24 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



 Mi reino está inerme y vencido, envenenado, como todo mi ser que se retuerce indefenso ante el cruel ataque de una absurda realidad, un sueño de humo, fatuo, un ojo ciego, un sufrimiento largo y lento.

Patricia Heras

 

 

Leer a Patricia Heras es sentir el peso de sus palabras sobre el vacío de una sociedad enferma. En esa sociedad, por cierto, vivo yo. Imagino su alma evaporándose desde una celda que condena la libertad. Su caso, el flagrante y mediático 4F, el de su detención, encarcelamiento y enjuiciamiento junto a otras cuatro personas, es el ejemplo más demoledor de corrupción sistémica por parte del triunvirato policía-justicia-política de cuántos hemos vivido en nuestra democracia. O quizás, el mayor ejemplo que ha trascendido, o peor aún, quizás sólo el que más me ha dolido. El hecho de que se suicidara durante un permiso penitenciario no oculta la verdadera realidad, que su vida se extinguió harta de inhumanidad y que la muerte puede ser un remanso de paz para quién le niegan la libre existencia.

Pienso en esto mientras marcho en metro a la protesta que ha organizado la plataforma Desmontaje 4F, ahora hipervitaminada tras la emisión y repercusión del documental Ciutat Morta, que trata el caso y ha ganado premios allá donde se ha emitido. Incluso el premio más hipócrita que se recuerda, concedido por el mismo Ayuntamiento que ha permitido que la tortura, la simulación de pruebas, las detenciones arbitrarias y la corrupción interna campe a sus anchas en el seno de sus cuerpos de seguridad: El Ayuntamiento de Barcelona.

La metáfora de las manzanas y los gusanos.

La metáfora de las manzanas y los gusanos. FOTO. Sergio Espin.

El Guernica de una enorme pancarta simboliza su estado policial. Es lo que veo cuando salgo del metro y veo el estado de la plaza Universitat, lo comprendo, en el 4F se castigó la diferencia. Se consideró vestir de manera alternativa como sinónimo de delincuencia, se utilizó la ropa como prueba incriminatoria, el peinado como motivo de violencia, los piercing como agujas del abuso, las cadenas como esposas de la verdad. Hoy, la diferencia tiene una sed de venganza de nueve años. En una tarde desapacible y fría como la injusticia, miles de personas nos congregamos exigiendo la justicia secuestrada. Okupas, jubilados, asociaciones de derechos humanos, gente de la plataforma contra las hipotecas, políticos provenientes de los movimientos sociales, colectivo de emigrantes, todos gritan contra la brutalidad policial, consecuencia de una forma de hacer política y entender la vida pública muy alejadas de lo que la sociedad exige.

Cindy Lauper y su Girls just want to have fun suenan desde una furgoneta y alienta la plaza. En su capó, la figura acartonada de una gran manzana roída por un cochambroso gusano. “No es una poma. És tot el Cistell”, cantará el gentío cuando comienza la marcha. Al frente, las caras mediáticas de Ciutat Morta, protagonistas indeseados del documental. Su storytelling de dos horas sobre años de desdicha se ha convertido en el mejor artefacto emocional de cara a la protesta, pues ha dado resultados. Muchos ciudadanos saben ya quién es esta Silvia Villullas de carne y hueso. Cerca, los demás cantan con rabia. Ni perdonan ni olvidan. Su grito común, que se abre paso camino de Plaza Cataluña, anticipa la llegada de una muchedumbre. Ya no son pocos ni están solos. Muy al fondo, los mossos levantan su muralla de silencio. Las luces, quizás, les alertan de ellos mismos.

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Sospechosos habituales

Los casos de tortura en España no son un asunto baladí. La Coordinadora por la Prevención y la Denuncia de la Tortura (CPDT) hizo público sus datos hace tan solo tres días. 6621 personas han denunciado casos de tortura o maltratos en España, en cuya custodia han muerto 833 personas. Hasta 2013, los gobiernos indultaron a 42 condenados por torturas, lo que provocó quejas significativas por parte del poder judicial.

Los mossos d’esquadra son el cuerpo policial del estado con peor reputación. No es de extrañar, los últimos años han estado salpicados de casos controvertidos enmarañados entre la fatiga de la memoria, los juzgados de instrucciones y la complicidad política. En 2012 dos personas perdieron un ojo durante el transcurso de una huelga general. En octubre de 2013, Juan Andrés Benítez, un empresario de 50 años halló su muerte en el barrio del Raval durante una trifulca con los mossos. El mismo barrio donde el colectivo de trabajadoras sexuales denunció «agresiones verbales, identificaciones arbitrarias y multas injustificadas». Seis meses después de la muerte de Juan Andrés Benítez, murieron dos personas más y un diario moderado como es el País tituló en su editorial: Demasiada casualidad. El Comité́ Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos Inhumanos o Degradantes (CPT), ante los repetidos casos, denunció los malos tratos en cárceles, CIES y comisarías españolas. El gobierno español no sólo obvió las denuncias, sino que entorpeció la posibilidad de una investigación independiente, aludiendo a que la ley española, que prohíbe y castiga la tortura. El gobierno catalán prometió una investigación que nunca ha llegado. Robe Iniesta, en su canción Estado Policial preguntaba, ¿Señor presidente, acaso no le importa la gente?

Cinema Patricia Heras.

Cinema Patricia Heras. FOTO. Sergio Espin.

Lo tremendamente significativo de Ciutat Morta es que el caso vira debido a un error de dos policías en su rutina de tortura. En lugar de torturar a una persona de clase baja, torturan al hijo del embajador de Trinidad y Tobago. Resultado, dos policías por fin condenados. Y es que, claro, rico tortura pobre pero rico no tortura rico. En ese caso, gana quién más rico sea, aunque provoque así todo lo que estamos viviendo.

El eje del mal

¿Pero qué se esconde tras el 4F? ¿Un demonio a lo Al Pacino en Pactar con el diablo? ¿Un ser omnipresente que desea el mal a toda manifestación alternativa? No, se esconde un proceso degenerativo y continuado de la vida en las grandes urbes. Un proceso que tiene que ver con cierta dejadez de la ciudadanía a la hora de cuidar sus elementos constitutivos. Confiamos en otros que lo hicieran y lo hemos pagado caro. Así, las elites políticas vendieron el alma de las calles al capital y las batallas partidistas ocuparon el primer plano mediático, acostumbrándonos a escuchar un relato prefabricado de nuestra historia. Entre tanto, la cultura alternativa tomaba la vida de barrio, convirtiéndose en reductos de autenticidad. Basta con pasear por Barcelona para distinguirlo. La llegada de una crisis económica ha acentuado esa bipolaridad y ha disparado la confrontación. Unos quieren trabajadores que remonten un país sin renunciar a sus privilegios, otros quieren recuperar su dignidad y les consume la ira debido a la diferencia entre lo que quieren ver y lo que finalmente ven. Se ha producido un proceso de gentrificación de los barrios y se ha abandonado el espacio público y la conciencia común. Es, en fin, el monstruo del capitalismo instalado en la conciencia de esos políticos, magistrados y policías que, amparados en su concepto de irreversibilidad, bajo la creencia de que en sociedad se vive sólo a su manera, y aliviados por la impunidad que se autoconceden, van perdiendo su humanidad hasta quedar vulgarmente retratados. Se convierten en los malos de una película.

Decía Patricia Heras que habían ahorcado su inocencia. Lo que no sabíamos es que ahorcarían la nuestra también.

 

 

 

Fotografías. Sergio Espin.

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Escritor y Social Media Manager. Ha publicado artículos culturales para medios como La Marea, Secretolivo, Perarnau Magazine o La Voz del Sur. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie 2016) y Juan sin miedo (Alkibla 2015). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.

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