19 de octubre del 2017
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En un día como otro cualquiera (por ayer) el Partido Popular puede ser acusado por la Fiscalía Anticorrupción, dentro del contexto del caso Gürtel, de sostener un silencio que implique una “resistencia” y una actitud “evasiva” a la justicia, silencio que suponga una confesión según las leyes de enjuiciamiento civil y criminal. Paralelamente, el juez del caso Púnica puede atribuir tres delitos (fraude, cohecho y revelación de información reservada) a Pedro Antonio Sanchez, presidente de la región de Murcia, el mismo que lleva meses esquivando un litigio y está inmerso en un laberinto con una sola puerta de salida: La justicia. También la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal) puede considerar que Ignacio González simulara los pagos del alquiler del ático en Marbella, ilegalidad que por cierto, es voz populi desde 2008. Y como guinda al pastel, pueden dimitir los imputados por el caso Bankia, obra y gracia del partido que gobierna, que amparó y sembró el nicho ideal para que sus colegas delinquieran.

Esta es una jornada como cualquier otra en las oficinas de la calle Génova. Una coyuntura que en cualquier otro país provocaría un reguero de dimisiones, al margen de una depuración contundente de responsabilidades. Pero en España no, en España es una escena costumbrista. Un “slice of life” político de mal gusto que ha sumido a la población en el descreimiento político.

El Partido Popular, con la complicidad de la maquinaria propagandística de RTVE (que pagas tú), de los demás medios de comunicación, de los palmeros a sueldo y de los estómagos agradecidos, se ha encargado de dibujar en la conciencia colectiva que el partido está “perdonado” de sus múltiples pillajes (aquello de la amortización de la corrupción) porque las urnas así lo han querido. Y aunque puedan tener razón —pues la ciudadanía parece empeñada en premiar el saqueo de las arcas públicas— no debemos caer en el desánimo de perpetuar una cleptocracia que amordaza las voces críticas, manipula la justicia y tergiversa la realidad. Una mafia que conspira para aparentar decencia cuando su tendencia natural se desvía hacia el delito. Es una obligación moral seguir señalando a los culpables que han normalizado la estafa, que han banalizado la precariedad, silenciado la disidencia, encubierto a los corruptos y fortalecido la plutocracia. En el momento que dejemos de replicar en un día como el de ayer, un día cualquiera en la calle Génova, seremos cómplices de esta farsa orquestada por las élites. Seremos sumisos y estaremos muertos. Que no cuenten con nosotros.

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Periodista, fotógrafo y diseñador gráfico. Ha escrito en Diario de Cádiz, Rock Estatal, y El Club de los Imposibles. Es director de La Réplica. Participa en Ganemos Jerez.
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