17 de noviembre del 2017
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Todos los que amamos la mitología conocemos en mayor o menor medida las leyendas artúricas: la extracción de Excalibur por un joven Arturo, las artimañas del mago Merlín en el reino de Camelot, la traición de Ginebra y Lancelot, las hazañas de los caballeros de la mesa redonda en busca del Santo Grial, la muerte de Arturo y su último viaje a Ávalon, etc. Esas historias están en nuestro inconsciente colectivo, y están ahí porque la historia de Arturo condensa la historia de muchos otros héroes clásicos y que a su vez guardan un precioso simbolismo: la del hombre designado a cumplir un destino que está incluso por encima de él mismo.

Es imposible expresar ideas complejas en el lenguaje humano si no es valiéndose de metáforas, y precisamente eso son los mitos: historias simbólicas mediante las que se expresan conceptos cuyo significado es demasiado abstracto o profundo para ser transmitido a través de simples mensajes verbales. Como ocurre con los cuentos (al fin y al cabo los mitos también lo son), a través de las leyendas se manifiestan no sólo los principales conflictos e ideales humanos, sino la forma de interpretar el mundo (cosmovisión) que tenían nuestros ancestros. Todo ello a través de historias que fueran accesibles para el pueblo llano y que, como decía Bruno Bettelheim, tenían un componente educador y formador en la psique de las personas.

Muchos antropólogos, folcloristas y psicólogos han abordado la interpretación profunda que guardan los mitos. Entre ellos, autores tan respetados como James George Frazer, Robert Graves, Ítalo Calvino, Marvin Harris, Carl Gustav Jüng, Marie Louise Von Franz o Emma Jüng (estas últimas en concreto con un hermoso tratado sobre la interpretación psicológica de las leyendas del Grial). Pero no es necesario leerlos a todos (aunque sí recomendable) para entender que la historia de Arturo es la historia de la ascensión, caída y de nuevo ascensión del héroe que encontramos en muchos otros mitos (Moisés y Hércules, por poner un par de ejemplos), y que en definitiva representa el camino iniciático no exento de dificultades que el ser humano debe recorrer para llegar a un estado de perfección mayor.

Pero esto no pretende ser una exégesis del mito artúrico, sino una crítica cinematográfica. Así que hablemos de cine. John Boorman dirigió una excelente adaptación de la historia de Arturo en su película “Excalibur” (1981). Si bien Boorman se basó en la fuente literaria clásica más cristianizada (la ofrecida en “La muerte de Arturo” de Thomas Malory, 1416-1471), obviando versiones más antiguas de la leyenda como las ofrecidas por Geoffrey de Monmouth, Chetrien de Troyes o Wolfram von Eschenbach (todas ellas del siglo XII), es de admirar su capacidad para ajustarse a una historia tan compleja como la de la saga artúrica, no centrándose exclusivamente en la ascensión al trono de Arturo y sus devenires en la corte de Camelot, sino incorporando con solvencia la hermética variante argumental de la búsqueda del Grial.

En una línea más paródica, los Monty Python también hicieron su particular y divertidísima adaptación con “Los caballeros de la mesa cuadrada” en el año 1975, e incluso Disney lanzó dos versiones, la también satírica “Un astronauta en la cote del rey Arturo” (1979) y “Merlín, el encantador” (1965) en dibujos animados.

Hay muchas más películas de temática artúrica pero, salvando contadas excepciones, el rey Arturo ha sido víctima de adaptaciones cinematográficas abominables. Especialmente pésimas fueron “El primer caballero” (1995) de Jerry Zucker, con un saltarín Richard Gere en el papel de Lancelot y un rey Arturo envejecido interpretado por Sean Connery, centrándose sobre todo en la infidelidad de Ginebra, y “El rey Arturo” (2004) de Antoine Fuqua, con Clive Owen y Keira Knightley, donde se aborda el posible origen romano del mito.

Pero incluso estas versiones de las leyendas artúricas parecen auténticas obras de arte si se las compara con la última producción perpetrada por Guy Ritchie. Lo que básicamente ha hecho el autor de “Revolver” y “RocknRolla” ha sido valerse de los nombres (no muchos) de los principales personajes de las leyendas y crear una historia nueva. No una variante de la historia, ojo, sino algo completamente distinto sin la más mínima relación con el mito. Y ni siquiera es una historia original, porque si analizamos someramente la película, podremos observar que el referente del que se ha valido Guy Ritchie para su historia no ha sido el rey Arturo sino “El rey León”. Y va en serio. Cualquiera que tenga los arrestos para desperdiciar dos horas de su vida en esta película, comprobará cómo la historia es la misma cambiando los animalitos de la selva por caballeros medievales made in Hollywood de dientes perfectos. Es casi seguro que los actores de semejante potingue habrán tenido que acudir al oftalmólogo tras terminar su trabajo, por los severos daños que el color verde del croma sobre el que continuamente habrán tenido que “actuar” habrá producido en sus retinas. Además contiene un elemento que personalmente me resulta molesto en las películas y en las personas: pretender ser graciosa sin tener la más mínima pizca de gracia. También es de suponer que, visto los requerimientos de la historia a contar, no habrá hecho falta que los guionistas se molestaran lo más mínimo en leer un solo documento siquiera relacionado indirectamente con las leyendas artúricas. ¿Para qué?

De cualquier manera se veía venir comprobando los antecedentes del director, en lo que se refiere a su visión de otro de los grandes mitos universales (esta vez más moderno): Sherlock Holmes. Ritchie transformó al misántropo, misógino e inteligentísimo detective decimonónico en una suerte de superhéroe petulante, hiperactivo y bastante gilipollas, que sin embargo logró un éxito comercial que mereció una segunda parte aún peor. Si Conan Doyle levantara la cabeza… Partiendo de esta referencia, no se podía esperar algo mejor de una adaptación ritchieniana del mítico rey britano.

Me pregunto qué quedará de aquel joven director que sorprendió al público con descaradas cintas como “Lock, Stock and Two Smoking Barrels” (1998) y “Snatch: cerdos y diamantes” (2000). Ya en Revolver (2005) se empezaba a vislumbrar que la mente de Ritchie empezaba a desvariar, pero nada podía presagiar el descenso a los avernos de un original autor que amenazaba con convertirse en el nuevo Tarantino, para terminar convirtiéndose en el nuevo Michael Bay.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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