27 de mayo del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Aeropuerto Internacional Nikola Tesla, Belgrado, jueves 22 de octubre del 2015. 13:00 horas. Mi avión de conexión de Zúrich aterrizó sin demoras. Llegué y lo primero que hice fue cambiar los euros a dinares serbios.

Mi plan era perfecto: comprar el boleto del bus A1 que sale desde el aeropuerto y bajarme en la última parada, tomar un taxi hacia el hostal ya reservado que estaba a menos de 10 minutos, ir a algún sitio local para comer, después caminar un poco y regresar a mi habitación a estudiar, pues en unos días estaba por llevarse a cabo el III Foro del ECPD (Centro Europeo para la Paz y el Desarrollo), organizado por la Universidad de la Paz establecida por la Organización de las Naciones Unidas, a la que fui invitada a participar. Nada podría salir mal.

Pagué mi boleto y lo que me llamó la atención es que todos los señalamientos estaban solamente en serbio y sus caracteres eslavos, lo cual hace sumamente difícil ubicarse a personas como yo, que no tienen ningún conocimiento de su alfabeto. Por un momento me dije: “¡Qué bueno es haber aprendido el inglés, eso saca de apuros a cualquiera!”. ¡Ja! Qué equivocada estaba.

El bus era blanco, muy compacto y bastante viejo. Fueron aproximadamente 40 minutos de trayecto. En los cuales observé con mucho detenimiento todo a mi alrededor. En algunos momentos parecía que estaba rebobinando escenas de los filmes de Kusturica, observé algunos vehículos destartalados, rostros de pasajeros, construcciones antiguas, conductores hablando por teléfono en plena autovía a toda velocidad y cuervos, no cualquier cuervo, eran cuervos enormes negros con plumas de plata, preciosos.

Escuchaba las conversaciones a mi alrededor y no entendía ni “J”, nada, Nichts… no era como cuando uno va a Italia o Portugal que pillas un poco y al menos no te hacen tonto. Pero no, esto era el equivalente a escuchar cualquier idioma asiático, escandinavo o africano, donde de verdad, no entiendo N-A-D-A. Es curiosa la sensación. Te da un sentimiento un poco de vulnerabilidad mezclado con fascinación.

Desde mi casa, bajé una aplicación para poder navegar y dar con direcciones sin necesidad de conexión a internet, así yo iba siguiendo mi trayecto con el móvil en mano y lo mejor, es que traducía la dirección a serbio e iba a ser fácil para el taxista llevarme a mi destino. Según ese navegador, no iba a tardar más de 10 minutos en llegar.

Grafitis 2

Descendí donde todos los pasajeros lo hicieron. Para estar segura, le pregunté a una mujer en inglés, si era la última parada. Me puso mala cara, no me contestó, se dio la vuelta y se fue. Pensé: “Esta mujer amaneció de malas”. Una chica joven con uniforme de liceo que vio la escena, me respondió: “Sí, esta es la última”. Le agradecí.

La parada estaba en una gran rotonda sin semáforos, sólo pasos de cebra. Decidí pararme en una calle donde viera taxis y me subí al primero que quiso recogerme.  Le mostré la dirección en serbio que me dio el navegador y el conductor inició el viaje. Pasaron, 10, 15, 20 minutos, será el tráfico supongo, por eso demora más en llegar. El conductor iba a velocidad tranquila, por eso no me inquieté. Llegó a la media hora y bueno, empezaron a circular algunas imágenes en mi mente pero no permití hacerme más películas y que comenzara el pánico. Yo seguía observando la ciudad, transitada y con vida. Llamó mi atención la gran cantidad de grafitis que vi, algunos realmente buenos. Me hubiera gustado en ese momento saber leer serbio para entender los mensajes.

Me concentré en eso, en observar a la gente, a los tranvías, a escuchar sin entender la radio y pensé también en el foro. El tiempo pasó y cuando me di cuenta, ya habían pasado 50 minutos y estábamos alejándonos de la zona urbana y entrando a suburbios que no tenían pinta de ser turísticos. Traté de conservar la calma y le pregunté al hombre que cuánto más tardaríamos. Él no entendía nada de lo que decía. Decidí llamar a mi pareja para tranquilizarme, y me dijo que sino llegábamos en 5 minutos que le pidiera descender donde me encontrara de preferencia en alguna calle transitada. En menos de eso, el hombre estacionó el vehículo, y con señas al taxímetro me indicó cuánto debía pagarle. Lo hice y me dio el cambio. Descendí y el coche partió de inmediato. Estaba aliviada de haber llegado. Comencé a buscar el hostal y no lo veo por ningún lado. Estaba en una zona rural a las afueras de Belgrado. Por un instante creí que había caído en la vieja trampa de hoteles o aeropuertos que dicen que se encuentran en tal ciudad y en realidad están a las afueras. Pero no puede ser, porque además también busqué la dirección en Google Maps y decía que a 10 o máximo 20 minutos en coche e hice casi una hora.

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El hostal debía estar cerca. Caminé por calles empedradas con mi valija con ruedas y no veía nada. Ningún negocio, nada que me pudiera dar una idea de dónde estaba parada. No había nombres de las calles en las esquinas ni señales en ningún lado. Continué caminando y por fin, vi algo que parecía un hospital. Pasé y estaba cerrado. Supongo que clausurado porque no había ni un gato por ahí.  Vi aproximarse a un grupo de 3 mujeres de más o menos mi edad. Sentí alivio y les dije en inglés : “Excuse me, could y….” no terminé ni siquiera la frase, no se detuvieron, las tres me hicieron mala cara y dijeron algo en su idioma que aunque no entendí, era claro que no eran palabras positivas, es más, podría casi apostar que eran insultos. Fue en ese momento mi primer shock. Me quedé helada y enfadada… ¡Qué maleducadas!

Seguí caminando porque no me quedaba de otra que buscar algo que estuviera abierto, y donde hubiera gente. No quería que oscureciera (para los que son de países más cálidos, en Europa durante el otoño e invierno a veces a las 4 o 5 de la tarde ya está oscuro).

Al final de una calle aledaña que bajaba, encontré una pequeña clínica y ¡estaba abierta! Entré por la puerta principal y estaban dos enfermeras. Les dije en inglés: “I’m sorry, I’m lost I’m looking a Hotel  (Lo siento, estoy sola y perdida, busco un hotel)”. Me dijeron con un tono seco “no English, no hotel here, go!” me escoltaron hasta la puerta y la cerraron.

Ahora sí sentí indignación. ¿Cómo es posible? ¿Qué no se dan cuenta que estoy sola, soy extranjera y estoy perdida? No entendía nada. Comencé a sentir desesperación y decidí llamar al hostal. Como es un sitio pequeño y había indicado la hora de llegada, las recepcionistas estaban preocupadas. Me preguntaron dónde me encontraba les dije que yo le había dado la dirección al conductor y que me trajo ahí. Me pidieron que les mandara mi ubicación (tenía que activar el 3G y mandárselas por mensaje de texto a su móvil… out of the record, ¡apenas terminé de pagar el roaming!). Una vez que tuvieron mi ubicación, dijeron que estaba muy lejos y que tomara un taxi pero que las comunicara con el conductor para que ellas le indicaran donde debía llevarme.

Mapa

Tuve suerte de que pasara un taxi en ese sector recóndito y seguí las indicaciones de las chicas. Curioso, porque durante la conversación entre ellos escuché “México”. El hombre de unos 50 o 60 años no hablaba una palabra de inglés ni español. Voltea y me dice: “¿México?” Le digo que sí. Me contesta: “Ah…¡Zapata! ¡Pancho Villa!…¡Madero! Me quedé atónita, sobre todo cuando dijo Madero, ya que fue un personaje histórico ligado a mi tierra, nacido en Parras de la Fuente, Coahuila, pueblo oasis donde también nació y creció Guadalupe mi abuela materna.

El taxista condujo por un poco más de 40 minutos y me dejó en la entrada. Fue amable y me ayudó a bajar el equipaje. Llegué al hostal que estaba en un edificio residencial, con ropas tendidas y una fachada bastante desoladora.

A las afueras había en las paredes lo que parecían orificios de bala.Es mi imaginación” pensé. Me recordó nuevamente a Torreón, mi tierra, ciudad duramente golpeada por la guerra contra el narcotráfico donde si te detienes a observar, encuentras esa clase de orificios en casas, negocios o edificios que fueron y siguen siendo testigos de ráfagas de destrucción y muerte.

Entré y las recepcionistas ya estaban esperándome. Me ayudaron a subir mi equipaje por las escaleras y me dijeron que descansara y cuando quisiera, que ellas podrían darme con gusto una orientación turística. Su trato fue como un bálsamo en ese momento. Me sentí bien.

Bajé y me ofrecieron un delicioso café serbio, preparado de manera similar al turco, fuerte, con cuerpo, que debes dejar en reposo para que se asiente un rato antes de tomarlo.

Una de las chicas, tomó un mapa y me hizo excelentes recomendaciones de restaurantes, museos, mercados de pulgas y tours gratuitos.  Estuve bastante tiempo hablando con ella y me explicó de manera muy paciente cómo llegar a los sitios de interés. Casi al final, toma el mapa y empieza a trazar un montón de cruces en él. Me dice: “Si tienes tiempo y te gusta caminar, te recomiendo que vayas a estos sitios, son las áreas bombardeadas de Belgrado”. Me quedé fría. Le respondí que sin duda, pasaría por ahí. ¿Cómo o por qué alguien recomendaría visitar esas zonas? Esa respuesta, la encontré al final de mi viaje.

Búnker época Tito 2

Como buena amante de lo místico y tenebroso y apasionada del género de terror en cinematografía, me llamó la atención uno de los tours recomendados llamado “Secretos subterráneos de Belgrado”. De entrada el nombre, y bueno por 10€ te llevan a conocer sitios escondidos y revisas junto con el guía la cruel historia de la ciudad. El paseo incluye visitar vestigios romanos, búnkeres de la época de Tito; así como almacenes de pólvora austriacos con sarcófagos romanos, altares de sacrificio y lápidas. Caminando, escuchas historias y leyendas de la ciudad, visitas zonas de grafitis y terminas el tour en una bodega del siglo XIX y con una deliciosa copa de vino blanco de la casa.

Un turista le preguntó por los bombardeos de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y dijo que él tenía entendido que habían sido en puntos estratégicos militares. Ella un poco molesta le contestó que eso distaba mucho de ser verdad, habló de 14,000 bombas lanzadas durante 78 días en por ejemplo, la Embajada China, el edificio del Estado Mayor, edificios de medios de comunicación, zonas residenciales, puentes, hoteles, un tren lleno de civiles y más de 300 escuelas, hospitales, bibliotecas y fábricas. Todos nos quedamos de piedra. Saliendo del búnker, nos recomendó un documental llamado “The Death of Yugoslavia”/La muerte de Yugoslavia de la BBC que me parece interesante porque recoge testimonios de cada una de las partes involucradas que tomaron decisiones en esta guerra.

Cuando ella comenzó a hablar de Tito se notaba un aire de nostalgia, dijo que las cosas estaban bien con él y que uno de los errores más graves fue rodearse de malas personas.

Me recuerda a Jovana, una chica serbia muy linda que conocí casi al final de mi viaje. En una entrevista que le hice recientemente, habló con una añoranza parecida. Me dijo: “Creo que en la ex Yugoslavia se vivía mucho mejor, aunque esa no es la razón por la cual la extraño. Me hubiera gustado vivir en esa etapa cuando todos éramos uno, un gran país que todos querían. Y ahora me da tristeza que hay gente que ni siquiera han escuchado de Serbia y los que sí lo han hecho, piensan cosas negativas. Éramos parte de algo muy grande e importante. Me da lástima que ahora tenemos todos malas relaciones, especialmente nosotros con Croacia”.

La guía del tour en un momento habló de Milosevic, y dijo algo que me azotó la cabeza: “Pues se le acusó de genocida, pero tuvo que poner orden y además, murió en circunstancias bastante sospechosas y cuestionables”.

En silencio, recordé la masacre de Srebrenica. Me pregunté si el exterminio por limpieza étnica de 8,372 personas en sólo un fin de semana no es genocidio, entonces ¿qué es? ¿cómo se le llama? Guardé silencio y me dediqué solamente a escuchar. Al final, eso quería hacer, conocer su percepción, su experiencia, y ¿por qué no? también su dolor, sin juzgar. Cada vez que tengo algún conflicto interno al escuchar a mi interlocutor, me viene a la mente una imagen que nos pusieron en alguna de mis clases de periodismo cuando cursaba la universidad que me tranquiliza y me abre los ojos, los oídos y el corazón.

Perspectivas

Para quienes les interese profundizar y ver diferentes aristas, hay un artículo del periodista independiente estadounidense, Jeremy Scahill titulado: “Bill Clinton puede dormir tranquilo, Milosevic ya no puede hablar”, entre otros trabajos bastante reveladores que ha realizado.

Al día siguiente, caminé por las calles, visité todas las zonas marcadas con cruces, me llevó todo un día. La primera que estaba en el camino era el aún custodiado por soldados, Ministerio Yugoslavo de la Defensa. Me detuve en seco. Es una sensación terrible el pensar que en un instante, vidas se van y sólo quedan ruinas de dolor.

Pensé en lo difícil que debe ser para la población ver todos los días los restos de dolor. Es como si un sobreviviente de violencia tuviera las fotografías que le toma el médico legista o el kit de violación en la sala de su casa y cada vez que pasa por ahí no puede evitar verlos. ¿Cómo puedes sanar tus heridas si todos los días las recuerdas?

Le pregunté a Jovana al respecto y me dijo: “Veo estos edificios casi a diario, así que puedo decir que estoy acostumbrada, pero a veces ese dolor profundo regresa, y cuando sucede, entonces me paro frente ellos, justamente esos edificios de Generalstab. Los miro fijamente y a veces me dan fuerza… tal vez yo los veo como una muestra de que somos fuertes y de que al final de cuentas, no somos como el mundo nos ve.”

Por fuera tal vez no parezca, pero por dentro, te aseguro que a muchas personas les sigue doliendo y mucho, todo lo que pasó y no me parece justo echarlo al olvido así de fácil. Pienso que la reconstrucción no es necesaria, es más, creo que se tiene que quedar así, porque eso forma parte de nuestra historia y parte del dolor que vivimos, que no se va a desaparecer aunque desaparezca o se reconstruya un edificio. Si eso llega a pasar, que lo reconstruyan, y aunque la gente trate de olvidar, no creo que se podrá. Yo nunca voy a olvidar esa alarma que nos daba la señal que estaban empezando a bombardear… una, otra y otra vez”.

Llegué al hostal exhausta física y emocionalmente. Esa noche no dormí bien y no quise hablar con nadie.

pintura niños Argentina

Al día siguiente visité la fortaleza y estando ahí, sola, haciendo algunas fotografías, de la nada sale un policía armado y me dice “You, no photos!”. Me extrañó porque era un sitio turístico y vi a mucha gente tomando fotografías a las cuales no les decía nada. Le pregunté: “Why?” (¿por qué?) y me contestó “Go… you must leave now, go now!” /Váyase, debe de irse ahora, váyase ahora. Así como lo leen. Me pidió que abandonara el lugar, así sin más. Cuando me di la vuelta venía otro policía en camino, y para no tener problemas, hice lo que me indicaron. No sabía qué pensar, qué sentir, qué decir.

Quiero aclarar que fue por iniciativa propia que decidí estar casi una semana en Belgrado antes del foro. Quise conocer un poco el contexto, probar su gastronomía, conocer sus calles, su historia, escuchar a su gente. No pretendo en ningún momento generalizar ya que mi experiencia es estrictamente personal. Así me tocó, y yo no creo en casualidades, ya que si todo hubiera salido en orden, tal vez no me hubiera confrontado de esta manera o inspirado para escribir este artículo.

Me seguía atormentando el hecho de que en el hostal las chicas eran encantadoras y de trato inmejorable, más que amables y muy dulces… me hicieron sentir cómoda y bienvenida, casi como en casa con ese trato tan cálido. No obstante, apenas pisaba fuera y me topaba casi con lo opuesto. Sentía a las personas distantes, molestas e incluso en más de una ocasión hasta hostiles a la hora de atenderme en algún negocio.

Estaba en un conflicto interno y decidí buscar en internet testimonios de viajeros en Serbia o los Balcanes en general y leí algunos blogs. En Youtube di con un video de una pareja que viajó por 90 días a 30 países y una de sus paradas fue precisamente en Belgrado y les pasó exactamente lo mismo que a mí en uno de los sitios que visitaban donde también había adultos mayores cerca de ellos y una mujer mayor les gritaba (cito literal): “Why you bomb us English, why you bomb us?!” (¿Por qué nos bombardean ingleses, por qué nos bombardean?). La chica fue a hablar con las personas y les explicó que ella no era inglesa, que era sueca. Dijo que cambiaron por completo su actitud, se portaron amables, alegres e incluso interesados en Suecia.

Hay sociedades que saben muy bien de este tipo de experiencias ya que por décadas sino es que por siglos se les ha estigmatizado.

En el caso de España y su estigma en América Latina, el amor-odio cultural y generacional se ha instalado como dogmas en muchos hogares, en la jerga popular y hasta en sistemas educativos. Prácticamente lo que se les enseña a los niños es lo “malo” que fueron los españoles, las enfermedades que trajeron, el sistema de castas, el terror de la Santa Inquisición, etc.

En el humor, existen chistes de todo, de africanos, chinos, alemanes y los famosos de “gallegos” (así se le llama a los españoles en algunos países) que siempre dejan al español como tonto. Vamos, si en otro país se hiciera eso, probablemente lo considerarían xenófobo.

Rara vez se menciona lo bueno que se heredó, ya que al hacerlo, irrita, crispa y te acusan de “malinchista” (adjetivo que viene de la apodada Malinche, quien fue Malinalli, Malintzin o Marina, una intérprete, consejera, amante de Hernán Cortés y madre de uno de sus hijos). La historia la recuerda como preferente de lo extranjero y desleal a su tierra.

En mi caso, por ser hija de familias mixtas, mexicana y española, siempre tuve una educación donde se me mostraron las dos caras de la moneda y eso siempre me ponía en camisa de once varas en las aulas.

mina

 

Hubo muchos españoles como Francisco Xavier Mina, oriundo de Navarra, que no estaba de acuerdo con los sistemas tiranos de aquel entonces y dieron su vida por la independencia de América Latina.

Les comparto un fragmento de un manifiesto que hizo cuando se le informó de su nombramiento como general del “Ejército Auxiliador de la República Mexicana”:

(…) Mexicanos: permitidme participar de vuestras gloriosas tareas, aceptad los servicios que os ofrezco en favor de vuestra sublime empresa y contadme entre vuestros compatriotas. ¡Ojalá acierte yo a merecer este título, haciendo que vuestra libertad se enseñoree o sacrificándole mi propia existencia!

A continuación el punto clave de su mensaje:

(…) Entonces, en recompensa, decid a vuestros hijos: “Esta tierra fue dos veces inundada en sangre por españoles serviles, vasallos abyectos de un rey; pero hubo también españoles liberales y patriotas que sacrificaron su reposo y su vida por nuestro bien.”

Cuando estudiaba en la Universidad de Salamanca, fui invitada a un viaje a Portugal por una colega de Perú y otro de Canadá. Me sorprendió que durante el viaje mi colega canadiense quien aunque con acento inglés marcado hablaba fluido el español, preguntaba direcciones o información y mucha gente ni siquiera quería contestarle. Nos acercábamos a esas mismas personas mi colega peruana y yo, y nos daban a detalle toda la información que mi compañero les había solicitado antes. Nos causaba gracia al principio, pero después pensamos ¿y qué tal si fuera al revés? Durante mi vida en Europa he visto en más de una ocasión insignias de grafitis en las calles que dicen: “Yankees, go gome!”. A veces me preguntaba qué sentiría yo si en las calles de cualquier país viera pintado: “Mexicans go home!”. Me dolería, me indignaría, seguro.

En otra ocasión, cuando visitaba la ciudad de México con un amigo alemán y pasábamos cerca de la plaza de Tlatelolco, un grupo de jóvenes comenzó a gritarle “¡pinche gringo!” entre otros insultos a mi amigo que creyeron que por ser rubio, era estadounidense. Me dio vergüenza que pasara esa situación.  Me pregunté, ¿y qué si en verdad fuera estadounidense?

Otra sociedad, que ha pagado con creces las generalizaciones, es la alemana. Hay miles de historias de resistencias y testimonios de familias alemanas que perdieron a sus seres queridos y fueron obligados a ir a una guerra en la que no estaban de acuerdo (recomiendo ampliamente la película  “Sophie Scholl, los últimos días” del director Marc Rothermund). Muchos alemanes escaparon a países vecinos como Francia, otros no tuvieron la misma suerte y así como otros grupos, también fueron encarcelados o llevados a campos de concentración. Algunos, sino murieron en batalla, perecieron en prisiones en otros países o simplemente nunca más se supo de ellos.

SophieScholl La réplica

En mi caso, conozco muchos testimonios de amigos míos, recuerdo especialmente al abuelo de un amigo de la región de Renania que fue obligado a enlistarse, perdió su pierna en un bombardeo en Rusia y contó cómo se desmayó en tres ocasiones cuando se la terminaron de cercenar sin anestesia. Perdió también a sus hermanos, tíos y primos.

En uno  de los relatos de Jovana, me habló del ”Oluja”, que en español significa tormenta. Es un día festivo en Croacia, en que se celebra y conmemora que el 4 de agosto de 1995 echaron a todos los serbios en sólo tres días a raíz de una operación militar que lleva el mismo nombre. Los 250,000 desplazados caminaron durante tres días sin agua, comida o ropa, los echaron de sus casas, y salieron así como se encontraban en ese momento. Varios familiares de Jovana iban en esa ”ruta”. A su tía, la forzaron a salir junto con sus dos bebés. Solamente una vez en toda su vida habló de eso; les explicó todo con detalles y les dijo que no quiere hablar ya nunca más del tema, y si alguien lo menciona por casualidad, ella solamente se pone a llorar.

Jovana cuenta que sus abuelos nacieron en Croacia pero hace mucho que emigraron a Serbia, antes de que naciera su madre, pero que aún tienen familiares por allá.  Cuando sus abuelos fueron la última vez a Croacia e iban en el coche,  alguien se dio cuenta de que eran de Belgrado y les tiraron piedras.

“Cuando iba con mi familia a visitar a mis tíos que son croatas, nos decían que cuando camináramos por la calle no se nos ocurriera hablar ya que alguien podría escuchar que somos serbios. Todos los días de vacaciones los pasamos con miedo, aunque al final vivimos una situación bonita: Entramos a una tienda y estuvimos hablando entre nosotros con voz muy baja y la mujer que trabajaba allí nos escuchó y nos pregunto si éramos serbios. A mi madre no le quedó más remedio y le dijo que sí y la mujer, nos regalo una galletita”. Narra Jovana.

Cuando hablamos de conflictos, la humanidad insiste en catalogar a los “buenos y a los malos”, a los “ganadores y los perdedores”, a las “víctimas y verdugos”, a los “súperhéroes salvadores y a los villanos monstruosos” Pero, ¿quién decide los bandos? ¿qué hay del testimonio de los que se clasifican como los del “lado oscuro”? ¿Qué pasa con las excepciones a la norma?

Vamos a ver, el genocidio de la época de la conquista española, las atrocidades de la inquisición, la historia del intervencionismo estadounidense y su relación con el golpismo dictatorial en la mayoría de los países latinoamericanos están bien documentados, así como los horrores del holocausto y la cruelmente mediatizada guerra de los Balcanes, que dejó al mundo entero viendo por años a través de la pantalla, incontables historias de abuso, desplazamientos, despojos, violaciones y sufrimiento. Pero ¿hasta qué punto podemos dejar cegarnos por el rencor? ¿hasta dónde somos capaces de hacer una diferencia entre civiles y enfermos de poder sin ningún escrúpulo? ¿deben pagar justos por pecadores? ¿podremos algún día reconocer lo positivo que tienen esos a los que catalogamos como villanos? ¿hasta cuándo cobrar la deuda de los platos rotos?

Por otro lado, ¿qué tanto somos o no responsables en lo individual de las decisiones políticas y errores de unos cuantos? No estoy de acuerdo en poner en el mismo saco a ciudadanos y a políticos o gente posicionada en esferas de poder, pero tampoco podemos lavarnos las manos, ya que gracias a nuestra aprobación, indiferencia, voto o abstención, esas personas están donde están.

La humanidad es tan compleja, por un lado castiga a los etiquetados, por otro, elige representantes en sus gobiernos que promueven lo mismo que esos tiranos que condenan: segregación, confrontación, guerras, etc. Por ejemplo, está el caso de Donald Trump, quien ha manifestado abiertamente su ideología xenófoba que no busca más que el odio, el enfrentamiento, la generalización y la división. Pese a la polémica y reacciones en todos los niveles que desatan sus declaraciones, en vez de perder fuerza, repunta en las encuestas. ¿Qué está pasando?

Ya casi finalizando con mi estadía en Belgrado, en la sexta noche después de ver por horas documentales y leer, me dormí con bastante dificultad, con la cabeza a punto de explotar y la mente confundida. Con desvelo, me levanté para alistarme porque era el primer día del foro, nada más y nada menos que en el Palacio Antiguo de la Asamblea de la ciudad de Belgrado, un sitio verdaderamente emblemático.

Caminé y justo antes de cruzar la última esquina, veo enfrente un edificio bastante bonito que es el de la sede del Parlamento Nacional de Serbia. Había a las afueras mantas que parecían de protesta. Mi curiosidad me hizo desviarme de mi destino, y como iba bien de tiempo, decidí cruzar la calle y averiguar de qué se trataba.

Cuando me acerqué lo suficiente, un vuelco de dolor me hizo detenerme en seco. Cientos, miles de rostros de hombres, mujeres y niños asesinados y desaparecidos en 1998, 1999 y 2000 con nombre y apellido.

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Vi con detenimiento cada una de las mantas que denunciaban abiertamente al Ejército de Liberación de Kosovo, formado por albaneses independentistas residiendo en Kosovo, pero que fueron responsables de desplazar a la población serbia al norte y de utilizar las violaciones masivas a mujeres como una estrategia sistemática de guerra.

Me acordé de una mujer joven de Kosovo que conocí. Nació y pasó su infancia y principios de adolescencia ahí, hasta que ella y toda su familia fueron despojados de sus casas y sus granjas, y sus vecinas fueron violadas por soldados. Durante su relato, me fue imposible no pensar en el monólogo “Mi vagina era mi aldea”,  parte de la obra Los Monólogos de la Vagina de Eve Ensler, que recoge testimonios de más de 200 mujeres de diferente etnias, edades, estilos de vida, religiones, etc. En ese monólogo particular se retrata de la manera más cruda cómo se ultrajaron entre 20,000 y 70,000 mujeres en los Balcanes, sí, en medio de Europa… y el mundo paralizado, viendo el sufrimiento como parte de la programación diaria.

Le he preguntado a un hombre que estaba tomando también fotografías si hablaba serbio y asentó. Le pedí que si por favor me podría traducir lo que decían las mantas y nos fuimos recorriéndolas una por una.

En las manta 1 se lee:

“ES UN PECADO PERMANECER EN SILENCIO POR EL SUFRIMIENTO SERBIO”

En la segunda:

“UE (Unión Europea) y EU (Estados Unidos) IGNORAN VÍCTIMAS SERBIAS”

En la tercera:

1998,1999, 2000….UÇK (Ejército de Liberación de Kosovo) LES PRIVARON DEL DERECHO A LA VIDA

LA HAYA- IGNORA VÍCTIMAS SERBIAS

Y en la última: 1998-1999 VÍCTIMAS DE LA AGRESIÓN DE LA UÇK (Ejército de Liberación de Kosovo) – Y OTAN.

El susurro de la injusticia estaba en el aire. Recordé a esas miles de familias de Argentina, Chile, México y otros países latinoamericanos que siguen buscando a sus desaparecidos, que siguen pidiendo justicia. Me dolió pensar en los 43 estudiantes, en esos padres, hermanos, parejas que no se cansan de buscar, de exigir, de luchar, de llorar.

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Las manifestaciones son para alzar la voz, protestar, recordar, demandar. ¿Por qué después de 16 años había estas mantas afuera del parlamento? Me pregunté si seguirán las demandas por los más de 25,000 desaparecidos en México como lo han hecho por décadas las abuelas y madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires.

Como paréntesis, a principios de Octubre asistí a la ceremonia y talleres del Luxembourg Peace Prize evento organizado por la Fundación Schengen de la Paz en Luxemburgo. Ahí conocí a muchas personas maravillosas de todo el mundo que llevan a cabo acciones y proyectos brillantes, inspiradores y transformadores.

Una de ellas, una excepcional y galardonada mujer argentina, llamada Patricia Pellegrini, profesora de arte quien lleva a cabo un proyecto de paz trabajando con miles de niños en más de 500 escuelas en su ciudad natal, Buenos Aires. Su misión es llevar un mensaje de paz y perdón a las nuevas generaciones y hacerlo a través del arte.  Más de 200 dibujos fueron empezados por niños en Argentina y viajaron con Patricia a Cairo, y ahí, niños refugiados en su mayoría de Sudán, continuaron con ellos, añadiendo mensajes de paz. Después estas mismas piezas viajaron a Baia Mare, Rumania y fueron terminados por niños oriundos del lugar.  Junto con los demás asistentes, fui privilegiada en tener una de estas piezas que conservo en mi casa.

Ella escogió en particular este tema de los desaparecidos en Argentina durante los 70’s y 80’s debido a que todos estos sucesos, dividieron a la sociedad en dos polos; sociedad que como la Serbia, aún no ha sanado las heridas de aquellos tiempos.

En una charla con ella le dije que me ha tocado escuchar comentarios bastante insensibles de parte de algunos paisanos de ella que viven en el extranjero cuando se refieren a las abuelas y madres de la Plaza de Mayo, les dicen “las locas, las locas de la plaza”.  Ella me compartió una historia personal de cómo su mejor amiga de toda la vida, se convirtió en una de esos 30,000 desaparecidos.

Recordé esos comentarios burlescos, y bueno, en primera si hablamos de locos, tienes que estar bastante para mofarte de un dolor ajeno tan profundo, o acaso ¿tiene que  sucederte la tragedia para sentir un poco de compasión, respeto o empatía?

Otra pregunta que taladraba mi cabeza desde que pisé ese país es ¿Por qué? ¿Por qué no se han escuchado esas voces? ¿Por qué conservan intactas las zonas bombardeadas? Y es precisamente esa pregunta, el título de un documental presentado por la RT totalmente recomendable llamado así… Zasto?/Why?/¿Por qué?

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Recoge testimonios, no de políticos ni militares, sino de civiles que presenciaron los bombardeos y perdieron a colegas, amigos y familiares.

La periodista estadounidense que hizo el documental Anissa Naouai, le pregunta a un taxista que presenció el primer bombardeo: “Si pudiera sentarse con Bill Clinton y hacerle una pregunta, ¿cuál sería?” El hombre respondió: “Le preguntaría ¿por qué piensan que nuestro país es malo? ¿Por qué pasó todo esto?”

Dice otro hombre que fue sobreviviente del bombardeo del puente por el que pasaba un tren lleno de civiles: “No sé qué pasó, de niños vivíamos en paz. Nosotros peleamos del lado de los aliados en la primera y segunda guerra mundial. Siempre tuvimos claro quiénes eran los fascistas y de repente, nosotros nos convertimos en los enemigos, ¿por qué?”

Jovana me dijo que de lo que más le duele hablar es el bombardeo.

“Puede ser porque me acuerdo de absolutamente todo, como si fuera ayer. Estaba en una taberna comiendo con mi papá y sus amigos, cuando de repente la música dejó de sonar y en toda la radio y programas de televisión avisaron que estaban empezando a bombardearnos.”

Era el 24 de marzo de 1999 y justamente ese día, nos hablaron del hospital donde estaba mi mamá para decirnos que ¡nació mi hermano! Estábamos apunto de salir para ir a verlos cuando dijeron en la TV que van a lanzar las bombas en todos los puentes.

A veces pasaban uno o dos días sin bombas y todos nos podíamos relajar. Mi mamá salió del hospital, estábamos un poco más tranquilos, pero no por mucho tiempo, porque ya casi no se podía salir de las casas. Cada vez que teníamos que salir y se escuchaba la alarma, como señal que iban a empezar a caer las bombas, todos empezaban a correr. Recuerdo que también nos daban la señal cuando terminaban, era una alarma horrible, hacia mucho ruido.

Una de las cosas que mejor recuerdo, era cuando iba a pasear al lado del río con mi mamá quien llevaba a mi hermano en la carriola. De repente se escuchó la alarma y mi madre tomó a mi hermano en los brazos, a mí de la mano y corrimos para llegar en cuanto antes a la casa. Y así era cada vez que salíamos, nuestros paseos terminaban de esa manera. Había días que pensábamos que  los bombardeos ya habían terminado, pero no era así.

Cada año en esas fechas transmiten programas en la televisión y siempre tengo ganas de llorar, es una de las cosas que más me duelen. Siento tristeza, una tristeza muy profunda, que no se puede explicar. Cada vez que escuche, esa alarma me sacará las lagrimas… es algo que no se puede sacar de la cabeza”.

Pienso en el caso de los Balcanes y me parece como si en una pelea entre hermanos, los padres le preguntaran sólo a uno de ellos: “¿Qué pasó? ¿Por qué pelearon? ¿Qué te hizo?” Y se dedicaran a contarle a toda la familia lo que ese hijo en particular les dijo sin jamás preguntar la versión del otro, sin interesarse por sus heridas o daños, solamente porque “él/ella empezó la pelea” o “le pegó más duro al otro”. Si en el caso de un niño, no puedo imaginarme el resentimiento hacia los padres por ese comportamiento, menos puedo hacerlo a la escala de una nación con más de 2,000 civiles muertos, entre ellos 88 niños.

Es necesario que las personas conozcan el testimonio de todas las partes involucradas y lo entiendan, es más, debería ser incluso, una labor obligatoria de la historia.

La herida sigue fresca, sigue habiendo resentimiento y en algunos casos, hasta odio y sed de venganza.

Ultima foto Generalstab

En Zasto?/ Why? está el testimonio de una mujer que perdió a su hijo pequeño en uno de esos bombardeos “por error” de la OTAN en el pueblo de Murino en Montenegro. Asegura que se alegró cuando supo lo que pasó con las torres gemelas. Esa misma alegría y sed vi cuando murieron Bin Laden o Sadam Hussein, donde hubo gente festejando en las calles de Estados Unidos, o cuando murió Pablo Escobar, en Colombia. En México sucede lo mismo cuando se habla de tortura y ejecuciones a miembros del crimen organizado. “¡Que los maten, una escoria menos!, ¡Qué bueno, se lo merecen!, ¡Se lo buscaron!, ¡Se hizo justicia!”. Cuando leo o escucho todo eso, me parece peor que estar en las ejecuciones públicas de la Edad Media.

Creo en lo más profundo de mi ser que sin duda un trozo de nuestra humanidad muere cuando nos alegramos de la muerte y/o la desgracia ajena. Es más, creo que una parte de nosotros se convierte en eso que estamos condenando.

En fin, en mi ante-penúltima noche en Belgrado se me ocurrió buscar en Facebook el grupo de Mexicanos en Serbia porque quería ver si podía tal vez en mis últimos días, conocer a alguien y escuchar su experiencia viviendo en ese país. Así, Xaviera, norteña también, originaria de Ciudad Juárez me aceptó en el grupo y al final quedamos para cenar. Vino precisamente con Jovana, quien por cierto, habla español fluido y está enamorada de México.

Estuve charlando con ellas largo. Me preguntaron cómo había sido mi experiencia en Belgrado. Les he dicho que tenía muchos sentimientos encontrados, que en realidad no sabía cómo responderles.

Les conté cómo había sido mi estadía, y para mi sorpresa, Xaviera me dijo que ella cree que lo que me sucedió fue por el idioma. Me contó que ella experimentó exactamente lo mismo cuando recién llegó. Que le volteaban la cara, no le contestaban, para todo le decían un frío y cortante “Ne!”.

“La sociedad está muy lastimada por lo de la guerra”, dice Xaviera. “Háblales en español, verás que todo se transforma como con varita mágica. A la gente le encanta el idioma y los países latinos. Incluso mucha gente nos ha parado en la calle para preguntarnos cosas cuando nos escucha hablarlo. Aquí la gente lo aprende por las telenovelas mexicanas”.

Y es verdad, tengo amigas y colegas de Hungría, Albania, Bulgaria y Rumania que hablan español porque lo aprendieron a través de las telenovelas.

Las tres, lamentamos no habernos puesto en contacto antes. En mis dos últimos días en Belgrado, salí a conocer los mercados de pulgas. E hice lo que Xaviera me recomendó. Hablé en español y debo confesar que tenía razón, me costó trabajo creerlo. Me atendían bien, hasta sonreían. En casi todos los puestos me dieron rebaja, aunque yo no regateara. Un hombre hasta dejó su negocio solo por ir a mostrarme una calle por la cuál le pregunté.

Compré algunos aretes muy bonitos a un artesano, y lo curioso es que me dice al final: “Te voy a regalar dos pares, y por cierto, también viene otro regalo, ábrelo cuando regreses”.

Mi plan era abrirlo en mi casa, pero cuando regresé al hostal, no aguanté la curiosidad. Saco de una de las pequeñas bolsas el presente, y era un colgante. Me quedé helada cuando lo vi, porque jamás hablé con el hombre de nada, no le dije nunca los motivos de mi viaje ni a lo que me dedico.

Como yo no creo en casualidades, les dejo la fotografía del regalo. Dice: “Paz” (Peace). En ese momento supe, que algo tenía que hacer con este mensaje, que algo tenía que hacer con todo lo que vi y escuché.

Quiero terminar haciendo una reflexión acerca de lo que significa esa palabra.

Invictus

Hace poco vi Invictus, una película muy interesante e inspiradora basada en el libro Playing the Enemy, de John Carlin, acerca de Nelson Mandela y su proceso de establecimiento de paz en Sudáfrica a través del deporte (en este caso rugby), una vez que salió de la cárcel después de 27 años.

Una de las escenas que más me impactó, es cuando el capitán del equipo, Francois Pienaar, personificado por Matt Damon, se pregunta: “¿Cómo un hombre encerrado por casi 30 años puede salir y perdonar a quienes lo pusieron ahí?

Acertado fue Jean Paul Sartre cuando escribió que cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.

En el foro pregunté que ¿cómo es posible que una sociedad inmersa en la violencia, la injusticia, la impunidad y el dolor salga adelante? ¿cómo re-ensamblar las piezas rotas? ¿es necesario el ejercicio del perdón? ¿el perdón implica olvido? No, y eso confunde a mucha gente. El perdón no implica olvidar lo que pasó ni la renuncia de la justicia.

Recientemente supe de una organización que se llama Forgiveness Project / Proyecto del Perdón, que se encarga de compartir historias reales de perdón de personas de diferentes países, edades, niveles socioeconómicos, religiones y circunstancias. Gente que ha pasado por guerras, secuestros, asesinatos de seres queridos, violaciones, encarcelamientos injustos, etc…de absolutamente todos los “bandos”.

Tratan de promover el perdón como un proceso de entendimiento mutuo, la reflexión, la reparación y la reconciliación para precisamente salir de la oscuridad del dolor y del trauma en nuestra vida diaria, como individuos y como naciones.

Organizan exhibiciones, eventos y programas, enseñando diversas técnicas para cerrar ciclos de violencia, conflictos, crimen e injusticia.

En México debido a las circunstancias por las que estamos pasando, que son desde hace años caldo de cultivo de dolor y polarización social, hay movimientos ciudadanos por la paz que son dignos de ser mencionados.

Hay uno en particular llamado “Acciones por la Paz” que es un movimiento para lograr la unidad a través de actividades cotidianas continuas que ayuden a alcanzar la paz y armonía personal y social. Organizan eventos, orientados más a nivel espiritual (no religioso) con un enfoque prehispánico encabezado por Ac Tah “El Caminante Maya”, Idalia Montesinos y Karla Montes, entre otros activistas que recorren todo el país. En mi última visita a México, pude acudir a unos de sus talleres. Fue una experiencia interesante, enriquecedora y poco convencional. Ellos transmiten un impactante mensaje: “Que tu paz sea tu poder, tu sonrisa tu virtud y tus acciones tu legado”

Regalo artesano

¿Seremos algún día capaces de romper esas cadenas de rencor generacional? No lo sé, espero que sí, aunque la historia en la mayoría de las veces, demuestre lo contrario.

Me queda claro que para que haya paz, es importante tener justicia y reconocimiento, no hablo de ningún galardón o nombramiento, sino simplemente que se reconozca tu identidad con todos sus contrastes y se escuche tu voz.

Tomemos con la mano el dolor, pero seamos capaces de transformarlo en acciones positivas, se dice fácil, pero perdonar es en realidad un acto valiente.

Decía Nelson Mandela que el perdón debe empezar aquí y ahora, éste libera el alma, remueve el miedo y por eso es el arma más poderosa.

En el edificio bombardeado del GeneraIstab, hay una publicidad que utiliza una cita del héroe nacional serbio Zivojin Misic; el ejército hace un llamado al reclutamiento militar, pero yo quisiera invitar a hacer un ejercicio de reivindicación de esta poderosa frase y transformar su llamado a uno de paz, de atreverse a perdonar del que hablaba Mandela:

 “Aquellos que se atreven, aquellos que no temen, salen adelante”

Cuánta razón.

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Lidice Mendizábal

Periodista y activista social enfocada en género, derechos humanos, conflictos y periodismo de viajes.
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