25 de septiembre del 2017
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Llevaba semanas anunciando en las redes sociales que la mejoría no era la prevista. Se presagiaba lo peor y aún así continuaba abrazando la esperanza y la sonrisa. En la tarde de ayer sacudía a todos la noticia. Un desenlace fatal que aceptó y ante el que mostró unas agallas y una entereza que nos llegaron a lo más hondo hasta a quienes jamás le hemos conocido en persona. Una muerte a la que no temió mirar a los ojos y contra la que nos enseñó que no hay que luchar contra ella, sino aceptarla como parte de la vida, y guardar así las energías para luchar contra la enfermedad.

Con tan sólo 20 años decía ante las cámaras a su salida del hospital que él ya había cumplido con su cometido. Y tenía razón, aunque esa misma razón a la vez doliese en lo más profundo. Y digo que tenía razón, porque el triunfo de su esfuerzo y cometido fue lograr ver con sus ojos un auge exponencial del número de donantes. Un aumento que fue absoluto y superó cualquier expectativa. Se mereció con creces, además, la fortuna de poder ver ante sus propios ojos el éxito de lo que se cosecha. Una cosecha de abrazos, de reconocimiento y lo más importante, de miles de nuevos donantes que puede que mañana nos salven a cualquiera de nosotros en esta maldita lotería.

Es difícil encontrar palabras adecuadas y reconfortantes cuando suceden acontecimientos en vidas como la de Pablo. Es por eso que más allá del pleno respeto, admiración y cariño que siempre le tendrá la ciudad de Málaga y todos aquellos que desde cualquier punto del mapa supieron de él, son más bien los hechos los que sí que servirán como el homenaje que él anhelaba.

Donar es el mejor homenaje. Acudir a un hospital e informarse para convertirse en donante es el mejor de los tributos que puede hacerse a Pablo y a todos esos otros pacientes a los que no ponemos cara o nombre y él, en cierto modo, ha abanderado y dado luz social e institucionalmente. Tanto a los que tampoco superaron la enfermedad como a los que sí, como a los que aún, desde niños a adultos, siguen plantando cara firmes a la leucemia.

Es imposible de imaginar lo que sentirán todos esos pacientes que teniendo la misma enfermedad supieron ayer de la muerte de Pablo. Quienes hoy no la sufrimos, aunque nos frustre, no somos quiénes para alentarles o exhortarles a que no se desanimen, porque es fácil ver el combate en la tribuna. No obstante, sí que es sincero y goza de las más limpias de las intenciones el mandarles un mensaje de apoyo total y de perseverancia a [email protected] y cada uno de vosotros. Y también a todos los padres, abuelos y demás familiares o vecinos que están viviendo en sus carnes las mismas adversidades que las que ha pasado el entorno de Pablo Ráez. Porque aunque él ya no esté sufriendo, nos repitió hasta la saciedad que no se debía perder la esperanza, incluso durante los episodios más delicados de su estancia hospitalaria.

Hay veces en las que uno escribe artículos que preferiría no haber empezado jamás. Pero mayor es la necesidad y obligación de evocarle, recordarle y utilizarle, en el buen sentido, como ejemplo y referente para sanos y pacientes. Quienes mueren por la vida no deberían llamarse muertos. Siempre fuertes.

 

 

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho, ha colaborado en diversos medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Al resguardo del tilo rojo" (2014), "Tra due anime" (2015) y "Son de Lirios" (2016). Ha realizado estudios sobre proyectos biográficos coordinados por la Bernard Lievegoed University y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Actualmente realiza un "Postgraduate Diploma of Journalism" dirigido por el National Council for Training of Journalist e impartido por la University of Strathclyde.
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