11 de diciembre del 2017
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Hoy se está hablando y escribiendo mucho sobre lo que significó el proceso de Transición democrática en nuestro país. La generación joven, como la de mis hijos, la ven casi como un acontecimiento histórico del pasado remoto, y le achacan muchos de los males que actualmente vivimos en el país; al menos la consideran como un intento frustrado de una generación, como la nuestra, que quiso construir un país moderno, con los mejores perfiles democráticos de las naciones europeas, y con unas estructuras económicas más justas que dieran un bienestar apreciable al conjunto de los ciudadanos. Pero… ¿cómo veo yo, que pertenezco a esa generación, lo que se llama “TRANSICIÓN DEMOCRATICA?

De principio, tengo que decir que nuestra generación partía de una dictadura militar que, si bien en los últimos tiempos se alivió un poco, nos tocó sufrirla con muchas penalidades en todos los sentidos. Los pueblos rurales, en uno de los que yo me crié, estaban dominados por una triada compuesta por el Alcalde, el Cura y el Maestro, que decidían sobre toda la vida diaria de las poblaciones, bajo los dictados de los Principios del Movimiento y lo más rancio del Catecismo Ripalda. Era un ambiente asfixiante donde cualquier idea y conversación que no estuviera en la línea política y religiosa oficial era sofocada y hasta castigada con cárcel. Ya no hablamos de los abusos económicos, judiciales y sociales que el sector dominante de esa sociedad, hacía con los más pobres con total impunidad. Eran los amos y se permitían cuanto se les antojaba, sin más explicaciones.

Con el tiempo, los sectores más concienciados fueron levantando la voz. Los obreros más organizados, los intelectuales más abiertos, los estudiantes fueron horadando, poco a poco, la costra espesa de un sistema político-religioso que resultaba insoportable y se manifestaba, cada día más putrefacto. El sufrimiento de los primeros que comenzaron a dar la cara fue duro; pero resultaba ser la semilla de nuevos movimientos sociales que portaban las ilusiones de una población cansada de tanta humillación y tanto desprecio. Recuerdo con mucho cariño aquellos tiempos difíciles donde asistir a una reunión, echar una inocente octavilla en la calle citando a algún encuentro a la gente, o expresar una sencilla opinión en una publicación era objeto de una represión descomunal por parte de la autoridad existente. Las anécdotas que se podrían contar son numerosas y nos causarían risa de no ser por las consecuencias que algunas tuvieron en muchas personas.

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Así ve Emilio Martínez González la tumba del dictador.

En este contexto, duro y sufrido, cuando se comenzó a oler un poco de libertad, aquello nos entusiasmó. Recuerdo la alegría con que acudíamos a los primeros mítines, en los que se nos hablaba de un futuro prometedor, y como mitificábamos a los primeros líderes como si fueran hacedores de un nuevo tipo de sociedad en la que la libertad y el bienestar se iban a dar de la mano en una especie de utopía cercana. Recuerdo como nos acercábamos a votar con el entusiasmo que nos producía la sensación de que estábamos alumbrando una nueva sociedad abierta a la libertad y, creíamos, a un nivel de justicia social más afín a nuestros deseos.

Es verdad que muchos no entendíamos como gente que nos había reprimido por ejercer algún tipo de derechos humanos, no eran castigados o, al menos, relegados a un segundo plano. Personas que se habían aprovechado de la dictadura y enriquecido con ella, seguían en el candelero y ahora paseaban su imagen democrática, como un traje de quita y pon. Es más, incluso muchos fueron elegidos como Diputados, Concejales e incluso elevados a alcaldes, como si aquí no hubiera pasado nada. Esta situación nos rebelaba a muchos; pero acabamos por aceptarlo por aquello de que se trataba de un mal menor, que creíamos necesario para conseguir unos niveles de normalidad sin el peligro de un enfrentamiento cerril entre sectores de la sociedad. El “consenso” político con el que se cocía todo el entramado político-jurídico del nuevo escenario social, se nos vendió como ideal para salir del atolladero del que procedíamos sin derramamiento de sangre. Y en aquellos momentos lo vimos como aceptable aunque doloroso, por aquello de que no esperábamos nunca de que todo nuestro esfuerzo y dolor iba a terminar en “aquí no ha pasado nada”. Entonces no intuíamos que esto, en el futuro, podía ser el caldo de cultivo de una situación negativa y degradante para la generación que nos iba a suceder.

Recuerdo con cierta añoranza cómo votamos la Constitución y elegimos a nuestros primeros representantes en los Ayuntamientos. Y como vivimos esos años con el convencimiento de que estábamos alumbrando una nueva sociedad que iba a ser una herencia privilegiada para nuestros hijos. Nos ilusionaban los pasos que íbamos dando, no sin dificultades e incontables trabas, en el avance de nuestra sociedad en todos los aspectos. De tal manera que íbamos comprobando que la España que estábamos alumbrando apenas tenía algo que ver con la que dejábamos atrás. Los niveles de bienestar en lo sanitario, en lo educativo y en el progreso cultural de la población, resultaban evidentes. Aunque, con el tiempo, nos perturbaba algunos síntomas negativos que el progreso presentaba. Nuestra sociedad parecía más frívola e insolidaria, más movida por el dinero, por el status social… que por la austeridad, la reflexión y una convivencia sana y democracia, en su mejor sentido.

Democracia votar

Este tipo de sociedad, un tanto ajena a los valores por los que habíamos luchado y sufrido mucho antaño, fue dando a luz un tipo de políticos y, en general, de referentes sociales más preocupados por su enriquecimiento personal y status, que por el servicio al pueblo y a los intereses generales. Fuimos pasando de un estado entusiasta por los logros que se iban consiguiendo a otro de decaimiento y pesimismo sobre todo en las generaciones más jóvenes que veían como se le cerraban las puertas a sus ilusiones laborales, sobre todo.

¿Qué impresión personal tengo de la Transición política? En resumen, tengo una impresión ambivalente. Una mezcla de elementos positivos y de carencias que después han podido tener consecuencias negativas para nuestros días. Quizás nos hizo falta a todos un poco más de contundencia y determinación a la hora de diseñar el artilugio democrático, fomentando los valores humanos que favorecieran una convivencia más sana y constructiva, insistiendo en aquellos controles democráticos que evitaran la corrupción y las malas artes, sobre todo, de los poderes económicos y financieros que tanto mal han hecho a este país. Creíamos que, una vez instalada la democracia, todo era cosa de “coser y cantar” y la vida de nuestra sociedad, iría progresando y quizás no contamos con que los poderes económicos iban a imponer sus leyes, y nos iban a dejar claro quienes mandaban y que la mayoría de la ciudadanía tenía que seguir asumiendo su papel de vasallo, que a lo más que nos dejaban hacer era votar de vez en cuando a una clase política controlada y sometida.

Lo que más me ha dolido ha sido el comprobar que aquellos políticos a los que tanto admiré y seguí, me han salido “rana” y se han dejado envilecer por los halagos y frivolidades de una clase ramplona, superficial y corrupta que solo se guían por el afán de enriquecerse a costa de los más débiles, de pavonear su superficialidad y de entrever su podredumbre cuando hay tanta gente que lo está pasando mal y se las ven y desean para malvivir.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.

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    Una Réplica

  1. Gerardo Vilches

    Enhorabuena, Emilio, por este texto. Su visión me resulta, como historiador de la transición que soy, interesantísima. Creo que valorar este periodo es imprescindible escucharlos a ustedes, los que la vivieron de forma activa.

    Un saludo.

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