07 de junio del 2018
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Hay que distinguir entre ladrones y ladrones. Todos no son iguales. Así lo evidencia el famoso cuento “El ladrón honrado” de Dostoiewski, en el que se describe hábilmente los últimos días de vida de un borrachín llamado Yemelián Iliich.

Los ladrones honrados son aquellos que no tuvieron otro remedio que robar. La vida les obligó a hacerlo y, de algún modo, su condición de persona honesta les permite entender lo que hicieron y retractarse. También vale la idea de que el ladrón honrado nunca haya querido robar, y mucho menos lo haya proyectado, sino que múltiples circunstancias lo involucraron en una maquinaria de la cual él –como ladrón inocente o honrado que es- no era consciente.

El caso de Yemelián Iliich es un perfecto ejemplo. Al instalarse en casa de Astafi Ivanovich, el protagonista no puede esconder su lado más natural. Haragán, triste, apocado y depresivo, incapaz de una sola iniciativa (salvo la de emborracharse), el hombre se encierra en una rutina degradante que le aleja de una vida laboral digna. Siguiendo las directrices del dueño de la casa, se esfuerza en dejar de beber pero rápidamente vuelve a las andadas y, para conseguir un dinero que le permita comprar alcohol, roba y vende un pantalón. Ante las acusaciones, el ladrón lo niega todo. Él no sería capaz de semejante acto y, sin embargo, cae en un estado avanzado de decrepitud, roído por el malestar, adolorido por la culpabilidad. Las sospechas del dueño terminan socavándolo, y ya en el lecho de su muerte, el hombre reconoce su falta: se llevó el pantalón, pero entrega su chaqueta a modo de exoneración.

La intensidad y emotividad de este cuento invita a la reflexión: ¿Cuál sería hoy el perfil de un ladrón honrado? ¿En qué lugares y en qué circunstancias podríamos toparnos con un Yemelián Iliich? Al encender el televisor o, incluso al recorrer las portadas de algunos periódicos, saltan a la vista algunos valiosos detalles que permiten reconstruir el retrato de este personaje romántico en pleno siglo de la postverdad (o de la mentira estética). El ladrón honesto de hoy -o el honesto hombre tachado de ladrón- comparte algunos rasgos con aquel personaje del siglo XIX, pero se distancia en ciertos puntos. Mucho más vivo, más descarado, y siempre dispuesto a contraatacar, no sabe de culpa, ni de recato, y menos de vergüenza. Un viaje por algunos casos sonantes de la última década nos ayuda a reconstruir este personaje.

Si Yemelián Iliich fuera el extesorero del PP, y estuviera implicado en una trama de corrupción sin precedentes, nunca dejaría de negarlo todo. Preocupado por su imagen, indignado por tantos cuestionamientos, el hombre no aceptaría que se le involucrara en más desvíos de fondos y, con un rostro desafiante, soltaría a más de un periodista una hermosa peineta de tamaño gigante (de aquellas que, incluso en un estadio de 50.000 personas, no pasan desapercibidas). Esto sería probablemente un gesto de honestidad.

Si Yemelián Iliich fuera -por unos días- el exduque de Palma, rechazaría todo lo que se le viene encima desde noviembre del 2011. Hablaría del Caso Noos como una confabulación y rechazaría toda idea de tráfico de influencias, o intención de enriquecerse con adjudicaciones hinchadas. Sólo se presentaría como un mediador. Por eso pediría –e insistiría en- la absolución de su última condena: 6 años y 3 meses de cárcel. Y luego, a pocos días del inoportuno fallo, Yemelián Iliich trataría de mantener la moral alta en la playa de Bidart (en el país vasco francés) y se impondría un exilio en Suiza como grito de honestidad.

Si Yemelián Iliich pudiera ser el gran protagonista del caso Malaya (una de las tramas de corrupción más surrealistas de la historia de España), se resignaría a vivir de la mejor manera los siete años de cárcel. Abandonado por sus conocidos y familiares, afectado en su salud, el hombre optaría en su encierro por escribir un libro que serviría de ajuste de cuentas, pero también para recuperar algo de dinero. Con esta obra reconocería ciertos errores (como el de salir con alguna cantante). Este libro sería un evidente esfuerzo por reconstruir una honradez muy cuestionada.

En resumidas cuentas, si tuviera que trasladarse al siglo XXI, Yemelián Iliich seguiría siendo un ladrón honrado, pero no tan honrado.

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Johari Gautier

Periodista y narrador franco-español nacido en París (Francia, 1979). Autor de los “Cuentos históricos del pueblo africano” (Ed. Almuzara), y las novelas “El Rey del mambo” (Ediciones Irreverentes) y “Del sueño y sus pesadillas” (Ed. Atmósfera Literaria).

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