22 de agosto del 2017
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En los últimos años del postfranquismo y de la transición, la gente progresista hablaba de la dimensión comprometida de la cultura. En la literatura, la música y el cine, en concreto, y en menor medida en otros artes, había como una tendencia natural a manifestar un compromiso social y político. Así se comentaban las películas de Bergman o el cine neorrealista italiano en los numerosos vídeoclubs que congregaban las comunidades más cinéfilas; estaban de moda los cantautores, con ese tipo de música con letras alusivas a problemas sociales o propuestas políticas que la gente tatareaba en multitudinarios conciertos; la literatura hispanoamericana con temática social se leía con cierta avidez en consonancia con la moda imperante. En fin, que había una especie de preocupación en los ambientes más progresistas porque la cultura tuviera una dimensión comprometida con la realidad por encima de otras consideraciones estéticas.

Fotografía de Serrat en la gira "Serrat en los barrios" en 1976

Fotografía de Serrat de la gira “Serrat en los barrios” en 1976

Pero, a medida que nos adentramos en los años ochenta, donde la democracia funcionaba con cierta normalidad, y cada elemento se iba situando en su sitio natural, se hablaba ya de que la cultura, en todas sus manifestaciones, debería tener su propio caminar sin que el compromiso social la constriñera. Tenía que ocuparse de que los valores estéticos y los temas más variados presidieran su proceso creativo. Incluso por el sistema de péndulo, los temas sociales comenzaron a tener una consideración poco acogedora cuando no peyorativa. Eran años donde la cultura caminaba por unos derroteros marcados por el sentido más lúdico, de mero consumo y menos preocupados temas sociales que, según algunos parecían contaminar su dimensión creativa.

Hoy día ¿en qué situación está el debate?  ¿La cultura debe comprometerse con la realidad social y política, o por el contrario, debe moverse por caminos más neutros, donde la estética, el sentido lúdico u otros componentes creativos sean los que marquen el camino a seguir? Parece que la idea de que la cultura retome su compromiso con la realidad social ha recobrado actualidad “por causa de la crisis no sólo económica, los cambios en el panorama político o una demanda general  de regeneración ampliamente compartida, que exige de los ciudadanos –no solo de los escritores e intelectuales- una mayor atención a los asuntos públicos”. Así se manifestaba en su editorial la revista cultural Mercurio que añadía: “esa voluntad de intervenir o de posicionarse ante los problemas comunes reabre el viejo debate en torno a la función social de la literatura y al papel que quienes se dedican a ella pueden ejercer como pedagogos, analistas o agitadores, tanto en su obras como desde las tribunas.

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“El Diputado”, de Eloy de la Iglesia

La profundidad de la crisis que se está viviendo y que afecta a todo el panorama sociopolítico está pidiendo a gritos el compromiso de todos los sectores por rearmar moralmente a una generación que, en estos últimos tiempos, está sufriendo los embates negativos de la corrupción, de la pobreza, cada día más extendida en ambientes que hasta ahora parecían inmunes a ella, de la exclusión social, del desarraigo de tantos jóvenes que viven en medio de una precariedad laboral que les impide su inserción en una sociedad que les niega el poder vivir con autonomía su propia vida, etc, y en los últimos tiempos, de la deficiencia de una clase política incapaz de ponerse de acuerdo en las líneas de actuación que permita, al menos, la amortiguación de los efectos de una crisis que ya está durando demasiado.

Estamos hartos de tanta ramplonería como reflejan las numerosas tertulias radiofónicas y televisivas, donde tanto pseudointelectualoide barato pontifica sobre la realidad con una frivolidad que ralla la irresponsabilidad, a veces, en un fanatismo de lo más ridículo. Veo en el ambiente cultural de nuestro país pocas voces sensatas, reflexivas y con visión de la realidad y del futuro, que abran el horizonte mental sobre por donde pueden ir los esfuerzos de una sociedad un tanto desanimada, con unos niveles de desencanto importantes y que pasa casi sin interesarse por los problemas que, cada día, saltan a la actualidad sobre corrupción, inmunidad judicial hacia quienes meten la mano en los dineros públicos, juegan con instituciones a las que hunden pero llevándose importantes blindajes, etc. Una sociedad que nos da la impresión de estar podrida por la desfachatez de quienes deberían dar ejemplo al resto de la ciudadanía.

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Es verdad que están floreciendo medios informativos minoritarios –sobre todo en online- que intentan hacer reflexionar a la gente sobre los problemas que la asolan, ofreciendo datos y opiniones importantes que aglutinan a su alrededor a personas inquietas que tratan de dar con la tecla que devuelva la ilusión en el futuro. Sí, desde el 15M a esta dinámica se están incorporando muchos jóvenes que intentan despertar de la modorra en la que estaban sumidos ante tanta superficialidad y embotamiento intelectual en que se movía nuestra sociedad. Son nuestra esperanza para las personas pasadas ya en años, que veíamos con pesimismo la situación sociopolítica en la que el bipartidismo nos había sumido, y que ahora vemos con más alicientes.

En este contexto de superar esta situación en los que nos han sumido estos últimos años, la cultura tiene que enarbolar la bandera del compromiso por una sociedad más justa, más viva y mejor organizada. La cultura debe situarse en ese ámbito comprometido con los problemas de este mundo, no puede convertirse en un simple objeto de consumo o de mero espectáculo, que sólo se rebele ante el 21% del IVA; tiene que salir de su autismo pernicioso que la recluye en un espacio marginal y aislado del resto humano.

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La cultura tiene mucho que decir en la transformación cualitativa de una sociedad, donde sus más egregios personajes históricos siempre han tenido que ver con avances historicos en todas de sus facetas. La cultura no debe ser un elemento de salón, propiedad de unos pocos privilegiados tachados de bohemios.  La cultura debe salir a las plazas públicas y a los espacios donde se cuece la vida diaria y denunciar con rotundidad los males que nos asolan y abrir caminos  para desalojarlos de nuestro horizonte.

Sí, es un debate a plantear entre quienes creemos en la cultura como un instrumento de transformación social, que va mucho más allá del mero consumo individual  o como sólo espectáculo de lucimiento burgués de un sector muy minoritario de nuestra sociedad que  se lo monta para su prestigio.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.

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