17 de diciembre del 2017
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A los superhéroes nacidos del cómic le quedan todavía muchas batallas que ganar antes de enfrentarse al juicio de la cultura popular en igualdad de condiciones con cualquier otro producto de origen desconocido. El asunto no es baladí. Que la industria del cómic de superhéroes aspire o no a hablar de los grandes problemas del ser humano, con las misma consideración del espectador, sin minusvalorarlo, sin tomarlo como un asunto secundario en su experiencia cultural, es en parte culpa de la propia educación que la industria ha hecho trascender al gran público.

Revertir esto es, en un principio, responsabilidad de los mismos creadores de productos superheróicos. Habrá que sembrar productos que trasciendan, que venzan su propia tendencia natural a la mercantilización, para llegar a ser considerados en la esfera global del arte. Se da una curiosa paradoja, esto comienza a suceder cuando Marvel ha establecido los patrones de una potente industria cinematográfica, que le da amplios márgenes de beneficio. Esto posibilita la inversión en productos de un consumo más minoritario, pero intelectualmente más ambicioso. Quizás, ese sea el caso de Daredevil, la primera serie superheróica que puede tener el beneplácito de la crítica y del espectador más exigente (y que ha sido ya prorrogada para una segunda temporada).

 

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El concepto Romita Jr. trasladado a la serie.

 

Porque a diferencia de su fallida película protagonizada por Ben Affleck, este Daredevil interpretado por Charlie Cox se adentra en las catacumbas de la moral humana, tratando la corrupción de las grandes ciudades desde el mismo meollo de los acontecimientos. Aquí, políticos, policía, prensa y personalidades públicas están tan podridos por dentro como lo pudieran estar los personajes de The Wire, The Shield o Breaking Bad, por citar solo algunos ejemplos. La diferencia con respecto a otras serie superheróicas estriba en que trata en profundidad las consecuencias de los actos delictivos. Aquí podemos ver una Hell’s Kitchen sombría y abandonada, con dificultades para sus habitantes en el día a día y una tremenda sensación de inseguridad e impunidad. El espíritu del Daredevil de Frank Miller y David Mazzucchelli, o el de Nocenti y John Romita Jr, curiosamente, dos de las sagas más vitoreadas de toda la serie en cómic, cabalgan sobre esta versión televisiva.

 

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Los dos Wilson Fisk, Kingpin.

Además, la construcción de los personajes tiene un notable desarrollo. Matt Murdock, el protagonista de la serie, es un brillante abogado cuya vida ha dado mil vueltas antes de llegar a convertirse en un hombre de negro que combate la justicia a su libre albedrío. Wilson Fisk, su enemigo, es un niño traumatizado y vengativo al que la vida ha puesto en disposición de dirigir un imperio criminal. Ambos quieren lo mismo, otro modelo de ciudad, pero son modelos radicalmente opuestos. Sobre ese choque de trenes, se articula un relato brutal sobre la corrupción del individuo a todos sus niveles. A nivel social, a nivel judicial, a nivel ético.

La acción en Daredevil, oscura, a cuentagotas (y con un aroma al Batman de Cristopher Nolan), entendida como una simple herramienta narrativa, consigue que la serie no pase por un mero producto de entretenimiento, puesto que su enjundia se encuentra en otro lugar, sino que aspire a mucho más. La solidez de los secundarios, el hiperrealismo a veces hiriente, la conseguida ambientación y la tensión creciente del relato, convierte en esta primera temporada en el primer acierto de las series de superhéroes. O mejor dicho, en la primera gran aproximación a los superhéroes de las series sobre la corrupción.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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