22 de noviembre del 2017
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Aún amanece en Hanoi. Sus habitantes aprovechan el frescor del alba para practicar Tai chi o jugar a Badmintong en las pistas pintadas en el suelo de las riberas del lago Hoan Kiem. Salgo en dirección a la bahía de Hallon, para lo que me esperan tres horas de carretera en las que se alternan polígonos industriales de la incipiente economía textil vietnamita con extensos arrozales y pequeñas colinas. Eso, si no hay algún accidente de tráfico, porque la conducción en Vietnam se convierte siempre en una aventura. Las reglas brillan por su ausencia y los adelantamientos a ritmo de incesantes bocinas se apuran al máximo con sus consecuentes riesgos.

Al llegar al puerto de Hallon, decenas de barcos de madera se amontonan en sus breves muelles. Me recuerdan a aquellos navíos que surcaban mis imaginarios mares de las novelas de piratas de mi adolescencia. Para llegar al navío en el que voy a navegar con un aleatorio grupo, tengo que saltar a través de las cubiertas de varios de ellos, haciendo equilibrios entre sus oscilantes movimientos. Al final, resulta ser un coqueto barco con un comedor precioso de cuidadas mesas y manteles blancos, además de unos limpios y cómodos camarotes.

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Una vez instalado en la proa, percibo en el horizonte el perfil de las rocas calizas de la bahía, como lejanos icebergs de verde tierra. Se respira la previa tensión de llegar a un sitio impresionante, majestuoso. Similar a cuando llegas a las cataratas Victoria, en el africano río Zambeze, donde se percibe el rumor de la caída del agua desde muy lejos o los murmullos de rezos de los peregrinos en los gats de Benarés, en India, al amanecer.

Poco a poco el barco se va acercando a las casi 3.000 islas que apaciguan el oleaje del mar del golfo de Tonkin, convirtiendo el paraje en un plácido plato de agua esmeralda que parece haber inundado todo el planeta y donde sólo se han salvado las cumbres más altas de una gran cordillera. Aunque lo que en realidad sucedió fue que hace muchos años de leyenda, un dragón que vivía en las montañas sobrevoló la zona y se sumergió en el mar. El agua enfrió los calores del mítico animal y los restos de su ondulante cola son los picos entre los que sigue navegando nuestro barco.

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Cuando estás inmerso entre estos peñascos el silencio es obligado en el barco. Es demasiado impresionante incluso para comentarlo. Sólo se necesita la calma para apreciarlo. El rumor del motor y el eco de las ordenes del capitán a los marineros son los únicos sonidos que se escuchan. A babor y estribor dejamos atrás frágiles y diminutas lanchas de pescadores que en cuclillas sueltan sus artes para capturar pequeños frutos de mar que nos ofrecen desde lejos. Y las rocas, poderosas ellas, no terminan de pasar.

Hacemos una parada para conocer las entrañas de una de estas moles grises cubiertas de verde vegetación. La cueva de Hang Dau Go o “la cueva de las estacas de madera”. Tras 90 escalones de subida, una puerta conduce a tres inmensas bóvedas naturales donde las estalagmitas y estalagtitas se funden con cuidadas y coloridas iluminaciones. Caprichosas formas en las que se aprecia una cadencia mineral y milenaria en su creación.

El nombre de la cueva proviene de su tercera estancia, donde en el siglo XIII el general y héroe local, Tran Hung Dao, guardaba las provisiones de bambú con las que fabricaba las armas para combatir la invasión mongola a cargo de la armada de Kublai Khan.
Seguimos navegando hasta un placido paraje en el que los más osados nos bañamos en sus verdes aguas desafiando al dragón que aún sigue presente en las profundidades. Los lugareños, precavidos, prefieren observar desde la cubierta del barco.
Otros integrantes del grupo navegan en kayak buscando mínimas playas y recovecos imposibles entre las rocas que todo lo invaden.

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Llega el atardecer y el barco fondea en un semicírculo natural donde el sol va escondiéndose placidamente entre los picos de las islas. Sólo se oye el petardeo de los motores de las pequeñas lanchas de pescadores que vuelven a sus hogares flotantes y a las aves buscando su alimento vespertino, las nubes de mosquitos del atardecer. Al fondo, la dorada luz tiñe de naranja los verdes y grises consiguiendo fusiones de colores de ensueño.

En el barco, una cena con sabor a novela de Agatha Christie. Un poco de etiqueta para compartir las emociones del día. Comida vietnamita y vino francés para definir los perfiles que cada uno ha dibujado en su memoria de esta selva de montañas. Para conocer porque cada uno de los viajeros ha decidido llegar a este paraje.

En la oscuridad, las rocas se convierten en sombras que delatan de nuevo la presencia del dragón. Los pescadores le temen. Vive sumergido en las ahora negras aguas presto a devorar a cualquier criatura que ose no creer en su presencia. Yo callo y miro los reflejos de la luna en sus curvas y no oso dejar de creer. Esta vez cuando todo está oscuro, no.

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A nuestro barco se van añadiendo otros similares hasta conseguir un ambiente festivo en el que la energía que todos hemos compartido durante el día surge de una manera espontánea en forma de alegría. Se intuyen romances y se recuerdan romances contados y aquí vividos. No es de extrañar. La magia del lugar se mastica y se paladea.

Al amanecer, emprendemos el viaje a tierra firme. Vuelve el silencio entre los viajeros para contemplar esta vez la vista con la temprana luz mañanera. Lentamente el barco avanza aprovechando el frescor y pequeños botes se nos acoplan a babor con una increíble y ancestral habilidad. Son matrimonios de pescadores que en un perfecto equilibrio se acercan al barco y suben a cubierta para ofrecernos sus vivos productos. Elijo unos cangrejos que la gobernanta del barco me prepara al momento con sal, guindillas y lima. Son las 8 de la mañana y es quizás el mejor desayuno posible.

De vuelta en el puerto, hay que volver a atravesar las cubiertas para llegar al muelle. En una de ellas me vuelvo para mirar por última vez las lejanas rocas. Me parece ver moverse a una de ellas. ¿Será el dragón que se despide o solo una bruma de la mañana? Después de esta noche, incluso de día no oso dejar de creer.

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Pei para lo amigos. De Bilbao, inquieto, curioso, emprendedor, cocinero, cautivado por la belleza. Es periodista, publicista, fotógrafo y viajero. Tiene 2 proyectos. Uno fotográfico sobre el nacimiento de seres humanos y las mujeres que como diosas, nos traen a este mundo (www.peibolpicaza.jimdo.com). Su otro proyecto trata de dar comida en mi hogar, de manera diferente, colaborativa y personalizada (www.facebook.com/cenasencanpei). Para pequeños grupos. Se come, se bebe, se habla sin prisas de la vida, de la cultura, del arte, de los viajes... Dirige un programa de radio sobre música y literatura en Contrabanda FM.
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