23 de noviembre del 2017
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Una voz de mujer anuncia nuestro vuelo. El embarque se efectuará por la puerta E27. Arrastramos las maletas de mano. Después de once horas de vuelo la fatiga resulta evidente. Nos dividimos en cuatro grupos: A, B, C y D, según figura en nuestro billete. Las azafatas nos ayudan a acomodar el equipaje. El comandante nos da la bienvenida y anuncia que el vuelo despegará puntual. La escena no tiene lugar en Frankfurt, estamos a miles de quilómetros de París, muy lejos de la “civilizada” Europa. Despegamos desde Bogotá rumbo a Quito, y aun cuando la cognición del occidental medio, manipulada por los medios de comunicación, no dudaría a la hora de imaginar escenas de narcotraficantes, militares, disparos y niños secuestrados, lo cierto es que en el aeropuerto de Bogotá se respira tranquilidad.

Aterrizamos en Quito pasada la media noche. Nos esperan los familiares de mi pareja. Han venido sin guardaespaldas, tampoco llevan pistola, no han alcanzado el cinturón negro en ningún arte marcial ni tampoco su rostro refleja miedo. Cargamos las maletas en dos furgonetas “Chevrolet” y nos dirigimos hacia “La Colina”. La autopista es nueva, pero a ningún medio de comunicación europeo “tradicional” le interesa contar estas cosas. La criminalización de Sudamérica, el continente más revolucionario del planeta, forma parte de las relaciones entre explotadores y explotados, justificando un distinto trato al inmigrante en los países de destino. Se induce así a la clase trabajadora local a desarrollar un instinto de clase “superior”, a votar a la derecha, que no dudará a la hora de criminalizar al inmigrante como ser incivilizado y digno de menor protección.

Fotografía de David Condis desde La Colina, Ecuador.

Fotografía de David Condis desde La Colina, Ecuador.

“La Colina” forma parte del Valle de los Chillos, una de las zonas más ricas del Ecuador. En la parte alta, donde nos alojamos, viven los desclasados. En la baja, familias de la clase media-alta ecuatoriana. Sin embargo, en los últimos tiempos, los flujos económicos fruto de la emigración y las políticas de Alianza País, el partido liderado por Rafael Correa, han limado un tanto las diferencias, aspecto este que no parece gustar a la derecha ecuatoriana, acostumbrada a saquear y corromper las instituciones en su propio beneficio. Su líder, un banquero corrupto miembro del “Opus Dei”, Guillermo Lasso, quien ocupó la cartera de economía en distintos períodos (ya se puede imaginar con qué resultado), parece estar detrás de las movilizaciones de los indígenas, programadas para el día 14 de agosto, movilizaciones  que resultaron un completo fiasco, aun cuando los medios de comunicación europeos quieran reflejar “otra cosa”. Es lo que tiene ser un simple vocero del capital, que no puedes contar una sola verdad; y es que el crecimiento experimentado por el país en los últimos diez años ha sido espectacular. Con Rafael Correa, los ciudadanos han recuperado la dignidad y parte del dinero robado por sus antiguos dirigentes. La redistribución de la riqueza es un hecho, como lo es el notable avance en la sanidad pública y en la educación. “Piensan que solo ellos (los ricos) tienen derecho a vivir”, afirma una sobrina de mi pareja. “Ellos saben que el dinero lo han hecho explotando y robando”, apuntala. “No quieren pagar un solo dólar, no sabes cómo se ponen los ricos de aquí cuando les quitan un dólar”, me comenta un taxista.

No obstante el avance experimentado, Ecuador sigue siendo una sociedad muy desigual. Desde donde me alojo, en un radio de no más de trescientos metros, puedo contemplar varios chalets lujosos y un par de casas de familias muy humildes. Algunos chalets han sido desalojados voluntariamente por sus habitantes debido a la amenaza del volcán Cotopaxi, una amenaza que, en tiempos de “Laudato Si”, la encíclica ecológica del Papa Francisco, parece conformar una conciencia ética geológica que advierte a la humanidad de la inoportunidad de seguir apoyando un sistema económico lleno de inequidad y vileza. El volcán expulsa ceniza. Quizá, en última instancia, no sean más que las cenizas de la democracia europea regurgitadas por el Cotopaxi. Ya se sabe que los países ricos acostumbran a lanzar su mierda sobre los pobres, aun cuando a día de hoy, ni Europa es tan rica ni Ecuador es tan pobre.

“Correa es soberbio y prepotente”, me comenta una amiga de mi esposa (me casé unos días después de llegar al país). Le contesto que solo con una cierta soberbia pueden contrarrestarse los constantes ataques que recibe de la oligarquía ecuatoriana, tan sobrada de dinero como falta de razón. Bajo el principio político conservador que afirma “ser democracia cuando gobierna la derecha y dictadura cuando lo hace la izquierda”, los medios de comunicación privados, todos prácticamente, no dudan a la hora de acusar a Correa de totalitario al tiempo que lamentan la falta de libertad de expresión. Acostumbrados a hacer lo que les da la gana con el país, sienten la enorme frustración que supone saberse perdedor en un contexto histórico distinto que ya no les favorece. Las bravuconadas son constantes, como alaridos roncos de quien sabe que  Ecuador ya no volverá a ser la tierra feudal que fue, aquella tierra sobre la que el inefable Juan León Mera escribió su novela “Cumandá”, allá por 1879, una novela que rebosa racismo, clasismo y dominación religiosa.

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Escritor y letrado de la Seguridad Social. Leo, reflexiono. Me disgusta el clasismo, muestra de superficialidad e ignorancia. Mi referente es la honestidad, mi fin el comportamiento ético. La Administración española es estructuralmente corrupta. Replicar es más necesario que nunca.

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