27 de mayo del 2017
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Tras unos días frenéticos, de reuniones, idas y venidas, Artur Mas certificó su enésimo máster de supervivencia política, resucitó a CDC, sometió a La Cup y puso en primer plano a su delfín, ahora Presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

La redacción del texto donde se recogía el acuerdo parecía realizado por el peor enemigo de la formación antisistema (quizás porque era exactamente eso, unos enemigos redactando tu carta de despido), así como el posterior comunicado interno. Asume, garantiza o pone a disposición, decía el primero, no renuncia o un paso al costado, en el segundo. De llevar la sartén por el mango a quedar en una posición de evidente subordinación, reordenarse en clave independentista y alejarse del asamblearismo que había regido hasta entonces el Procès. La decisión de La Cup es mala, sobre todo, para sí mismos y su discusión interna promete nuevos capítulos.

Si bien a corto plazo hubiera sido peor para La Cup unas nuevas elecciones (las encuestas le daban una previsión de entre 4 y 5 diputados), a largo plazo mucho y muy bien deberán actuar para recuperar a una parte de sus integrantes, decepcionados con el acuerdo final. Desde luego, asegurar que Mas ha muerto cuando tiene ahí a su mano derecha, no parece el camino. Aunque el axioma no-Mas-no-març se mantuvo gracias a esta tercera vía, la sensación de hipotecar tu voluntad queda latente y más que eso, queda firmado. A toro pasado cabe preguntarse, ¿no hubiera sido mejor un voto extra legitimador de Mas, a cambio de conservar la capacidad de manejar tu voz y tu voto?

Independencia
Pero que nadie se llame a engaño, La Cup siempre advirtió que la cuestión soberanista era una prioridad existencial para el partido y todos sus pesos pesados, desde Baños a David Fernández, secundaban el apoyo a Mas. Aunque su aperturismo elevó la discusión social hasta una misma esfera, romper con el estado español siempre fue el objetivo, pues la formación considera que romper con España es la única manera de crear un estado social. Sorprenderse ahora, suena tan ingenuo como esperar que la formación independentista actúe acorde con otros principios y valores.

Quizás el problema no haya sido La Cup, que al fin y al cabo ha hecho algo que está en su naturaleza aunque haya elegido una forma cuestionable, sino el relato que se ha construido a su alrededor, sobre todo desde las posiciones de izquierda. La de una formación sin contradicciones, con una pureza ideológica envidiable, asamblearismo hasta el agotamiento y que iba a hacer lo que nunca jamás se consiguió en España, que una minoría precursora de la redistribución de la riqueza, el ecologismo y el feminismo tirara del hemiciclo hasta conseguir posiciones de mayor justicia social.

Fotografía de Ana Jiménez.

Fotografía de Ana Jiménez (LV).

Que se produzca la paradoja de que la izquierda y la derecha española depositen su esperanza de derrocar a Artur Mas y CDC en La Cup, y lo hagan a la desesperada, es un asunto que habla muy mal de la política española. Ningún partido español antepondría la mitad de sus diputados con tal de salvaguardar sus principios éticos. ¿Por qué iba a hacerlo La Cup? Ningún partido fue capaz de atraer un volumen considerable de votantes hasta la utopía libertaria, ¿qué más se les puede pedir a quienes protagonizaban una experiencia piloto?

Que La Cup nos defraude es síntoma de que nosotros ya nos habíamos defraudado antes. El barco de la utopía catalana ha quedado varado mucho más adelante de lo que quedó una utopía para el estado español y, ahora, solo cabe pensar que ante el más que posible enroque del Gobierno central y con la dos partes gobernadas por la derecha liberal, la batalla en las calles y desde los movimientos sociales será más necesaria que nunca. O al menos, tanto como siempre lo ha sido hasta fecha.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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