18 de octubre del 2017
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Discutía, otra vez, con mi padre, acerca de lo que significa para nosotros la palabra cambio. El cambio político. Ese nosotros inabarcable al que aludo lo conforma la generación politizada tras el 15M. La que antes seguíamos con normalidad la actualidad política, pero decidimos formar parte de la realidad entonando un basta ya. No nos representan. Voy a permitirme el lujo de teorizar como parte integrante.

En muchos territorios del país –Jerez es un buen ejemplo– se discute sobre la conveniencia o no de establecer pactos con diferentes actores políticos en pos de cambiar la realidad de la gente. Si deben las fuerzas del cambio implicarse en gobiernos de coalición que establezcan acuerdos positivos para la ciudadanía.

En mi opinión, responde a un marco reduccionista de la situación. Los que hablábamos del cambio, hablábamos de apelar a la totalidad de un sistema injusto, hablábamos de un cambio en las relaciones institucionales, de una nueva realidad de partidos sujeta al empoderamiento de la ciudadanía, de una articulación de nuevos movimientos de presión, de crear elementos de control, de mecanismos de transparencia, de una nueva ética ciudadana. Nada fácil ni rápido de hacer.

En ese sentido, estaba más que asumida la posición de desventaja a nivel práctico. Aunque en ocasiones los procesos de cambio producen un efecto acordeón que acelera los tiempos en términos de democracia representativa -de ahí el asaltar los cielos o las campañas diseñadas para ganar-,  el cambio no partía de una oportunidad electoral histórica, sino de antes, de una reflexión social, el 15M, que invitaba a un prolongado proceso de renovación de los acuerdos sociales y políticos de esta sociedad. Por supuesto que queríamos ganar, pero el reto es mucho más complejo: enarbolar otra realidad política.

Y en ese contexto primigenio, lo electoral e institucional es un arma más. Es un elemento  para articular el cambio, pero no es único ni, si me apuras, prioritario. Lo prioritario es que el sujeto político resultante del proceso de activación vaya transformando la realidad en todos sus frentes, que no se desmovilice, que mantenga sus constantes vitales para que la sociedad tenga elementos que garanticen sus derechos y libertades. Aspiramos a conformar un grupo cada vez más numeroso y concienciado, al margen de la representación en las cámaras. Ese era el reto y no otro. De nada serviría una representación institucional fuerte si se cae en los errores del pasado. La transformación política necesita de un acompañamiento ético y social que tardará años en conformarse.

Desde la resistencia y la lucha social se ha paralizado el TTIP, se está defendiendo la sanidad y la educación pública, se ha realizado la mayor demostración de fuerza de la causa feminista y se está consiguiendo amurallar el derecho habitacional de las familias, entre otras luchas. Tomamos conciencia de que a las luchas heredadas le hacían falta nuevas luchas, puesto que el mundo estaba cambiando y no precisamente a mejor, y para eso teníamos que estar más preparados que nunca.

Quien creyera que a ese reto se le respondía desde posiciones de poder, estaba en un error. Se responde, precisamente, desde la oposición a cuanto aquí nos trajo y desde códigos bien diferenciados. Cuando hablábamos de cambio, hablábamos de que queríamos ser otra cosa. Y en eso estamos.   

 

 

La foto de portada es de Benito Pajares, se publicó en el Mundo en 2011, a raíz del 15M.

 

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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    2 Réplicas

  1. Atenagoras

    Yo considero que un Partido Político o una Agrupación de Electores cuando se presenta a unas elecciones es para gobernar o, al menos, para intentar cambiar cosas en lo que esté en su mano. Personalmente, cuando voto a una fuerza política es para que haga cosas en la linea progresista que manifiesta en su Programa Electoral. Siempre en la proporción que el electorado le ha confiado, un 15% o un 20% ó lo que sea, y siempre que no pueda por si mismo, en consorcio con otras fuerzas similares que puedan poner en común propuestas consensuadas. Votar un partido o Agrupación para que este en continua oposición sin más. para eso está la calle o los medios afines, que son más eficientes para eso.
    Por otra parte, el participar en el gobierno con otros más o menos afines, no está reñido con preservar los propios principios; pero a ver si éstos van a crearnos una inanición política que nos haga ineficaces. Puede que conservemos nuestra pureza política intacta; pero no debemos olvidar que nuestra condición humana siempre nos hace limitados y, por tanto, cuando aterrizamos nos contagiamos de esos condicionantes que nos persiguen siempre. Pero son los principios los que deben hacernos velar porque nuestra actuación política sea lo más acorde con ellos. Ese es nuestro reto: que nos comprometamos con la realidad dura y a veces denigrante, pero que al mismo tiempo nos agarremos a los principios que nos motivan para que nuestra actuación politica sea lo más digna y eficiente posible.

  2. T&T

    La lucha social, en España, no ha paralizado el TTIP. Ha hecho más por combatir el TTIP Donald Trump que todos los partidos de izquierda europeos juntos. Hagamos un ejercicio de honestidad y reconozcamos que Podemos o Unidos Podemos es otra marca electoral más, que apenas si tiene nada que ver con lo que fue el 15-M.

    Transversal es el Movimiento Cinco Estrellas, por ejemplo. Unidos Podemos es un calco de IU mezclado con el PSOE de los años de Zapatero, pero falla en algo esencial: en España hay una izquierda nacional, que ha votado siempre en masa al PSOE, que no se siente cómoda con el discurso de Podemos. Electoralmente, de celebrarse elecciones en unos meses, UP no sacaría más votos que en junio: lo único que aumenta, según los sondeos (algo que no pueden disimular los creadores de opinión), es la abstención.

    Los leninistas dicen que “cuanto peor, mejor”. No es así siempre. España ahora está mucho peor que hace 5 o 10 años, y la gente vota todavía en masa al PP, y cada vez más. Los que empezaron votando a Podemos en 2014 o 2015, por su discurso rupturista, están descubriendo que están votando a los mismos perros con distintos collares, y la generación del baby-boom, los que ahora tienen 37, 38, 39 años, comprueban cómo se plantan en los cuarenta sin un proyecto de vida. Sin la ilusión de los veinteañeros, o de los chicos de 16 o 17 años a los que Monedero quiere dar el voto: son votantes potenciales de la extrema derecha.

    Y no olvidemos que la extrema derecha no existe en España. Electoralmente no está representada. Podrá ser algo como VOX, o algo más duro como el Hogar Social Madrid, pero tiene un espacio electoral enorme. La generación del baby-boom, los desencantados, los desilusionados, los abstencionistas, los quemados que votaban al PSOE o a IU… muchos de ellos acabarán votando ultraderecha, por la sencilla razón de que la izquierda “progre” en España anda cazando moscas con temas como el heteropatriarcado, las leyes viogen, las cuotas de refugiados o el animalismo.

    Unidos Podemos representará al 15-M, pero España no es el 15-M, España son más de cuarenta y cinco millones de personas preocupadas por el desempleo, la subcontratación, la precariedad laboral, el precio de la vivienda y el alquiler, la inmigración, la seguridad, la delincuencia… los problemas del día a día. Y en ese apartado, los brazos políticos del 15-M no han “seducido” siquiera a una cuarta parte de la población española

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