio y la codicia, esa codicia que acaba conduciendo a la soledad, una soledad que, en el mejor de los casos, estará acompañada de una generosa cuenta corriente con la que pagar “amor” y psiquiatras. En la casa de tres pisos vivimos 14 personas. El constante intercambio emocional impide que la “psique” se abandone a la neurosis. Los sobrinos, primos, nietos, tíos y abuelos dificultan el desarrollo del narcisismo facilitando una visión colectivista del mundo. “Un placer, nos haríamos amigos, sin duda, pero he de bajarme”, me comenta un señor que entabló conversación conmigo en el Vingala. “Visite la ciudad de Cuenca (Ecuador) si tiene ocasión”.

Llego a la casa sobre las siete de la tarde. Tengo intención de ponerme a escribir sobre lo que estoy viviendo, pero uno de mis sobrinos, que tiene dos años, me pide que le ponga dibujos animados en el ordenador. Una de mis cuñadas me pregunta cómo fue, también mi esposa me espera. Uno de mis concuñados acaba de llegar del trabajo. Escribiré la crónica más tarde, cuando duerman a pierna suelta, ajenos a las benzodiacepinas.

 

Crónicas anteriores.

Desde la Colina.

 

 

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.

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