27 de julio del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En los primeros años de la década de los setenta, di clases en un Colegio de la Provincia de Málaga, y un domingo se me ocurrió ir a ver un partido de fútbol, no recuerdo en que división de entonces  militaba el equipo. Allí me encontré con muchos alumnos que acompañaban a  sus padres a ver el encuentro. Al poco de saltar el equipo visitante al campo y después el árbitro, aquellos padres que conocía por las reuniones y las visitas escolares, no parecían normales. Su comportamiento, delante de sus propios hijos, era de auténticos energúmenos. Echaban por sus bocas lo más desagradable y ofensivo que yo recordara; y lo malo era que sus hijos acababan imitando a sus progenitores con un vocabulario de lo más soez y bajuno. Se liaban en un concurso para ver si quien soltaba la barbaridad más grande. Creo recordar que no llegué a concluir ni el primer tiempo del partido, el bochorno me ahogaba y, por supuesto, nunca volví a pisar el campo de fútbol. No creí que mi función como educador de aquellos niños, justificara mi presencia en un espectáculo tan poco edificante e incoherente con los valores que intentábamos transmitir en el colegio.

He recordado esta anécdota de mis inicios como educador en un colegio, cuando he visto el lamentable espectáculo (uno más) que han ofrecido unos padres en el transcurso de un partido de fútbol de base. Resulta vergonzoso que unos niños contemplen a sus padres liarse a puñetazo limpio para dirimir no sé qué situación que, por lo visto,  les va en ello la vida deportiva de sus respectivos vástagos. No parece que sea este un hecho aislado ni ocasional, sino que en los partidos de niños y adolescentes en los campos de fútbol, sin llegar a las manos, muchas veces acaban los encuentros como el rosario de la Aurora. Y el deporte, que debe ser un instrumento donde los chavales gocen y disfruten con su ejercicio físico y la agilidad mental, acaben sufriendo con la presión de sus padres, que intentan por todos los medios sacar un talento futbolístico que, según sus palabras, lo saque de pobres. Hay padres que proyectan en los hijos, esperanzas propias, frustradas.

En el fondo, todo esto que vemos representado, un fin de semana sí y otro también, en muchos de los campos de fútbol donde se enfrentan equipos de base, a veces en edades muy tempranas, no es sino un reflejo de una sociedad enferma donde una de las manifestaciones que podrían ser más sanas y constructivas como es el deporte, acaba convirtiéndose en auténtico avispero, en el que se manifiesta los peores impulsos del ser humano. Lo peor es que, estos espectáculos grotescos y desagradables, los protagonizan los mismos padres que serían los más indicados para transmitir los valores que el deporte debe comunicar. Pero difícilmente se puede aspirar a esta labor educativa, mientras que en los campos de fútbol y en las retransmisiones televisivas, se vean espectáculos deplorables, donde lo importante es ganar a costa de lo que sea. Hoy, los equipos de fútbol cuentan con grupos de simpatizantes exaltados que parecen que van al campo a buscar gresca y hacen gala de gestos violentos que, en no pocas ocasiones, acaban en fatalidades. Lo malo es que estas llamadas “brigadas” enrolan a chavales jóvenes, a veces menores de edad, que por hacerse sitio en el ambiente y adquirir un rol social, por el simple sentido de pertenencia, se muestran como los más radicales.

El mundo del fútbol mueve tanto dinero al socaire de la televisión, las figuras de este deporte se ven tan endiosadas y ganando grandes cantidades de euros, que nuestros pequeños futbolistas se ven arrastrados a imitarlos de la peor manera, y aspiran a que este deporte los proyecte a ese limbo hecho de todo lo mejor de la vida. Quizás aún no entiendan la verdad de que son poquísimos los que llegan a ser figuras y muy contados a estrellas del balompié. Al no ser muy conscientes de esto los padres, enrolan a sus hijos que creen despuntar con algunas maneras en este deporte, a un estado de permanente presión, que en no pocos casos ha minado sus defensas psicológicas y destrozado su crecimiento normal, haciendo de ellos personas frustradas.

El deporte debe ser una escuela formativa que ayude a hacer personas alegres, solidarias y con carácter construido con esfuerzo y grandeza de miras. Y los adultos debemos ayudar a que esos valores se desarrollen en la personalidad de nuestros deportistas más jóvenes, y no introducir en ellos una competitividad malsana, un afán de ganar a costa de lo que sea y como sea, ahuyentando el compañerismo, el sentido de equipo y el sano afán de crecer con honestidad y responsabilidad.

En contraste con lo que vengo desarrollando, casi por casualidad ha caído en mis manos, una escena que protagoniza un padre y un hijo  de unos siete años  que van al fútbol. “Son  aficionados del Betis, están sentados en las gradas viendo el partido. El niño acaba de oír que llamaban al árbitro «maricona», a lo que el padre le contesta: «Están nerviosos, no hagas caso. Tú no lo hagas. Ya sabes que a mí no me gusta criticar a los árbitros y al equipo contrario. Tú con el tuyo. Si perdemos, perdemos. Y si ganamos, ganamos». En el vídeo también se pueden observar a varios aficionados gritando «puta Sevilla». El padre, en este caso, asegura: «Eso no me gusta. Que se metan con el Sevilla no me gusta». En otro momento, calmando a su hijo ante un posible penalti fallido del Betis: «Tranquilo, no pasa nada. Si lo mete, bien. Y, si no, pues mira». Al final del encuentro, su equipo pierde, pero el padre no duda en recordarle: «Hay que saber perder». A esta afirmación, el niño le contesta: «Ya, yo ya estoy acostumbrado».

 

Ante estas palabras tan significativas entre tanta violencia relacionada con el fútbol, no he querido dejar a hacer alusión a este tipo de comportamiento de padres que acuden a un estadio con una pedagogía digna de ser resaltada en contraste con ese otro tipo de comportamientos que no contribuye a crear personas tolerantes, educadas, comprensivas y no fanatizadas con los colores del propio equipo.

 

Las fotografías son capturas de pantalla de televisión, excepto la foto de portada, de Tomas Morales.

 

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.
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